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EL JONRÓN DE CUBA

Por Joel García

Gritos. Desesperación. Gritos. Más desesperación. Y gritos.

Así vivieron los cubanos los días (3 al 20 de marzo) que duró el primer Clásico Mundial de Béisbol.

Las pequeñas pelotas Rawling, los guantes y bates de todo el equipo fueron lanzadas, fildearon y batearon en millones de gargantas.

Los apasionados, seguidores y hasta «improvisados» amantes de la pelota en la Isla expresaron con abrazos, palabrotas de energía positiva y hasta con lágrimas de emoción la satisfacción y el orgullo de ser los subcampeones de una lid sin precedente, pero exitosa hasta el último out del juego en el estadio Petco Park, de San Diego, California, donde Japón se llevó la corona.

También gritaron los pesimistas, los «apostadores» perennes a la derrota por el puro placer de ver caer a los peloteros que con más presión jugaron en ese torneo. Presión de compromiso con su gente; presión del béisbol amateur que defienden; y presión de reyes triunfantes dispuestos a defender las coronas mundiales y olímpicas que nadie nunca regaló.

Y tanto el estadio estadounidense como el boricua Hiram Bithorn resultaron familiares para los cubanos. Con la camiseta roja de selección visitadora no conocieron la derrota jamás, a la par que convencieron a los «catedráticos» especialistas de Grandes Ligas de que la estatura y el peso no son imprescindibles para ganar partidos cuando sobra habilidad, oficio, inteligencia, ímpetu y voluntad sobre el terreno.

Tampoco la historia los traicionó. De las dos derrotas sufridas en la clasificatoria —ante Puerto Rico12-1 y Dominicana 7-3— sacaron siempre la mejor lección: borrón y victoria nueva. Y se empinaron luego contra esos mismos conjuntos y frente a Venezuela en lo que bien pudo llamarse la perfecta Serie del Caribe de estos tiempos, en franca asociación a aquella de hace medio siglo atrás.

Esa plata sabe a proeza, definió el presidente Fidel Castro en el recibimiento a la selección, tras un recorrido por las calles de la capital donde cientos de miles pugnaban por saludarlos. Algunos diarios de América calificaron de escalofriante partido el escenificado por Cuba en la discusión del título; otros titularon Honor y Gloria; mientras no faltaron los que definieron a nuestro béisbol como apasionado, atractivo y deslumbrante.

Minutos antes del apoteósico periplo por La Habana habían aterrizado en la Patria con la bandera de la estrella solitaria y el escudo en sus pechos. Familiares y amigos se debatieron entonces entre la sonrisa y el llanto; los fotógrafos para buscar la imagen más auténtica; los periodistas para no perder la oportunidad de reportar primero la noticia.

La confrontación entre peloteros amateurs —solo China y Cuba clasificaban en esa categoría durante el torneo— y profesionales solo dejó una lección para el mundo: el béisbol cubano tiene tanta calidad como el rentado. La cuestión ahora radica en seguir luciendo valientes, entregados, fogosos, contentos, armónicos y unidos en cada jugada, en cada justa internacional donde nos inviten a enfrentar este tipo de pelota.

Gritos. Desesperación. Gritos. Más desesperación. Y gritos. Cuba dio un jonrón espectacular en el Clásico Mundial y la tierra tembló de entusiasmo y amor. Porque el béisbol en Cuba es eso, amor.

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© Alma Mater 2006

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Actualizada: 30 de marzo/2006