UN QUIJOTE CUBANO
Por Argelio Santiesteban
En 1914 dijo adiós a este mundo el Caballero de la Triste Figura en su versión pinera.
Antonio Herrera —nacido en 1830— fue pescador de esponjas y carpintero, y en Isla de Pinos dejó copiosa descendencia. Cual lo sucedido a Alonso Quijano, sufrió un sobrecalentamiento del occipucio, a causa de lecturas poco recomendables. Según aseguran las investigadoras Mercedes Mesa y Antonia Tristá, en este caso el veneno cerebral no fueron las novelas de caballería. Todo indica que Herrera se zampó de una sentada el libro del Barón de Munchhausen, militar alemán que sirvió en la caballería rusa contra los turcos, en el siglo XVIII, y quien de regreso escribió un absurdo relato de sus supuestas hazañas.
El pinero Herrera, intoxicado por los disparates del noble alemán, se autobautizó «Barón de Herrera», y fue construyéndose una biografía tachonada de hechos fantasiosos, solo existentes en su desbocada imaginación.
He aquí una joya que conserva la memoria popular pinera:
Contaba el Barón de Herrera que un día llegó a una lagunita que estaba llena de patos de la Florida. No traía escopeta, pero, ni corto ni perezoso, se lanzó al agua provisto de un bejuco.
Se zambulló y fue atando las patas de todas aquellas aves. Cuando terminó su tarea, los azoró y, al salir volando, los patos lo arrastraron por los aires.
¿Saben hasta dónde? Pues hasta la mismísima península de la Florida, donde descendió para vender todas aquellas aves a los floridanos, perplejos porque un hombre había caído de los aires.
Otro disparate que se le atribuye a Herrera es el siguiente:
Un día andaba por el Sur de la Isla de Pinos, y su perro se lió en fiera pelea con un cocodrilo. Temeroso de que el fiel animalito pereciese en la contienda, Herrera le lanzó un machetazo al reptil, con tan mala suerte que erró, y el perro quedó partido en dos mitades limpias.
Acongojado, se puso a coser con bejucos las dos mitades. Pero, con la premura, las empalmó al revés.
Desde entonces, el perro solo caminaba con dos patas, manteniendo las otras dos hacia arriba. Cuando se cansaba, el otro par de patas entraba en función.
Ah, y ahora el animal contaba además con otra ventaja: con el ojo de abajo buscaba puercos jíbaros, y con el de arriba, jutías.