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LOS JÓVENES EN EL CINE DE FERNANDO PÉREZ
Por Mercedes Santos Moray
Las callejuelas de La Habana Vieja viven el trasiego de gente y entre la multitud, por Obispo, muchos no reparan en el camión azul que se queda clavado a un costado del banco, por Aguiar, como tampoco nada denota cambios entre las obras en reparación de los edificios del casco histórico, solo que aquella luz, la lámpara que sobresale en la ventana y que enfoca la filmación, por el quinto piso sitúa en el entorno de la realidad cotidiana de los habaneros el espacio de un set de filmación, porque allí ha decidido Fernando Pérez situar la buhardilla de Javier, el protagonista de su quinta película de ficción: Madrigal.
Nuevamente un personaje de solo 20 años, sostiene la intriga argumental de la historia, desde la piel de un actor que debuta en el cine: Carlos Enrique Almirante quien lo hace en compañía de otra debutante, la joven actriz Liety Chaviano, la protagonista de Doble juego, una teleserie pasada recientemente en el país, y en la que interpretaba a una adolescente pasada de libras, y con mucho corazón, ese mismo corazón que ahora debe volcar en cada secuencia de esta filmación donde ambos intérpretes se lo juegan todo, bajo la dirección del hombre que ha confiado en ellos, Fernando Pérez.
En el mes de noviembre este cineasta comenzó a materializar sus sueños, a dar cuerpo a la historia centrada en el amor, en la complejidad de las relaciones de la pareja humana, que reflexionará sobre la verdad y la mentira, en un mundo donde lo real y lo artificial se confunden, como se lo propone el realizador, para narrar una trama que comienza en nuestra época y se extiende varios lustros más allá hacia un futuro indeterminado, cuyas claves tendrá que encontrar cada espectador cuando el filme esté concluido y se someta a la crítica del público.
Apostar por la juventud parece ser la divisa de este creador, la más intensa de las personalidades que hoy hacen cine en Cuba, el realizador que ha marcado la pauta también para las nuevas generaciones de cineastas y telespectadores cubanos quienes lo consideran su maestro, el mismo que al iniciar, finalmente, y luego de varios años de espera, su obra en la ficción, asumió también una historia protagonizada por jóvenes, Ernesto y Nereida, la pareja del filme Clandestinos, y que consagró en la pantalla a Luis Alberto García y a Isabel Santos, en aquella cinta que a otros parecía imposible por tratar un tema «viejo», el de la lucha de los combatientes clandestinos durante la tiranía de Fulgencio Batista, y que fue la ópera prima de Fernando Pérez, su primer largometraje, en 1987.
Siempre había deseado filmar esa historia, me lo ha dicho muchas veces. Se quedó, como otros adolescentes, con el deseo de haber sido un héroe. Pero pudo llevarla al celuloide y entregar a todo el público, especialmente a los más jóvenes, aquella saga, una pieza cuajada de tensión, de suspenso, con los elementos del policíaco y de las aventuras, pero que fue una película contada esencialmente como una bella historia de amor.
Tres años después volvía Fernando a filmar, y asumió entonces el costado no heroico de los muchachos de los años 50, aquellos adolescentes que estudiaban en el preuniversitario, que soñaban con grandes metas, con sus amores y esperanzas, y que tuvo en Lalita, incorporada excelentemente por la entonces debutante Laura de la Uz, el centro de una historia que giraba en torno al preuniversitario de La Habana, y que respiraba por las calles habaneras, siempre La Habana como escenario de su cine, con el salitre de Cojímar y el fantasma de Ernest Hemingway.
Más tarde, en 1994, y en los momentos más dramáticos de nuestra sociedad, en medio del período especial, se apareció también Fernando con su tercera película de ficción, el mediometraje Madagascar, con Laura como personaje y actriz, acompañada de su madre y de su abuela, para hacer un periplo no solo por lo externo, en sus continuas mudadas por los barrios de la capital, sino una necesaria introspección, en medio de la crisis de valores, filme este de fuerte sentido existencial, la pieza más conmovedora y valiente que se realizó en la década de los 90 por el cine cubano.
Cuatro años después se apareció de nuevo el Fernan con otro largometraje, armado con varias historias que se entrecruzaban, para darnos otra pieza conmovedora y muy crítica: La vida es silbar, que integraba a todos y a todas, con el profundo respeto del realizador por el otro, en el flujo y reflujo de las individualidades, con la piel de jóvenes como Mariana que se debatía entre el amor y el arte, o como Elpidio, en medio del marginalismo y la angustia, o con Julia, entre tabúes, prejuicios y miedos.
Para después filmar dentro del estilo de la llamada «non fiction» una de las más extraordinarias obras del cine cubano en todos los tiempos: la descarnada y reveladora lectura de Suite Habana, en la que varias generaciones confluyen en el mismo escenario, desde un corte existencial sin moralejas ni edulcoraciones, donde la juventud del bailarín Ernesto se conjuga con Francisquito y su padre, y con Amanda y sus maníes, entre otros personajes reales de nuestro entorno citadino, aquí asumidos como una gran metáfora.
Y ahora, este hombre sencillo, modesto y humilde, ajeno a poses, que goza del diálogo y sabe escuchar a los demás, padre de tres hijos, un varón y dos muchachas, maestro en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, siempre presto a comprender a los demás, sin clasificaciones ni membretes, enriquecido por sus hijos, los amigos y compañeros de sus hijos y sus propios discípulos, vuelve al plató, para que la juventud tenga protagonismo en nuestros días y se tienda hacia el futuro, capaz de amar y de vivir, en medio de las contradicciones, dueños de la energía que tributa la Isla, como suele afirmar Fernando Pérez.
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