La Revista Joven más antigua de Cuba

Nuestro Credo



EDICIONES ANTERIORES

Esperamos tus opiniones y sugerencias

 

 

 

 

CELESTINO

Por Elio Delgado

Hacía pocos días, había recibido la confirmación de que podría incorporarse a la guerrilla. Debía aprovechar ahora que estaban relativamente cerca y podía viajar hasta el campamento en compañía del campesino que llevaba los suministros.

La noticia se la trajo Albor, el enlace entre la guerrilla y la dirección del Movimiento 26 de Julio en el municipio. El traslado sería el día primero de octubre al mediodía, en ómnibus hasta el crucero del central Washington donde estaría esperándolo el campesino en el carro de línea férrea que los dejaría en el batey del Espinal y desde allí, a pie o a caballo, hasta el campamento, a unos tres kilómetros del batey.

Los días anteriores a la partida fueron de intensos preparativos. Compró un par de botas, lona y tela verde olivo para hacer una hamaca y un uniforme. Ambas cosas fueron confeccionadas por Odile, una colaboradora del Movimiento que estaba al tanto de sus actividades revolucionarias.

La dirección le entregó algunas balas de distintos calibres y un paquete con medicinas, para aprovechar su viaje.

Todo esto tuvo que hacerlo con extrema discreción, pues ya él había estado preso varias veces y si era detenido con todo ese cargamento, era hombre muerto.

Como estaba previsto, preparó todas sus pertenencias en un jolongoEspecie de jaba que se cuelga al hombro para llevar enceres.y salió hacia la parada del ómnibus, justo en el momento en que este se acercaba, para no llamar mucho la atención.

Subió y se sentó. Todos sus músculos estaban en tensión. Disimuladamente recorrió la vista hasta el fondo. Había gran cantidad de asientos vacíos. El trayecto hasta el crucero del central se recorría en poco tiempo. Diez minutos de máxima tensión. Solo esperaba no encontrarse ningún esbirro en su camino, y esa noche dormiría en el campamento. En eso pensaba cuando divisó el crucero del central y el carro de línea que esperaba.

Cuando el ómnibus comenzó a disminuir la velocidad y el lugar se hizo más visible su vista se encontró con lo inesperado: el crucero estaba prácticamente tomado por una patrulla de la guardia rural. El jeep militar, parqueado de frente para la carretera y cuatro guardias desplegados a ambos lados de la vía, con armas largas y en actitud de alerta.

El ómnibus estaba a punto de detenerse y tenía que tomar una decisión. Una era no bajarse y seguir hasta algún lugar donde pudiera tomar otro ómnibus de regreso, pero se arriesgaba a ser detenido y perdería la oportunidad de trasladarse al campamento guerrillero. La segunda era bajar delante de los guardias, aunque sabía lo que le esperaba si lo detenían.

Los pasajeros comenzaron a bajar. Celestino no había tomado aún una decisión. Cuando bajó el último se puso rápidamente de pie y caminó hacia la puerta. Sentía latidos en las sienes.

Por suerte, era el corazón de un joven de 21 años el que galopaba en su pecho.

Bajó resueltamente con su carga en la mano y no miró hacia nadie, solo hacia el carro de línea que lo esperaba para partir. Sentía como si los cuatro guardias lo estuvieran observando. Cruzó la carretera y fue directamente hacia el carro. Subió la escalerilla y se sentó. Solo entonces dirigió una mirada de soslayo hacia el crucero y vio que los guardias aún estaban allí, en actitud de alerta, al parecer esperando encontrar algo sospechoso.

El carro de línea arrancó y salió lentamente. Cruzó la carretera y aceleró, alejándose de los guardias. Celestino pasó entonces la vista por los pasajeros. Todos los asientos estaban ocupados por hombres curtidos por el sol, con manos callosas y como crispadas sobre un machete o una guataca. Algunos, con sombreros de güano algo desvencijados; otros, con gorras manchadas de grasa. En fin, no encontró nada preocupante. Solo entonces pudo respirar profundamente y aflojar los músculos, que sin darse cuenta tenía contraídos. El traca, traca del carro mientras se alejaba le pareció una música acompasada.

Esa noche Celestino durmió en el campamento.

* Especie de jaba que se cuelga al hombro para llevar enceres.

 

Portada

© Alma Mater 2006

Subir


 

 

Actualizada: 13 de abril/2006