|
¿SOMOS TAN ARDIENTES?
Por Hilda Berdayes García
Al igual que en otras partes del mundo, en la mitología nacional abundan cuentos y leyendas sobre hechos históricos, culturales, religiosos o sobrenaturales que se integran a nuestro folclor… Sin embargo, en Cuba también ciertos criterios sobre la sexualidad devienen verdaderas fábulas entre un número apreciable de la población.
Conforman algunos de esos mitos una alta y a veces exagerada autoestima sexual y la convicción de que los cubanos, hombres y mujeres, son más ardientes en el amor que los habitantes de otras latitudes geográficas.
Asimismo, existe la creencia de que esa «calentura» sexual es mayor entre los pobladores de las zonas orientales del país, mientras que a la raza negra y a los mestizos se les atribuye una mayor potencia genital.
Para ciertas personas, un sello de «probada» masculinidad o femineidad son la alta frecuencia de las relaciones sexuales, el número de amantes que se conquistan y la dimensión de los genitales masculinos y de determinadas partes anatómicas en la mujer. Otro error es confundir el coito con el acto sexual el cual, a diferencia del primero, incluye una carga espiritual y amorosa imprescindible en la unión y la felicidad de una pareja.
SEXUALIDAD ES TAMBIÉN CULTURA
No obstante estas míticas afirmaciones populares, hasta el momento ninguna investigación científica demuestra una relación directa entre el clima, la raza y la anatomía de las personas con su predisposición erótica, sexual o amorosa y el éxito que pueda obtener en este campo de las relaciones humanas.Por otra parte, esa forma de sobreestimar ciertos valores o atributos personales, sin ningún basamento objetivo, real, propicia la creación de un fetiche, en este caso un fetiche sexual, que promociona y defiende un particular culto egocéntrico y margina o subestima al sexo opuesto, a otras razas y pueblos.
Por eso es muy importante tener en cuenta que la sexualidad comienza con la vida. Al jugar con sus manos y pies, o cuando se observan en un espejo los bebitos inician el descubrimiento de su cuerpo y de una serie de sensaciones, desconocidas para ellos. Luego, al crecer e interactuar con el medio, se les despierta un interés insaciable por saber.
Pronto empiezan las preguntas «difíciles» y es ahí donde padres, familiares y maestros pueden contribuir con el conocimiento de una sexualidad plena, o fomentar criterios absurdos y permitir que estos continúen propagándose indefinidamente.
Tanto en la educación de los menores, como en el intercambio entre adultos, al abordar cualquier tema sexual deben sustituirse los prejuicios y reticencias por una discusión franca y objetiva para favorecer la comprensión, aclarar dudas y fortalecer las relaciones interpersonales. Y en esto el conocimiento es fundamental.
Pero, si tal vez basta dominar algún oficio o profesión para considerarnos una persona instruida, ser cultos requiere más. Porque la base de la verdadera cultura está en la integralidad de nuestros conceptos intelectuales y de nuestras actitudes sociales. Así, los diferentes aspectos de la sexualidad no solo forman parte inseparable de nuestra vida, sino que denotan el grado de riqueza espiritual y de madurez cultural que seamos capaces de adquirir y asimilar.
No sea un analfabeto sexual. Defender o propalar mitos que distorsionan la verdadera esencia de una sexualidad inteligente y responsable, restan belleza a algo tan delicado como el amor y reafirman la tremenda ignorancia de una persona y su lamentable pobreza espiritual.
En definitiva, nada demuestra que los cubanos somos los amantes más fogosos. |