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MP3
Por Leonardo Caro
Foto: Abel Ernesto
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La tarde es nuestra, desnúdame —le susurro a J, mi ex novia, pero no me escucha ahora. Caminamos, casi juntos, pero en tiempos y sentidos diferentes. Cada uno conectado a su MP3. Ella, tal vez, me responda sin saberlo, con un verso de Pablo, o de Serrat. En realidad he plagiado la frase: es de Ismael Serrano. El confuso rumor del ambiente se desvanece en el umbral de mis audífonos, en los que el español canta.
El suyo fue un regalo por el Día de los Enamorados. No le ofrecí rosas o chocolates. Según Wikipedia, el MP3 es «un formato de audio digital comprimido con pérdida». ¿Habré perdido acaso el romanticismo?
En la calle me cruzo con otros y sus conciertos particulares. Alguno tararea. El volumen demasiado alto me hace temer la sordera precoz de un adolescente. La adultez me ha hecho apocalíptico, sonrío.
H me confesó una vez que prefería atender los sonidos de la ciudad a zambullirse en el MP3. Pero en su casa ignoraba la televisión, y asistía a largas sesiones de jazz para ella sola.
Me importa mucho más verte vibrar así, que descifrarte —le dije un día. Nada me impide quererte —me respondió. Pero tampoco era mía la frase, sino de Jorge Drexler. Y ahora evito al uruguayo en mi MP3, para huir de la melancolía.
Tengo otro en casa, regalo de amigos de ultramar. Radio, video, grabadora, reproductora, tetris... el mundo del tamaño del dedo índice. Y por supuesto, Sabina, que con su cabeza recostada en el hombro de la luna me habla de esa amante inoportuna: la soledad.
En la imagen hoy inexistente que el futuro proyecta sobre mí, camino solo, con mi MP3 en el bolsillo y el teléfono móvil al cinto. Tanta música a la mano, tantos nombres al alcance de una llamada, y un enorme silencio sobre el corazón.
Una caricatura del homo tecnologensis, sucesor del homo sapiens en la era del cambio climático, dirá un guía de excéntrica indumentaria a una docena de estudiantes universitarios, en un Museo de Antropología, año 2124. Y yo lanzaré un desusado requiebro a una muchacha, idéntica a H.
En las noches vacías en que regreso, solo y malherido, todavía me arrepiento de haberte arrojado tan lejos de mi cuerpo, le confesaré, con la voz improbable de una pieza de museo.
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