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El Americano
Foto: Archivo
Como todo el mundo, el Americano tiene su nombre, pero nadie se lo dice. Todos le dicen el apodo. Si le preguntan a alguien por Manuel José Gómez, nadie sabe quién es; pero si le dicen el Americano, entonces sí todos lo señalan.
El Americano supo que iba a participar en el asalto al Palacio Presidencial un día antes, como todos los demás. Y, como todos, estuvo acuartelado 24 horas en espera de la orden de partida para la acción.
El combate fue duro. Muchos compañeros perdieron la vida en el intento; otros resultaron heridos. Los combatientes se batieron en retirada, al percatarse de que la acción había fracasado. Uno de estos últimos fue el Americano. Llevaba la ropa y los zapatos de dos tonos empapados en sangre, de un compañero a quien había tenido que cargar mortalmente herido por una ráfaga de ametralladora. Llegó a la calle, pero las balas picaban a su alrededor y tuvo que tirarse al suelo, detrás de un ómnibus que estaba parado frente al Palacio, porque allí lo sorprendió el tiroteo.
Estando en esa posición, siente que el ómnibus arranca y sale por la calle Colón hacia abajo. Él se cuelga de una ventanilla, pero cuando mira hacia delante ve que en dirección contraria viene el ejército. Decide tirarse y se desliza por la calle hacia la acera, en la esquina del hotel Park View.
Las balas continuaban picando cerca. Tenía que buscar un refugio antes que los guardias llegaran.
Se quitó la camisa y los zapatos y penetró por un pasillo entre el hotel y el edificio de al lado. La tapia de la derecha, con vidrios de botella en la parte superior no era muy baja, pero pudo saltarla y cayó dentro del hotel. Una señora gruesa y un hombre, al verlo, se metieron dentro del ascensor y subieron hacia los pisos superiores, a pesar de que les pidió ayuda.
Después de explorar la planta baja y ver que no tenía donde esconderse, miró por una puerta que daba a la calle Colón y vio que ya los guardias estaban allí y pronto entrarían a registrarlo todo.
Regresó al ascensor, pero lo habían dejado arriba. Entonces se metió por la abertura de emergencia que queda encima de la puerta y comenzó a subir por dentro del hueco, agarrándose de los cables y de la pared hasta que encontró una reja que daba a un cuarto de desahogo lleno de muebles viejos, colchones y otras cosas.
Empujó la reja y entró. En el otro extremo había una puerta con un candado grande por dentro. A su derecha una malla metálica fina y a través de ella vio unos tubos de ventilación, y cinco o seis metros más allá, sobre una pequeña placa, un motor de refrigeración.
Levantó la malla, pasó al otro lado y la acomodó de nuevo en su sitio. Caminó por encima de los tubos y se colocó como pudo detrás del motor. Enseguida sintió a los guardias registrando en el piso.
En la planta baja, de la cual lo separaba sólo el falso techo, los esbirros se despachaban las bebidas del bar y llamaban por teléfono para informar que estaban bien y que al General no le había pasado nada.
Comenzó a caer la tarde, llegó la noche, y el Americano se sintió muy cansado, con hambre y sed, porque no había comido ni tomado nada desde por la mañana.
Las horas fueron pasando lentamente. Cada vez más lentas. Trató de pensar en todo lo que había ocurrido ese día, pero fue inútil, sólo podía pensar en cómo salir de allí.
Poco a poco fue estableciéndose el silencio. Cesó la algarabía en la planta baja. Por una persiana que le quedaba enfrente entraban algunos rayos de luz de la calle y distinguía una esquina del Palacio, frente a la cual estaba estacionado un tanque de guerra.
Cuando tenía una pierna entumecida, cambiaba la posición y se apoyaba en la otra. Se apretaba los ojos hasta que le dolían para no quedarse dormido. La garganta reseca y el olor a pólvora y a sangre hacían más atormentador el suplicio.
