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CREADOR DE UN CINE POPULAR:
JULIO GARCÍA ESPINOSA
Por Mercedes Santos Moray
Nacido hace ya ocho décadas, en el populoso y popular barrio habanero de Los Sitios, criado en Cayo Hueso, amoroso del cine, del teatro y de la música, Julio García Espinosa es una de las figuras clave del nuevo cine cubano, del que fue precursor desde su autoría, con la colaboración de Tomás Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara, José Massip y otros amigos, de aquel célebre documental filmado entre los carboneros, y exhibido en 1955, en medio de la dictadura de Batista, El Mégano.
No fue ajeno, en la niñez ni en la adolescencia, a los prejuicios que suelen crearse alrededor de un muchacho que ame el arte. «Yo había estudiado piano siendo niño pero tuve la fatalidad, aunque por otro lado la recuerdo con mucho cariño, de estudiarlo con una profesora que me impartía las clases junto a una ventana que daba a la calle. Y allí estaba yo obligado a tomar clases de solfeo, rezado ni siquiera cantado, a la vista de todo el mundo. Prácticamente tenía que fajarme todos los días con los muchachos del barrio, se burlaban de mí por estudiar piano. Tuve que abandonarlo y dedicarme a la tumbadora porque aquello no tenía remedio y yo quería que me aceptaran en su ambiente. (…) Hoy me río, pero, entonces, estudiar piano cerca del parque Trillo, en el mismo centro de Cayo Hueso, era tremendo. Ese barrio me marcó de una manera definitiva porque allí me hice de una formación popular.»
Años más tarde, en su paso por el teatro, donde se disfrazó de negrito para actuar en espacios como los del cine Manzanares en Centro Habana, el Cándido, de Marianao y en carpas de circo, continuó enriqueciendo esa experiencia con la cultura popular y las tradiciones. Julio sumará su paso por la radio, como escritor y director de programas a fines de los años 40, a donde llegó también con el deseo de romper esquemas y rutinas. Su decisivo viaje a Italia para estudiar cine, lo llevaría a encontrarse con Titón (Tomás Gutiérrez Alea), Gabriel García Márquez, el argentino Fernando Birri, además de a uno de los grandes guionistas del neorrealismo, Cesare Zavattini, en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma.
Allí se alimentaban su utopía y sus deseos de hacer cine cubano, auténtico y popular, verdaderamente culto, lo que entonces parecía imposible no solo ante la carencia de recursos financieros y de infraestructura tecnológica, sino por la presencia de los graves problemas que vivía Cuba en medio de la lucha contra la tiranía, en los años 50.
En Roma respiró el mismo aire, y asimiló la poética de creadores del calibre de Roberto Rossellini, Luchino Visconti, Vittorio De Sica, entre otros, y esa huella se manifestaría, posteriormente, tanto en sus documentales como en sus filmes de ficción, signados siempre por la impronta del diálogo con la realidad, y la asunción de las raíces de la identidad y de la cultura cubanas.
Además, en Cuba, y en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, donde se reunían los intelectuales progresistas y de izquierda, el joven García Espinosa presidió la sección de cine, en la que contó siempre con el apoyo de Titón y de Guevara, entre otros. En esa década se integraría también a los que fundaron el grupo Teatro Estudio, a los hermanos Raquel y Vicente Revuelta, en pos de una escena de valores estéticos y de principios revolucionarios tanto en el arte como en la sociedad.
Con el triunfo de la Revolución, Julio García Espinosa como Tomás Gutiérrez Alea se integraron, a petición del comandante Camilo Cienfuegos, a la sección de cine del Departamento de Cultura del Ejército Rebelde, y junto a otro realizador cubano, Manuel Octavio Gómez, dirigieron los primeros documentales del nuevo cine, para después participar, en marzo de 1959, en el núcleo fundacional del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, ICAIC.
Comenzaría entonces a materializarse la esperanza. Filmaría Cuba baila y El joven rebelde, así como uno de los largometrajes más taquilleros de la historia del cine cubano, las Aventuras de Juan Quin-quín y en los años noventa, una pieza conmovedora como Reina y Rey.
Durante todos estos años, a la práctica como cineasta, se sumó el otro García Espinosa, es decir, el intelectual reflexivo que deja testimonio en el libro de sus experiencias e ideas, en la defensa de su polémica y novedosa teoría a favor del llamado «cine imperfecto», en busca de una expresión propia, ajena a todo mimetismo hollywoodense, y a la tiranía del mercado en pos de criterios estéticos y éticos de probada cubanía.
Ahora, y al frente de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Julio García Espinosa se multiplica en los nuevos realizadores que proceden de África, Asia, América Latina y también de Europa, en un proceso enriquecedor, de continua y sistemática retroalimentación con las jóvenes generaciones porque en su vida como en su obra ha sido siempre este realizador un ser agresivo, experimental e irreverente, que apuesta a favor del trabajo, de la renovación e incluso del error, legitimado por el arte como un proceso infinito de búsquedas, ajeno a los dogmas y a las fórmulas preconcebidas. Sus películas y sus libros lo hacen un artista verdadero, eternamente insatisfecho.
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