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Un Día de Madre
Por Lisandra Fariñas Acosta
Fotos: Internet
Admitámoslo: para los cubanos, el Día de las Madres es, literalmente… ¡un día de madre!
La inminencia del segundo domingo de mayo nos sume en el delicioso tormento de encontrarle un digno regalo a quien nos trajo al mundo, inevitable rito anual que, bien visto, es otro pacto de complicidad entre madres e hijos, pues nada material compensa los años de devoción que dedica a su progenie ese ser divino, venerado por odas sublimes o bolerones carcelarios.
¿Y cómo pagar tanta dedicación y desvelo, pañales sucios, noches de preocupación, tandas de sillón y paciencia infinita, gaznatón profiláctico o necesaria caricia?
¿Con un beso y una postal?
¿Con un felicidades mamá?
A mí, por ejemplo, me cabe el orgullo de haberle hecho inolvidable a mi mamá su primer Día de las Madres: aquella mañana dominical, mi progenitora se engalanó, deseosa de exhibir al fruto de su preñez –o sea, yo-, y al fin decir “gracias” además del tradicional “felicidades”. ¡Pobre mami! No sospechaba que mi delicado estómago, atiborrado de puré, le haría un “regalito” que arruinó su mejor vestido, su esperado domingo y su humor.
Pero ella, madre al fin, me perdonó. Porque eso hacen las madres, eso y soportarnos con sempiterna paciencia durante la edad de la peseta, que a veces dura hasta la insoportable adolescencia y un poco más.
Podemos referirnos a ellas con el infantil “mami”, el solemne “madre”, el tierno “vieja” o el metafórico “pura”, y será lo mismo. Cambian los apelativos, pero no el vínculo de amor y ternura que nos une más que el habernos llevado en su vientre durante nueve meses.
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Cuando estamos cerca nos malcrían y cuando estamos lejos nos extrañan. A veces nos sobreprotegen y resultan agobiantes, pero considerarnos eternamente sus niños es una tendencia inherente a su condición, que debemos agradecer e incluso alimentar.
Los filósofos populares que abundan en Cuba sentencian sin equivocarse: “madre solo hay una”. Por eso, aunque cada madre sea una suegra en potencia, aunque las inunden los resabios del cotidiano bregar y se empeñen siempre en dirigirnos la vida, o al menos intentarlo, tenemos otros 364 días en el año que no necesitan una justificación oficial para hacerlas sentir los seres más importantes del mundo, y regalarles un Te quiero de corazón. Aunque una postal tampoco viene mal…
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