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NUESTRO CREDO

Por Marietta Manso Martín

Hace unos años fui a Guatemala, a reportar el trabajo de los médicos cubanos que entonces brindaban sus servicios en aquel país. De mis compatriotas no me sorprendió nada: cualquiera que haya nacido y vivido en este archipiélago sabe de sobra de qué son capaces sus hijos.

Otra fue la realidad que me golpeó. Fueron otros los instantes que se aferraron a mi mente y todavía me sorprenden como pesadillas: la clara desprotección de los pobres, y los ojos tristes, sin llanto de los niños.

Fui testigo de cómo los pequeños tenían que responsabilizarse de sus hermanitos mientras sus padres trabajaban; vi a «patojos» que no levantaban una cuarta del piso, cargando pesados sacos de leña; comprobé cómo la madre no puede darle leche a sus hijos después que los pechos se secan, y por qué a pesar del mercado libre —o precisamente por su culpa— el dinero no alcanza y la familia solo come tortillas de maíz y frijoles...

Pero nada resultó tan impactante como aquel bebé llegado al hospital de Uspantán: su enfermedad no era tan grave como la tremenda desnutrición y anemia. Era imperiosa una transfusión de sangre, mas allí no podría practicársele. Los médicos cubanos se multiplicaron tratando de resolver el problema: el centro donde se hubiera solucionado distaba cuatro horas, y no había ambulancias. Cuando lograron conseguir un transporte, pagándolo de su propio bolsillo, ya era tarde. «Se murió el chiquito» me dijo la pediatra, y simplemente, se echó a llorar.

Pensé en los niños cubanos y la seguridad en que se desarrollan, arropados por ese pueblo que lidera un hombre al cual Ernesto Che Guevara llamó en urgentes versos «ardiente profeta de la aurora», el mismo que nos ha enseñado que juntos somos invencibles. Fidel.

 

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Actualizada: 20 de octubre/2006