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La educación no es moda efímera
Por Mónica Baró Sánchez
Foto: Abel Ernesto
En la actualidad afrontamos un fenómeno digno de ser evaluado en la escala de Richter, con una capacidad destructiva no tan evidente y perceptible como la de un terremoto, pero sí igual de influyente en una sociedad. Este fenómeno es la ausencia de educación formal y valores que afecta a una parte considerable de nuestra generación. A la chabacanería la han convertido en moda, a la decencia la han tildado de caduca, y a los “buenos días” y al “permiso”, junto con el resto de sus semejantes, los han exiliado en Nuncajamás.
Cuando se vive en comunidad es imprescindible acatar determinadas normas de conducta para que reine la armonía. Excluyendo de esta conjetura a las que constituyen clichés tradicionales de funcionalidad nula. No estoy proponiendo un actuar robótico enemigo de la espontaneidad y la originalidad, pues se puede ser original y espontáneo y a la vez educado. La originalidad no está en rebelarse contra los patrones sociales establecidos ni en ser egocéntricos al punto de devenir ridículo, está en el esfuerzo por ser auténticos y no imitar a los demás.
Cada vez son más personas, principalmente jóvenes, las que muestran aversión hacia el comportamiento reglado; quizás por considerar que subordinarse a ciertas reglas y leyes es una actitud arcaica. Es poco probable que nuestra vida sea menos intensa por ser circunspectos y expresarnos apropiadamente. Tampoco seremos puritanos por ser pudorosos y prudentes, en cambio sí seremos más sensibles en el trato cortés hacia los otros a la hora de relacionarnos; y esto solo significa ser civilizado y diplomático.
Proceder con mesura al dirigirnos a terceros, incluso hasta cuando elegimos nuestra vestimenta, no es más que mostrar respeto al prójimo, al evitar agraviarlo con una o conducta improcedente. Vestirse decentemente es hacerlo con buen gusto y elegancia, es saber qué atuendo corresponde a cada ocasión o a cada ente social. La ropa es el espejo del carácter, pudiéramos decir. Un vestuario decoroso y pulcro enaltecerá nuestra imagen, sin embargo, uno con mugre, estrujado o vulgar, no podrá decir nada positivo de quiénes somos. Y las posibilidades económicas no constituyen una justificación, ¿quién dijo que por ser humilde no se puede ser honorable y limpio; o que por ser adinerado no se puede ser lo contrario?
La educación formal es el molde donde se forma el carácter, y éste es la plataforma de los valores, principios e ideologías que adoptemos en la vida; los cuales nos darán el impulso necesario para luchar persistentemente por lo que creemos y soñamos. Porque fueron esos valores los mismos que impidieron que Carlos Manuel de Céspedes se rindiera en Yara, los que motivaron a José Martí desde su infancia a declararse defensor de los oprimidos y amante de la libertad, los que hicieron a Antonio Maceo volverse un Aquiles y a cientos de estudiantes tornarse héroes y heroínas.
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