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Autonomía estudiantil
Por Armando Chaguaceda
Ilustración de Archivo
Cada curso junto a mis estudiantes me hace imposible olvidar mi paso por la universidad. Ellos me recuerdan a los hacedores de aquel polémico periódico FEU-UJC, que enrumbamos —hasta donde fue posible— frente a extremistas de todo signo, con la decisión de continuarlo incluso sin el apoyo institucional. Rememoro debates por la renovación de viejos métodos de propaganda, movilización y disciplina, uniendo al empeño a los artistas de nuestra facultad. Revivo la preparación de actividades culturales, los forums de investigación y las marchas patrióticas por el 27 de noviembre o el Primero de Mayo.
Hace varios años pregunté qué pasaba con la FEU. En estas páginas -Un humilde servicio (no.418, nov/2004)- debatíamos si el potencial democratizante de la municipalización, presa de esquemas y voluntarismos, no nos ocultaba el riesgo de atomizar en sus predios a una vanguardia político-cultural y si enfrentábamos la virtual desaparición del espíritu universitario. Sobre la grisitud de dirigentes más identificados con la institución que con los «representados», que repetían —en todos los niveles— lemas estereotipados, ajenos a la lógica y el lenguaje de los jóvenes, torpes para el debate y el convencimiento auténticos. O de cómo muchachos legítimos y prestigiosos, mostrando iniciativa y criterio propio, eran a menudo recelados y cuestionados en diferentes niveles de las estructuras, a cuyos escaños superiores rara vez ascendían.
Poco a poco este panorama ha ido cambiando. Los miembros del saliente Secretariado Nacional de la FEU reuniendo destacadas trayectorias personales, inteligencia y compromiso, se empeñaron, con éxito apreciable y nunca suficiente, en revitalizar la vida de la organización, el protagonismo de sus miembros y discursos personalizados de sus representantes. Al ampliar los límites de lo acostumbrado, dejan un legado importante y difícil a la nueva dirección, a la que corresponderá asumir y ampliar el debate sobre el complejo, fascinante y estratégico tema de la autonomía estudiantil.
Como concepto la autonomía alude, en rigor, a la capacidad de los sujetos de estructurar sus procesos participativos a partir de normas o principios que ellos mismos dictan y aceptan como tales sin coerción o influencia externa. Es identificado con la capacidad de sostener una relativa independencia práctica e identitaria de las colectividades y discursos particulares (jóvenes, campesinos, mujeres, ambientalistas, etc.) con respecto a las organizaciones político-institucionales con las que poseen nexos e intereses compartidos y que frecuentemente tratan de subordinarlos. Abarca en particular las dimensiones filosófica y jurídica y supone autoinstitución y autogobierno explícitos que ligan decisión individual y consenso colectivo.
Discutir el tema de la autonomía implica dilucidar frente a quién, para qué, y sobre qué sustrato (organizativo, cultural, ético) esta se articula. Ideológicamente la noción abstracta se concreta en proyectos políticos, a menudo enfrentados. La tradición de izquierda, amasada con la trayectoria del estudiantado progresista, aleccionada por la historia del socialismo de estado, enfrentada a las tendencias burocratizadoras y corruptas en el seno de los estados contemporáneos y enriquecida por las prácticas y reivindicaciones de los nuevos movimientos sociales, enarbola la autonomía como bandera de lucha. Pero también lo hacen jóvenes representantes de oligarquías y sectores medios, opuestos al avance de procesos populares en el continente latinoamericano que hegemonizan las universidades tradicionalmente conservadoras y no pocos centros públicos semiprivatizados. Quiere decir que no puede ni abandonarse regalándola a la derecha ni abrazarla apresuradamente sin considerar condicionantes, tradiciones y contenidos concretos. No está consagrada como espada reaccionaria o escudo comunista: es arena de lucha.
Creo que en nuestro país la articulación de espacios autónomos de organización popular puede (y debe) ser agenda de futuro, pero ello necesita ir consolidando, sin prisas ni retrocesos, un sólido presente. Y este bien podría presuponer la ampliación de los marcos de la participación según los patrones vigentes, publicitar y actualizar la normatividad, reducir actitudes dentro de la FEU o desde las instituciones que, en ocasiones, atentan contra la democraticidad y el civismo. No pueden existir elecciones apresuradas, liderazgos inducidos y ajenos al estudiante, sanciones abiertas o veladas al ejercicio protagónico de los muchachos. El estudiante revolucionario, no reducido a la épica de impostergables tareas nacionales, se enfrenta al espíritu burocrático. Rechaza y ataca sus códigos de ascenso y preservación de estatus, la supresión espuria de los críticos, las poses de falsa modestia, artificial colectivismo y constantes declaraciones de lealtad y pureza. Deviene, en resumen, ciudadano que ejerce, recaba y merece nuestra solidaridad.
No abrazar la aplicación inminente de una cabal autonomía, entendida como legalidad, no supone negar la legitimidad de ese reclamo ni la urgente demanda de mayor participación efectiva del estudiantado en los consejos de dirección de planteles, la obligatoria rendición de cuenta de las direcciones ante asuntos y decisiones que afecten la vida de los jóvenes, el mantenimiento de comunicación fluida y respetuosa, la sanción oportuna de cualquier actitud, venga de donde venga, que atente contra estos principios.
¿Acaso dentro de nuestro proyecto colectivo no habrá espacios específicos para los distintos grupos sociales y las organizaciones que les representan? ¿No debieran estas poseer identidad y métodos propios, dirimiendo puntos de vista y contradicciones, sin abandonar los principios básicos de soberanía, antimperialismo y consenso nacionales? V.I. Lenin defendió la necesidad de los sindicatos como ente defensor del obrero frente las deformaciones y excesos del estado en la transición socialista, asunto retomado por Fidel en los 70. ¿No llegará la hora de plantearse y acometer empeños en esta dirección para con nuestras organizaciones de masas, incluidas las estudiantiles? Algo sí es seguro: ello será un proceso muy largo y complejo, que rebasa las fronteras de la FEU, la FEEM, las peñas y grupos informales, y que necesitará altas dosis de valor, compromiso y consenso. Ojalá tengamos el tiempo, la energía y la sensibilidad necesarios, en estudiantes y dirigentes, para acometerlos.
Cualquier apuesta de solución es siempre incompleta, se funda sobre la anulación de alternativas, y si aspira a perdurar debe incluir lo mejor de aquello rechazado. Mis reflexiones son hijas de una cultura política, vivencias y percepciones personales, identificadas (aunque no exactamente coincidentes) con el sentir estudiantil, la acumulación cultural y el desarrollo institucional revolucionarios. Por ello no pretenden ser diagnosis o receta exacta, muy probablemente sean confrontadas por propuestas superiores, nacidas del seno del debate estudiantil, telúricamente cívicas, revolucionarias, libertarias. Y es eso precisamente lo que vivifica mis esperanzas.
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