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Sobre los años de estudiante universitaria

Por Beatriz Maggi

Beatriz Maggi

Debo ser sucinta y suministrar solo la información más significativa sobre mi vida de estudiante universitaria. Vivía en Santiago de Cuba, donde todavía no teníamos una Universidad, y venia a La Habana unas semanas antes de los exámenes finales.

Esto hice durante los cuatro años de la carrera de Filosofía y Letras. Solo asistí a una que otra clase, de algún que otro profesor (los «de oídas» mejores), pues el curso se acababa. Una tarde escuche al Dr. Salazar; una noche, examinando Psicología, cometí la impertinencia adolescente de usar en una respuesta la expresión «psicologiquerias», una bellaquería rebelde totalmente inmerecida por el Prof. Bernal del Riesgo.
 
Con respeto escuche una o dos veces al Dr. Luis de Soto y lamente nunca haber oído al Dr. Mañach. De cinco puntos, le saque un «tres» al Dr. Herminio Portell Vila, y no logre interesarme en una clase práctica sobre unos yesos inmensos que, a todas luces, debían de ser de Praxiteles. No. De Fidias. Y así.

Debía defender mi Tesis de Diploma con toda prisa, pues había obtenido una beca de una universidad norteamericana para especializarme en literatura inglesa y norteamericana. Yo había estado, algún tiempo antes, estudiando atentamente la obra pictórica del santiaguero José Joaquín Tejada y esto fue el asunto de mi Tesis. Se convocó deprisa un Tribunal que la Dr. Vicentina Antuña tuvo la gentileza de presidir.

Durante mis años de estudios preuniversitarios yo había sentido gran respeto y devoción por una serie de competentes profesores en Santiago, pero, entre ellos, ninguno inspiro en mi deseo de emulación comparable al profesor Carlos González Palacios (profesor, no en balde, de Moral y Cívica), de una eticidad imposible de olvidar. Así que, una vez «doctora», de regreso en Santiago, ¿qué otra cosa podría yo hacer, sino llevarle mi Tesis al profesor («Gompala», por el cariño de todos) y pedirle que la leyera y me diera su criterio? Mi Tesis venia precedida por una Dedicatoria a la Universidad de la Habana, con palabras en las que expresaba mi esperanza de un futuro con profesores mas inspirados, mas entregados a despertar el amor al Sabery a crear un discipulado que fuera digna esperanza para el país.

Mi profesor favorito me dijo: «He leído tu Tesis con mucho interés y me ha parecido muy buena; hasta he pensado que quizás en el futuro podrías ser escritora. Pero tengo una censura severa que hacerte: Esa Dedicatoria. Cuando hayas vivido, cuando tengas la edad que tienen esos profesores que hoy censuras y hayas comprendido las varias razones que los han llevado a la indiferencia, al desencanto y la desidia, y hayas logrado al mismo tiempo no seguir esa ladera en descenso, manteniendo, al contrario, enhiestos tus ideales, sin «acomodos», entonces es cuando habrás adquirido el derecho a criticarlos».

En aquel entonces no había pase de lista, ni asistencia obligatoria. Y pregunto: ¿qué profesor que sea un magisterio vivo necesita pasar la lista? El alumno de un profesor tal no permitiría que nada sucediera en el planeta que le impidiera llegar al aula a tiempo, a sorber, de viva voz, ese pan de enseñanza. Y, recordando al profesor que así me censuró por mi petulancia, y a otros más, valiosos como el; recordando la tristeza que yo sentía el día que algo grave me impedía oír sus clases, me fui dando cuenta de que, en muchos casos, la obligación de asistir es quizá una garantía para el profesor mediocre pues, casi sin esfuerzo, tiene garantizada un aula llena; crece moral e intelectualmente el alumno que esta bajo el influjo de un profesor al que nunca fue obligado a escuchar.

Si se viene a ver, aquella seria reprimenda que rebajo mi orgullo y «destiño mi gorila» —me «ubicó», diríamos ahora—, fue la enseñanza más valiosa que he derivado de esos cuatro años. Me la «propinó» un profesor de enseñanza preuniversitaria y consiste en que el poseer una juventud impetuosa no lo autoriza a uno a juzgar a los demás, sino sólo después de haber sabido vadear los mismos escollos en que quizás el otro sucumbió.

¿Es posible propagar la sed de Saber y el amor a la Verdad sin sentirlas? Ahora bien, ¿puede juzgar a otro aquel a quien la vida todavía no le ha puesto a prueba?

Debe entenderse muy claramente que no estoy ignorando, y ni siquiera atenuando, las virtudes y los beneficios de una comunidad universitaria; solo la constante presencia de los profesores, sino los alegres días de camaradería, posibilitados y enriquecidos en lo constantes convivíos juveniles, en los que se cimentan amistades —a veces perdurables— y que luego han de caracterizar la textura social de una época. Me refiero a que, al igual que la verdadera amistad es electiva y espontánea, así de espontánea debe ser la presencia en el aula. No habrá pupitres vacíos con el profesor estrella. “Estrella que ilumina y mata”, como diría aquel mejor de todos. “Mata” no de muerte, sino que sella el destino del que sabe escuchar, quiere escuchar y tiene a quien escuchar.

 


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Actualizada: 8 de febrero/2008

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