La Revista Joven más antigua de Cuba
Actualizada: 21/01/2005

Nuestro Credo

Deporte

Ni Popeye ni Superman

Por Erick Caraballoso Díaz

Todo conocedor del deporte lo sabe. El mundillo atlético cuenta con más de una disciplina en la que los practicantes deben demostrar sus habilidades en varios campos de acción, no siempre muy afines entre sí.

Por ejemplo: olímpicos son el ya no tan moderno Pentatlón Moderno (una combinación de tiro, esgrima, equitación, natación y carrera), y el más contemporáneo Triatlón, donde espadas, carabinas y equinos desaparecen, y el ciclismo se suma a la natación y la carrera. En el atletismo, los hombres más completos practican el Decatlón, en el que solo en dos días tensan su fuerza y resistencia compitiendo en 10 pruebas tan exigentes y disímiles como la jabalina, el salto alto o los mil 500 metros. Las mujeres, para no quedar atrás, hacen otro tanto en los 100 con vallas, el salto largo, los 800 lisos y las otras cuatro variedades que conforman el Heptatlón.

En las piscinas, por su parte, pueden apreciarse las disciplinas combinadas, en las que losestilos tradicionales (mariposa, dorso, pecho y libre) son ejercitados por los nadadores en diferentes distancias. Y sobre los tapices, los y las gimnastas se afanan ufanos en los llamados All Around, donde lo mismo se montan en el caballo con arzones o se equilibran sobre la viga, que, en el caso de la gimnasia rítmica, ellas lanzan aros, pelotas y cintas.

Y si continuamos hurgando en los archivos es posible que hallemos todavía otros deportes compuestos. Sin embargo, quizás la variante más compleja y difícil pasa todos los años desapercibida para los ojos de técnicos y periodistas. Queda en el más absoluto anonimato por la sencilla y fatal razón de que se practica fuera de los terrenos del llamado alto rendimiento. Su feudo exclusivo es el de los juegos Interfacultades de cualquier universidad.

No importa si las competencias se nombran Mambises, Caribes o Taínos, de seguro en ellas aparecerá el Poliatlón. Y lo mejor es que su práctica ocurre como si tal cosa, sin mucho aspaviento con las estadísticas o una atención diferenciada. Ocurre como lo más natural del mundo. Como mismo viene ocurriendo desde los siglos de los siglos. Muchas veces ni los propios practicantes, los poliatletas, son conscientes del real esfuerzo y significación que ello entraña.

¿Por qué? Porque el Poliatlón no es un deporte oficial ni siquiera en los juegos universitarios. No se computa, no se mide, no va a las tablas de resultados. Es el producto del gusto y las preferencias por el deporte de algunos estudiantes, es cierto, pero también de su vergüenza, de su identificación con los colores de la camiseta que defienden.

Los poliatletas puede que no sean los mejores en todas las disciplinas que practican. Puede que ni siquiera sean los más aptos. Pero no hay dudas de que son los más corajudos. Allí, donde muchos renuncian por abulia o por temor, ellos ponen rodilla en tierra, y van del fútbol a la pelota, de la pelota al judo, del judo al ajedrez. No importa la categoría de los rivales: ellos sacan la cara por la facultad.

Rompen sus zapatos, reciben golpes, reciben arañazos, reciben críticas y rechiflas si todo no sale bien, reciben incluso los dos correspondientes por repetidas incomprensiones profesorales, o también, es verdad, por no saber acomodar las prioridades y olvidar los libros todo el tiempo de los juegos. Y así tampoco debe ser.

Pero es que el poliatleta es muchas veces un poseído. Se entrega, vive los juegos, goza las victorias y siente las derrotas, me atrevo a decirlo, tanto o más que un atleta de los grandes, de los de Olimpiadas, Copas y Mundiales. Como si las letras que llevara en la camisa imaginaria (que la mayoría de las veces ni siquiera tienen uniformes) fueran lo más grande. Porque lo son.

Cuando imaginé este trabajo pensé referir algunos nombres, poliatletas heroicos de mi etapa de estudiante, a los cuales tengo en mi altar deportivo a la par de verdaderos monstruos del coraje como Gourriel, Driulis o el Soto. Pero ahora no me parece justo. Como ellos han sido, son, y serán tantos que reducir estas líneas a mi memoria me parece un egoísmo inmerecido.

A lo mejor después escribo sobre aquellos, sobre los míos. Pero este trabajo es un homenaje a todos. A los cientos, los miles, los anónimos. A los que nos pasan por el lado día a día, satisfechos, sin jactarse de ser los salvadores de la humanidad, los superhéroes. Yo, al menos, les agradezco el regalarnos una mejor Universidad.

 

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