Latinos en USA ¿STOP O PARE?
Por Hilario Rosete Silva
Participar en el último seminario del XVI Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, en diciembre pasado, fue como buscar la palabra exacta para nombrar la forma en la que se expresan los latinos, hispanos, latinoamericanos o iberoamericanos —véase de cuantas formas es posible llamarlos— residentes en USA. Con todo, por intuir la futilidad del intento, nadie se obsesionó con la búsqueda del término preciso: lo más importante era reconocer la existencia de ese modo particular de hablar, y establecer vínculos entre el idioma, el cine y la cultura de dichos inmigrantes.
De acuerdo con Román de la Campa, profesor de la Universidad del Estado de Nueva York, el carácter autobiográfico es un signo distintivo de la producción latina estadounidense. Bajo la nostalgia o los deseos de evasión, comúnmente los autores reflejan su patria de origen como un país imaginado, mientras corrigen de continuo su noción sobre «lo norteamericano». Todo, hoy día, en circunstancias donde, si bien el ataque del 11 de septiembre de 2001 a las torres del World Trade Center de Nueva York, y al edificio del Pentágono en Washington, complicó la existencia de los inmigrantes en USA, España, situada entre las 10 primeras economías del mundo, encabeza la lista de los inversores hispano-parlantes en el mercado artístico.
Tras dibujar, a mano alzada, una virtual cartografía de la latinidad en Norteamérica, de la Campa concluyó que el bilingüismo podría ser, al unísono, bendición y ficción: llega el momento en que al cerebro de la persona cuya lengua materna es el castellano, al encontrarse de pronto cercado por el inglés, no le queda otra opción que producir una mezcla, una fraseología singular.
¿Qué haría un maestro frente a los grupos de alumnos que llegan a la institución norteamericana expresándose así? ¿Celebrarlos? ¿Reprimirlos? Las multitudes hispanas en USA alcanzan los 40 millones. La desdeñosa voz de «spanglish» reduciría la magnitud del fenómeno. Por respeto a ese mundo de posibilidades, y en busca de una salida al terreno del arte, De la Campa habló de «múltiples registros inter-lingüísticos» y evocó, sin pensarlo, Los 6 500 nombres de Dios, ensayo del escritor colombiano William Ospina.
La frontera lingüística
Desde el otro extremo del camino avanzó Facundo Tomás, catedrático de Historia del Arte de la Universidad Politécnica de Valencia (España), al expresar su desacuerdo con que la frase «nos vemos obligados a pensar desde la cárcel del lenguaje», se le atribuyera a Federico Nietzsche.
El pensamiento del filósofo alemán no parece propicio para llamar cárcel a lo que es humus de la existencia. No estamos presos en el lenguaje. Él nos otorga identidad, nos diferencia respecto de quien no es idéntico. Caeríamos en un facilismo si dijéramos que el lenguaje traza la frontera de la cultura. En verdad la constituye: ¡somos el lenguaje que hablamos!
Mas la palabra no es solo una visión de mundo. También es reflejo de una práctica. Los idiomas son nuestra praxis e indican el modo en que transformamos la vida. Para el docente valenciano es indiscutible la existencia del «spanglish», especie de interlengua que mezcla, básicamente, el español y el inglés, e incluye términos del italiano, el francés y el alemán, pero igual se pregunta qué porcentaje de nuestras visiones y prácticas latinas, y cuánto de la Wash (abreviatura del Estado de Washington), constituirán esa interlengua, y quién habrá ganado la batalla en un futuro próximo.
La cuestión se torna violenta en la frontera. Allí, en la franja ocupada por nuestros emigrantes, por los hispano-parlantes que viven en USA, el intercambio es ingente y la presión poderosa. El lenguaje de la frontera está hecho de golpes y contragolpes, de avances y retiradas, de tomas en préstamo mutuas. Es allí donde la penetración del inglés, idioma de la riqueza y de la tecnología de avanzada, destruye con mayor celeridad las estructuras básicas de la latinidad. De ahí el consuelo del catedrático cuando en sus visitas a Cuba descubre una y otra vez que, en los cruces de caminos, al vehículo que debe detener la marcha para dejar pasar a otros se le aparece una señal de tránsito que no reza STOP, sino PARE, ¡como se dice en español!