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Hierros, silencio, soledad
Por Yuris Nórido
Pasé unas cortas vacaciones en mi pueblo natal, en la casa de mis padres (que sigue siendo mi casa en tanto no tenga otra), y una de esas tardes amelcochadas en que uno no encuentra nada que hacer, me decidí a dar un paseíllo por calles y barrios por los que no pasaba desde hacía años, más de quince, que vienen siendo muchos para quien todavía no ha cumplido treinta.
Andando y andando, recordando y recordando, llegué a la vieja fábrica de levadura, que está en las afueras del pueblo. Una armazón de metal y concreto, bastante grande, si tenemos en cuenta la escala constructiva de un poblado de provincias. La Torula llamábamos a esa fábrica, porque creo que así se denominaba esa levadura que servía para alimentar el ganado, a partir de subproductos de la caña de azúcar; o porque ese era el nombre de la tecnología, o qué sé yo por qué la llamábamos la Torula, aunque debería saberlo, porque cuando estaba en séptimo grado integré un círculo de interés de tecnología azucarera (a estas alturas todavía no sé qué hacía yo, tan poco dado a las tecnologías, en ese círculo tan especializado) y una de las actividades prácticas fue un recorrido por esa fábrica.
Eso sí me gustó, para que vean, porque fue mi primera visita a una fábrica de verdad, llena de maquinarias y ruidos, y vapores, y esteras y mucha gente moviéndose de aquí para allá. Resulta francamente hechizante asistir a un auténtico proceso fabril, ver que algo entra por un lado y una hora después sale por el otro transformado en una cosa completamente distinta. Una tarde entera estuvimos en aquella fábrica, para envidia de nuestros compañeros de aula que integraban círculos de interés un poco más convencionales, por ejemplo, Comercio y Gastronomía.
No me negarán que entrar a una fábrica de verdad es mucho más interesante que meterse en el almacén de una tienda por departamentos. Me he parado otra vez frente a la puerta de la Torula, quince años después. La fábrica, evidentemente, estaba cerrada. Seguro dejó de ser rentable. No había un alma por todo aquello, no se escuchaba un grillo. De pronto descubrí una anciana, en la destartalada garita, tratando de abrir un coco con un machete. Me miró un instante, extrañada, como si le sorprendiera que alguien se aventurara por allí a esas horas, y siguió ocupada con su coco. Regresé a mi casa, lentamente, casi llorando de nostalgia. Con los años las cosas cambian de forma, de tamaño, de color. Si esto es a los treinta, no quiero ver cómo será a los ochenta.
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