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DESPUÉS DEL CICLÓN

Por Sandra P. R.

Me gusto frente al espejo: mi cara en el centro rodeada de azul, sin que nada exista más allá de la superficie rectangular. El sonido es parte del montaje, el mar que ruge pero no tan fuerte. Mi cara en medio de la profundidad del mar todavía luce restos de color… Aunque sería mejor sentarse frente al muro roto, como entonces, al principio, y quedarse quieta por horas, como ante una puerta abierta.

Las olas destruyeron Baracoa hace tres años, durante el último ciclón. El muro  se fue con ellas.

Cuando anunciaban la fase de alerta, yo estaba en Cojímar.

El huracán categoría tres cruzará la Isla por las inmediaciones de la capital. Se aconseja a la población mantenerse informada y cumplir las medidas de la defensa civil. Parte de medianoche interrumpido por apagón. Ecos de portazo. Hora cero. Tiempo de nadie.

Entonces lo vi. Asomado a la persiana, hacía aquel sonido de «s» que siempre me ha crispado los nervios. Pero alguien que sisea a medianoche en una ventana desconocida debe estar muy desesperado.

Desesperación : I. Impaciencia, irritación. II. Desilusión, pesimismo.

Caminamos juntos, en paz, hasta la plaza Hemingway. El único ruido era el de nuestros pasos. Le conté que tampoco me veían. Desde niña, comprendí que la invisibilidad es un estado concreto, diagnosticable, con síntomas y consecuencias predeterminados al que terminé acostumbrándome. Pero la alarma de la vieja fábrica asaltó el aire cuando íbamos a la altura del fortín español. Fue cuando el viento comenzó a soplar más fuerte.

Pienso que si hubiera aparecido media hora antes todo sería distinto. Yo hubiera gritado y a él lo habrían golpeado como a un animal sucio. Pero a medianoche estaba sola y a oscuras. Y alguien que llama desde una ventana desconocida debe estar muy desesperado. Preferí salir al portal: a veces los encuentros ocurren solamente por las coyunturas.

A la luz del primer relámpago vi sus ojos. Verdes, cegatos, como los del gato abisinio que le regalaron a mi madre. Escalamos el muro. Todos los pueblos de mar tienen muros que interfieren la vista al horizonte. Le temblaban las manos y empecé a desnudarme. Una no puede menos que desnudarse ante una criatura inerme.

De repente lo sentí. Me fui tiñendo de abajo a arriba, desde los pulgares hasta la raíz del cuero cabelludo, el pelo también. Ojos, manos, rodillas, me iba coloreando… por los senos y el vientre el tono era más intenso, casi pastoso, casi tocable.  

Me gusta Baracoa. La gente es como los colores de sus casas, pálidos, desteñidos. Aquí paso inadvertida. Nadie voltea el rostro. Parezco casi normal.

La desnudez es algo más que una apariencia física, es un concepto metafísico. La duquesa de Alba está más vestida que Frida Kalho en cualquiera de sus cuadros. Pocas veces se puede estar desnudo, verdaderamente desnudo. Para eso se debe uno romper las costillas y perforarse las vísceras o dejar que las ropas vuelen en una noche de ciclón frente a alguien que deja de respirar.

Entonces comienza la mutación y uno no se viste jamás. Según el caso, la piel se vuelve terracota si se trata de un acto de voluntad propia o bien adopta la tonalidad del agente externo que provoca el cambio.

Yo desperté verde al amanecer, recostada a las escaleras de piedra que bajan hasta el mar.  

Últimamente paso las tardes frente al espejo. Veo perderse la intensidad del color verde botella de los hombros, atenuarse el verde limón de las mejillas y la frente y el verde mar de los labios; el verde amarillo de los cabellos casi desaparece. Pero encerrada entre la mancha azul del mar por todas partes el contraste parece revivir la ilusión de conservarme visible.

Sin embargo, la decoloración no se detiene. Ni siquiera los ojos que guardo separados en una cajita y saco para que me miren por horas la revierten. Siento lo mismo que aquella noche de ciclón sobre el muro de Cojímar: miedo, mucho miedo, de volverme transparente.  

 

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Actualizada: 27 de noviembre/2006