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Cuando faltan los nombres

Por Ana Leyva Dehesa

¿Qué sentirá aquel que espera con ilusión dudosa la llegada de quien desapareció diez años atrás? ¿Cómo no es asesinado por la incertidumbre? O ¿cómo quizás está muerto y aún sigue esperando? ¿Cómo dejar de esperar por alguien de quien no se tiene certeza?

El olvido no es una opción para aquellos que fueron quemados, golpeados, pinchados, violados. El olvido no es una opción para quien perdió un hijo, un padre, un esposo.

Pero el recuerdo atormenta, reprime, condena. El recuerdo quema con el fuego que no se apaga nunca, es la llama eterna del que vivió la dictadura. Es el peregrinaje infinito hacia lo desconocido.

Es, después de veinte, treinta, cincuenta  años, no poder soñar con un campo de flores, o una sonrisa, o simplemente dormir profundamente. Es sentirse mutilado cada segundo del día.

Ver que irrumpen en tu casa, que eres aguantado por cinco tipos mientras otros diez destrozan todo aquello por lo que has trabajado día a día durante ¿cuánto? ¿veinte  años?; ver cómo violan a ese amor al cual estuviste esperando una semana bajo la lluvia y amando más ahora por cada patada; sentir a tu único hijo del otro lado de la pared implorando, rogando que no hagan más, diciendo que sí, que él tiene la culpa de cualquier cosa. Y tú ahí, con ganas de matar al mundo y atado por cinco bestias. Mirando en rojo, pensando en negro.

Y así, hasta la muerte de todos menos tú, que cargas con  la condena del inmortal. Pensando ingenuamente que saldrás a reclamar tus muertos, para entonces descubrir que hay cuatro mil esperando ser absueltos.  Para encontrarte con miles de carteles en la plaza, de miles de personas que buscan a quince mil desaparecidos.
 
Entonces corres, gritas, gritas con la garganta en una mano y el pecho debajo de las ruedas de un tanque que pasa, pero todos son sordos y nadie puede escucharte, todos son mancos y nadie puede escribirte, todos son mudos y no pueden responderte, todos son ciegos y no pueden verte tirado en el asfalto junto a toda la humanidad, hundiéndote junto a toda la humanidad, muriéndote como ellos quisieron, como ellos te mataron.

Pero lo peor, porque aún queda lo más horrendo, es ver, con tus últimos restos, la  boca desfigurada en una sonrisa de la bestia vestida de militar, escuchar la carcajada de esa hiena, y sentir sus garras de tiñosa sobre tu cuerpo ultrajado una y mil veces.

Entonces descubres que todavía respiras, en tu pecho vibra algo, las fuerzas se alimentan del  amor de reserva y saltas enérgico, despiertas a los otros, uno por uno, no importa, inventas una consigna, pues la causa es obvia, y te aferras a ella, y te aferras a esos otros, que se sostienen también en ti, y caminan, avanzan, trotan, corren y levantan vuelo arremetiendo contra las alimañas que intentan escapar. Es una persecución feroz pero justa, violenta pero merecida. Aun así las fieras escapan, dejan el camino libre, pero sucio, tan sucio y roto que nunca podrás remendarlo.

Sin embargo ahí está la luz, no la de final del túnel, sino la otra, la de la voluntad. Aun sabiendo que no será suficiente, ves en ella un madero al cual asirte para llegar  a la orilla, donde comenzarás a unir algunos pedazos de todo para hacer un todo de pedazos, y vivir con lo que queda, e intentar con lo que puedas.

Para contar en cada oración eso que pasaste, hablar en todos tus discursos del suplicio vivido, para que cada poema sea de muertos, cada canción, melancolía; cada película, secuela.

Para descubrir tu verdadera condena; mirar un día tu cuerpo desnudo y ver la cicatriz que lo atraviesa y rompe en pedazos. Para después vestirte y jurar que jamás sucederá algo parecido, que jamás un cuerpo de hombre llevará una marca como la tuya, aunque vayan todas las vidas en ello.

 


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Actualizada: 2 de junio/2008

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