La Revista Joven más antigua de Cuba
Actualizada: 18 de noviembre/2005

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UN HOMBRE QUE AMÓ Y FUE AMADO: MÁXIMO GÓMEZ 

Por Mercedes Santos Moray

Me voy a permitir una relectura de Máximo Gómez. No pienso detenerme en sus hazañas heroicas, ni tampoco en su condición de guerrero aunque bien sé que, en todas las guerras de independencia de Cuba, fue el primero que usó el machete como arma de combate y el maestro de nuestros generales: El Generalísimo.

Quiero hablar del otro Gómez, de ese virtualmente desconocido que no aparece en los libros de Historia ni tampoco en las publicaciones periódicas y en las revistas, del hombre, del ser humano cuajado de virtudes y también de defectos, y sobre todo detenerme en su costado más íntimo y personal, el de sus amores.

Cuando era un adolescente, y con solo 16 años, se vio inmerso en las contiendas fratricidas que padeció la República Dominicana y pasó de su condición de campesino a la de soldado, hasta alcanzar por su valentía el grado de alférez.

Después vino la huida de cuantos participaron en las filas del Ejército dominicano que restauró a España en la Isla, y entre ellos, estuvo Gómez, que llegaría a tierra cubana, por el oriente, con su madre ya anciana y sus dos hermanas.

No era «el viejo», sino un joven de apenas 30 años, alto, delgado, fuerte y musculoso, de tez trigueña y ojos y cabellera negros, con su proverbial perilla, el mismo que volvería a labrar la tierra para sostener a su familia con sus brazos.

Ya había conocido el amor, y de las pasiones que vivió, intensamente como siempre sucedería en su vida, nacieron varios hijos e hijas, concebidos fuera de matrimonio.

Cuba lo sorprendería no solo con la belleza de su naturaleza y de sus mujeres, sino con la infamia de la esclavitud que él no había conocido en su tierra natal. Y, por el amor al negro, como lo recordaría en sus memorias, se sumó a la conspiración de los patriotas para dar la libertad a los esclavos.

Entonces, debió sufrir por partida doble la desconfianza: de los españoles porque daba abiertas muestras de simpatía por los humildes y por los esclavos, y tenía el carácter colérico y, también, la de muchos cubanos que lo veían como un extranjero que había servido, en la República Dominicana, en las filas hispanas.

Sin embargo, Máximo pudo vencer las dificultades y los temores y, unos días más tarde, luego del grito de La Demajagua, con sus amigos de logia, se alzaría en armas, en Jiguaní para, como se decía entonces, «batir el cobre», y dar a comer a los panchos la dureza de su brazo y la fiereza de su acero.

Allí, en Jiguaní él había conocido a una muchacha, casi una adolescente de 17 años, Bernarda Toro, la segunda cubana que le robaba el corazón y que tenía el mismo nombre. A la otra Bernarda, a la Figueredo, víctima de su propia timidez nunca llegaría a declararle su amor, aunque años más tarde, y ambos hombre y mujer maduros, se encontrarían en la emigración, en los Estados Unidos.

Pero volvamos a su Manana, como se les decía entonces a todas las Bernardas, y como él llamaría a su mujer, a la criolla con la que tuvo 11 hijos, los que le sobrevivieron, aunque perdió a cuatro también de hambre, enfermedades y miserias en los campos de Cuba libre y en el destierro.

Con Manana Toro comenzaría el amor sin matrimonio, la pasión, el intercambio de afectos y deseos. Más tarde, al aprobarse por la República de Cuba en Armas la ley del matrimonio civil de la Revolución, entonces la pareja se casaría en una prefectura mambisa, y ambos tendrían como testigos de su enlace a Fernando Figueredo, pariente por cierto de la otra Manana, y al marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt.

Fueron en total 16 los hijos y las hijas del Generalísimo que lograron vivir, y en la cifra cuento a los cinco que tuvo con otras mujeres, aquel hombre apasionado y tierno que era un soldado implacable, un jefe que no permitía la traición, la cobardía ni la deslealtad.

Se dice que, antes de comenzar la guerra del 68, gustaba Máximo de ir a las canturías campesinas por tierras de Manzanillo, Bayamo y Jiguaní, donde enamoraba a las mozas y gozaba de más de una respuesta amorosa. Era cálido y gentil en el trato con las féminas, y un hombre virilmente hermoso.

Cuando se casó con su Manana, él tenía 34 años y ella 18. Y cuando ostentaba ya, sobre sus hombros, el grado de Mayor general del Ejército Libertador, concedido por Carlos Manuel de Céspedes, solo tenía 32 años.

Entonces, ¿por qué el apodo del «viejo»? La respuesta me la dio el joven Antonio Álvarez Pitaluga, profesor universitario de Historia, muy estudioso de la vida de El Generalísimo.

Y es que, cuando se inició la primera guerra de independencia, la que duró casi una década, desde 1868 a 1878, los héroes de aquella gesta, sus cabecillas, como el Mayor Ignacio Agramonte y otros tenían un promedio de edad de solo 25 años, mientras que Máximo Gómez ya contaba con más de 30 cuando se alzó contra el poder español, como también el propio Céspedes pasaba de los 40 y, por eso, se le decía «el anciano presidente».

En aquellas décadas, en la segunda mitad del siglo XIX, no lo olvidemos, el promedio de vida de una persona era muy bajo. Y ya contar con más de 30 y de 40 los hacía «viejos».

También, cuando en 1895 regresó el Generalísimo, en compañía de Martí, a la manigua, para encabezar el Ejército Libertador como su General en Jefe, su edad era de 59 años.Y el apodo le persiguió, tanto en las batallas como le había perseguido en el destierro.

Si nos acercamos a su profusa papelería, en Gómez había la garra del escritor nato, veremos cómo, en las cartas y en los relatos que escribió amorosamente para su hija Clemencia, habla de su esposa, la fiel compañera de 36 años de relaciones, que nunca le dejó: «Tu madre nunca quiso abandonarme y me seguía a todas partes. ¡Cuánto no pasaría!»

En la historia de Cuba no hay una relación más prolongada ni más profunda que la de Máximo y Manana. Podríamos decir que, a pesar de los infortunios que vivió, del hambre y la miseria, de los negocios fracasados luego del Pacto del Zanjón que intentó en varias ocasiones para mantener a su familia en Jamaica, Centroamérica y la República Dominicana, fue de todos nuestros próceres el hombre más felizmente realizado.

Gozó de la pasión, del cariño, de la comprensión de su mujer, y de la admiración vehemente de sus hijos. Fue, quizás, el más armonioso de los hogares de quienes fundaron la Patria, un núcleo humano sostenido, alimentado siempre por el amor.

 

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