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GALERÍA MIGUEL Á. BUONARROTI
EL HÁBEAS GRAPHOS DE PADURA
Por Hilario Rosete Silva
Fotos: Cortesía del entrevistado
Con Hábeas corpus, su primera exposición personal en los últimos seis años, Javier Padura Fuentes (Mantilla, La Habana, 1959) inauguró en esta capital la galería Miguel Ángel Buonarroti, de la Unión Latina (Justiz no. 21, La Habana Vieja).
«El título es una metáfora; la muestra podría interpretarse como el recurso que esgrimo para hacer valer mi libertad de creación individual y defenderme de las críticas por este lapso de silencio», dijo Padura, un artista que en años anteriores presentó varias exposiciones donde primaba el uso de la pintura para serigrafía textil, mas con fines artísticos.
Hábeas corpus agrupó 18 cuadros —óleos y acrílicos texturizados sobre telas—, conjunto que, fiel al estilo y la línea de trabajo de Javier, mezcló los cuerpos del hombre y la mujer con la vegetación, y aplaudió la «transculturación» del tronco humano en tallo principal de árboles o arbustos —«y también viceversa»—, todo con un gran, original, colorido.
Fruto de la primera graduación del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI, 1987), el creador esperó con ansiedad la aquiescencia o censura de sus contemporáneos, pero a la usanza del teatro ya tenía preparada su antecrítica:
«Quizás llame la atención el espíritu gráfico de la obra, su nexo con el dibujo; pudo haber sido más pictórica, más académica, pero no lo es, y en esto radica su intencionalidad.»
El toque, el «arrastre gráfico» en la obra de Padura viene dado por la terminación, por su modo de «rematar» los cuadros. Una vez que ha planteado las formas en el óleo, retoca sus volúmenes con una línea negra, ora finísima, ora más gruesa, elemento que podría sobrar en otro artista, pero que en él es característico, máxime si lo hace, de forma misteriosa, con un instrumento común, propio de las artes gráficas, cuya naturaleza no quiso revelar.
Es paradójico que sea una línea negra la que define su singularidad pictórica, cuando Javier declara, primero, que se resiste a utilizar ese color en su pintura, y segundo, que ni siquiera lo usa para sombrear. Excluye tanto y con tanta determinación los tonos o matices negros, que apenas comprende o percibe —¡te odio, mi amor!— que al negro le debe él su originalidad.
LOS EXTREMOS SE TOCAN
Entre las obras sobresalieron tres cuadros, un óleo, Ángel mío, y los acrílicos texturizados Ángel de El Vedado I, y Ángel de El Vedado II, correspondientes a otros tantos cuerpos —¿troncos?, ¿tallos?— de ángeles.
El Ángel mío, de una sola ala, lleno de tintes, se toca su única extremidad en pose orgullosa y narcisista, revelando –ángel patudo–, las buenas perspectivas de vida que al menos en el minuto de su nacimiento (del cuadro) animaban al autor.
Los otros ángeles, los I y II del Vedado, están realizados sobre dos respectivos modelos (humanos) «al natural», y siguieron en su «hechura», en su camino hacia la luz, las etapas de realización del dibujo, de texturización, y de remate con la célebre línea negra, contorno que viene como a «flotar sobre la trama».
No vaya a pensar el lector que en esta exposición solo «crecieron» ángeles: también hubo árboles y frutas, de prestancia humana, cuyos nombres podrían relacionarse o usualmente el vulgo los asocia con las partes consideradas menos decorosas de nuestra naturaleza –de plátanos a laureles, de mameyes a higos–, e instrumentos musicales de parecida reputación –trompetas, violines, saxofones–, que bien en «caída libre», como en el viejo estribillo del aguacate que en la mata se madura, o bien en actitudes y locaciones cercanas e «interiores», de aliento simpático y erótico, sugerían múltiples asociaciones de ideas, virtud cardinal de todo artista plástico.
Con todo, si tuviese que salvar tres imágenes en medio de un maremagno, Padura le echaría mano a aquellos tres primeros ángeles: al ángel del óleo –patudo, engreído e inmodesto–, y a sus congéneres de los acrílicos texturizados. ¿Por qué?
«Vea usted...», titubeó el artista frente a la grabadora, «no sabría explicarle por qué.»
Pero el redactor se atreve a prejuzgar, a dar y formar un juicio sobre el artista y su obra aún sin estudiarla con detenimiento: Se trata de ángeles irreverentes, de los que, como Dulce María Loynaz en su poesía, reconocen que son apenas un grano de polvo en las manos del Creador, y, aún así, se atreven a pedirle que no los sople...
Audaz fue esta muestra luminosa, ceñida y contenida, de cabo a rabo, por una línea negra, el negro hábeas graphos de Padura, sinónimo contrastado de optimismo, frescura, y alegría.
correo: verdeverde@audiovisuales.icaic.cu
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