La Revista Joven más antigua de Cuba
Actualizada: 28 de noviembre/2005

Nuestro Credo

Ciencias

NO CRUCEMOS POR ESOS CAMINOS

Por Hilario Rosete Silva

En Alma Mater investigamos la apreciación del riesgo del consumo de drogas entre los jóvenes, explicamos por qué unos consumen drogas y otros no se dejan tentar, y publicamos en los números 405 de octubre del 2003 y en el 412 de mayo del 2004 los trabajos Vivir sin ellas los caminos, y Cuando el hombre ya no estuvo solo.

Hoy definimos la adicción como trastorno crónico, señalamos la importancia del control en la lucha contra las dependencias, y tocamos el nexo drogas-«amistades».

De tal forma, en el avance temático ofrecemos opiniones de la psicóloga María E. Ortiz, de la Vicedirección Ambulatoria del Hospital Psiquiátrico de La Habana, fundadora y responsable del Programa de Recuperación (igual ambulatoria) del Toxicómano; del doctor en Ciencias Alberto B., profesor de la Universidad de La Habana; y de los adictos en recuperación Yaliam F. L., graduada de un conservatorio, y Julio D. E., licenciado en Lengua y Literatura Inglesas (los tres últimos pidieron cambiar sus nombres).

Los títulos y subtítulos del trabajo, prosiguen la tarea comenzada por los titulares de los textos anteriores: continúan recorriendo la letra de la pieza Los caminos, del cantautor cubano Pablo Milanés.

SOLO SON CAMINOS MUERTOS

La doctora María Esther, así coordinadora del Grupo Asesor de la Divulgación del Tema de las Drogas, viene de señalar cómo el hecho de conocer a personas dañadas por el consumo aumenta la apreciación del riesgo:
Con permiso de los pacientes, he invitado a jóvenes a mi consulta. Uno de ellos, tentado por las drogas bajo la presión de un grupo de amigos, me confesó cómo escapó de ellas: «Vi a fulana y mengana convertidas en mierda; vi a zutano y esperancejo reducidos a escombros, pude ver esa desgracia, y juré que nunca me vería tan triste y solo.»

Ponerlos frente al hecho, ¿es un buen método para formar promotores de salud?
Con ese fin mantuve conmigo por un tiempo a la alumna de una escuela de arte. Unos estudiantes de cursos superiores la habían invitado –de esto hace años– a compartir un rato, y ella, al descubrir marihuana en el grupo, pegó un salto y salió en busca de ayuda. «Sentí angustia, miedo», me contó, «no supe si aquel recelo se debía a un peligro real o imaginario, pero mi intuición me decía que estaba en el lugar equivocado.»

Oír y ver el drama de los drogadictos le sirvió de mucho a esta muchacha. Más cultivar relaciones con personas de éxito que sean usuarios de drogas, puede resultar nocivo:
Por mirar al revés cualquiera creería que consumir drogas favorece el éxito. ¡Falso! Con seguridad esas personas, tras gran esfuerzo y dedicación, primero alcanzaron el triunfo o la fama en las diferentes ramas del quehacer humano –ciencias, artes, deportes–, y ya después, gozando de cierto prestigio y nivel de vida, decidieron darse el «gusto» de explorar el submundo de las drogas... Es preciso mirar al derecho; las drogas lo único que hacen es limitar la creatividad, algunos talentos son tan pujantes que se manifiestan a pesar de ellas, más nunca en toda su plenitud: las drogas jamás traerían éxito.

¿Ha visto el paupérrimo estado en que las drogas sumen a un drogodependiente?, le preguntamos, para redondear, a Alberto B. G., el joven doctor en Ciencias.
Nunca vi. a una persona en ese estado, a no ser en el cine o la televisión. Sin embargo, la cercanía del drama daría qué pensar a cualquiera, sacudiría a los más escépticos, los obligaría a mirarse en ese espejo. La imagen ayudaría a la formación de un cuadro más exacto sobre las causas y consecuencias de la droga, elevaría la conciencia del riesgo y, en correspondencia, disminuiría el daño potencial. A propósito, no debemos olvidar que el alcohol, y otras infusiones en apariencia menos dañinas también se consideran drogas y crean hábitos. De eso sí soy testigo: a lo largo de mi vida he visto a mis padres consumir café y padecer cuando les falta. El café no es una droga estigmatizada por la sociedad y, no obstante, hace que muchos pierdan el control. En ese sentido me ha sido útil presenciar la «cafeino-dependencia» para protegerme de ella.

CONDUCENTES A UNA SOLA DIRECCIÓN

«El café hace que muchos pierdan el control», no había acabado de decir el profesor, y recordamos la importancia que la doctora María Esther le concede al término cuando se habla de enfermedades crónicas.
Todas las adicciones, no solo a sustancias, sino al juego, al sexo, a la comida, a Internet, a una persona, a todo tipo de conductas, son crónicas. Pero la cronicidad puede estar controlada de por vida; el hecho de que usted sufra de una afección crónica, no significa que estará descompensado para siempre. Usted podrá tener la dolencia, pero armándose de un conjunto de «herramientas» y aprendiendo a dominar un grupo de «mandos», regulará su estilo de vida, mantendrá un patrón de conducta, y evitará las crisis.

¿Podríamos inferir que, contrario a una creencia extendida, en la recuperación del adicto no se precisa de la llamada recaída?
Aquí sucede lo mismo que con la fiebre del recién operado: si bien del cuerpo de una persona intervenida quirúrgicamente puede esperarse la subida de su temperatura, esto no obliga a considerar dicha fiebre como parte de su recuperación, antes se piensa en un manejo inadecuado, en una infección o en un germen patógeno.

¿Pero la recaída sí es un evento esperado?
Se espera que haya recaída, pero ni tiene que haberla sí o sí, ni forma parte del proceso recuperativo. Ahora, que se produzca una recaída no es seña de que todo se ha perdido; ante ella muchos suelen decir: «¡a empezar de cero!» Y no es así, nada de lo que la persona vivió antes puede menospreciarse; la experiencia del cambio es algo que ya no puede quitársele, el intento por cambiar sus hábitos ya forma parte de sus haberes, está mejor preparada para probarse a sí misma una vez más, sabe que puede hacerlo.

«¿Quién dijo que todo está perdido?», evocamos al cantor albiceleste, y concluimos que el argumento es razón útil, punto de apoyo, palanca para buscar, en el pasado, referencias revolucionarias del porvenir. Así encontramos que hablando o no de control, los adictos en recuperación marcan espacio entre dependencia y adicción.
Hay dependencias sanas –afirmó la joven Yaliam–, todos dependemos del alimento para poder vivir; las peligrosas son las adictivas, las malsanas; es raro el ser humano que no tenga adicciones, mas para ser mejores cada día, deberíamos de luchar contra ellas. ¡!

¿Y usted, Julio –nos dirigimos al licenciado en Lengua Inglesa–, acaso piensa igual?
Dependencia y adicciones tampoco son lo mismo para mí, ni avanzan en igual sentido: es cierto, todo el mundo tiene sus dependencias, y si alguna de ellas comienza a denotar obsesión y compulsión, significa que se volvió adictiva; así el trabajo puede tornarse en adicción, y el sexo, y el acto de comer, y ¡entonces dañan al ser humano!

«Todas las adicciones son crónicas.» «La cronicidad puede estar controlada de por vida.» Las normas servirían tanto a los adictos en recuperación como al más pinto de la paloma: todos tenemos un Egipto de donde salir...

 

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