Avanzada la madrugada, decidió comenzar el regreso hacia el cuarto de desahogo para tratar de salir de allí antes de que fuera de día. Recorrió el mismo camino por los tubos de ventilación, pero quedaba por resolver el problema de la ropa y los zapatos.
Comenzó a buscar en la penumbra del cuarto y encontró, colgados en un rincón, un pantalón y una camisa de trabajo un poco manchados de pintura. El pantalón le quedaba corto y la camisa ancha, pero se la puso por dentro para que no se notara.
Los zapatos fueron más difíciles de conseguir. Había varios pares tirados por los rincones, pero todos le quedaban muy chiquitos. Con una trincha de carpintero cortó unos por la punta, pero los dedos se le salían.
Al fin, debajo de la esquina de un colchón encontró un par de tenis azules manchados de pintura que le quedaban bien.
Completó el disfraz con un metro de carpintero en el bolsillo lateral del pantalón y una estopa con olor a gasolina, que se la pasó por los brazos y se la puso en el bolsillo de atrás para ahuyentar el olor a sangre y a pólvora.
Tomó unos papeles con membrete del hotel y en uno de ellos anotó unas cantidades de madera, pues si le preguntaban diría que era empleado del hotel e iba a comprar unas maderas. Le preocupaba el brillo de la cara y el pelo desordenado, lo que trató de arreglar algo con las manos y se pasó un papel por la cara. El ascensor estaba en los pisos de arriba y la puerta del fondo permanecía con el candado cerrado por dentro, por lo que decidió hacer el mismo recorrido por el hueco del elevador hacia abajo.
Cuando el Americano llegó a la pequeña abertura de emergencia y salió hacia el pasillo, no había nadie. Se mojó las manos en una pila que estaba goteando, se las pasó por los ojos y el pelo y comenzó a desplazarse sigilosamente hacia la puerta de la calle Colón.
Cerca de la salida, en el bar, vio a un soldado con un fusil, sentado en una mesita y cabeceando de sueño. Se agachó hasta quedar fuera de su vista y así caminó hacia la salida.
Avanzó resueltamente por la acera hacia la esquina. Calculó que serían las cinco o cinco y media de la mañana, porque aún estaba oscuro, pero ya las estrellas habían iniciado la retirada, y solo quedaban las que permanecen titilando hasta que los primeros rayos de claridad las empujan hacia el interior del firmamento.
En los árboles del Prado, las enormes bandadas de pájaros recién despiertos entonaban la misma sinfonía de la tarde anterior, antes de acomodarse en sus ramas. Parecía que la vida, detenida hacía apenas unas horas para muchos de sus compañeros y que para él mismo había quedado suspendida de un hilo invisible, comenzaba de nuevo a echar a andar.
Al acercarse a la esquina, sintió la mirada de tres soldados sobre él, pero continuó su paso, ahora por la calle, y dijo en voz alta: permiso para pasar. Nadie le contestó ni hizo ademán de detenerlo, por lo que pasó aquella barrera y siguió caminando hacia el Prado.
En esos momentos, el Americano sintió impulsos de correr, pero se contuvo. Esperaba escuchar la voz de ¡alto! o el sonido de las armas al rastrillar. Los pocos metros que le quedaban para salir de la vista de los guardias lo llenaron de ansiedad.
Subió las escaleras del Prado sin mirar atrás. Bajó hacia el otro lado y alcanzó los portales, ya con el paso más rápido. Entonces respiró profundamente. Hacia delante no vio ningún obstáculo. En la otra esquina dobló a la derecha y continuó alejándose, cada vez más rápido.
A partir de entonces inició una vida clandestina que lo llevó a esconderse en varios lugares de La Habana, luego en Gibara, en la provincia de Oriente, y posteriormente en Trinidad, desde donde se incorporó a las guerrillas en el Escambray, hasta la caída de la dictadura de Batista.
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