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Actualizada: 30 de junio/2004

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Dossier de Investigación


CUANDO EL HOMBRE YA NO ESTUVO SOLO

Por Hilario Rosete Silva

Alma Mater abrió en octubre pasado un debate sobre la apreciación del consumo de drogas entre los jóvenes. Ahora destapa el frasco y extrae diferentes ideas para demostrar por qué algunas personas llegan a consumir drogas y otras no se dejan tentar.
Las opiniones las tienen los psicólogos María E. Ortiz, de la Vicedirección Ambulatoria del Hospital Psiquiátrico de La Habana, responsable del Programa de Recuperación del Toxicómano, y Abel Ponce, ex profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, y los adictos en recuperación Yaliam F. L., de 20 años de edad, graduada de un conservatorio habanero, y Julio D. E., de 32 años, ex guía de turismo y licenciado en Lengua y Literatura Inglesas (ambos pidieron cambiar sus nombres).

Caminos hechos                 

-La sociedad contemporánea sufre cuando, en busca de sus metas, elige con frecuencia vías supuestamente expeditas - lanza  el anzuelo el redactor.

-Por transitar los caminos más cortos algunos acaban en un punto opuesto, y otros, inquietos porque el tren se detuvo, se bajan en la parada de la drogadicción y la confunden con el fin del viaje -dice Abel Ponce, otrora miembro del equipo asesor para el rescate de los drogadictos, universitario que años atrás, impelido por la escritura de su tesis Los enigmas de las drogas. Una aproximación a su representación social, penetró e investigó a un grupo de drogodependientes.

Los juicios alumbraron el tipo de vida y los medios para conseguir los propósitos empleados tanto por el común de las gentes como por las víctimas del flagelo.

-Todo ser humano anda en busca de satisfacciones -detalló Abel, quien también ejerció docencia en una de las escuelas de trabajadores sociales de la capital-, pero la senda de la satisfacción se hace cuesta arriba, por un terreno erizado de dificultades diarias. Es preciso saber que ese malestar cotidiano es natural, inherente a la vida; que, no obstante, siempre tendremos a mano varias formas de paliar los escollos; y que, aún cuando estos se vayan superando de día en día, siempre quedará algo por resolver. Eso es bueno: las cuentas pendientes devienen retos y estímulos para alcanzar los subsiguientes logros. Pero el drogadicto no halla otro modo de enfrentar sus molestias como no sea drogándose.

De antemano, con un rigor y una exactitud sorprendentes, los propios aludidos habían corroborado las consideraciones del joven psicólogo.

-El hecho de que gente como yo haya parado en la drogadicción mientras otros siguieron de largo, depende del carácter, del sano juicio, del equilibrio de la persona, no de la crianza -confiesa Yaliam F. L., instrumentista.  Desde pequeña fui miedosa, sentía temor de actuar de una forma o de otra, me preocupaba lo que podrían pensar de mí, mi cabeza era la loca de la casa, siempre maquinando, desgastándose en cosas pasadas o por suceder. Entonces conocí las drogas y se esfumaron mis miedos, me desinhibí, encontré un refugio: ¡pura ficción!

La capacidad de autocrítica también  permeó las confidencias de Julio D. E., vecino de El Vedado, adicto en recuperación como Yaliam, pero nacido 12 años antes que ella y golpeado por el azote desde que cumplió los 27.

-Mis consumos de los últimos dos años -revela- no fueron recaídas, nunca me he recuperado totalmente, me ha costado trabajo, pero tampoco fueron agradables porque ahora, con plena conciencia del asunto, no puedo seguir mintiéndome a mí mismo, se me acabaron las justificaciones. Por un tiempo les eché las culpas a mis padres, que si fueron a cumplir una misión fuera de Cuba, que si me dejaron solo, que si la enseñanza, que si pito, que si flauta. La persona desequilibrada busca las causas de su inestabilidad en lo externo, no reconoce que los enemigos los engendra uno mismo, que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Cualquier trauma, cualquier herida o lesión de origen físico o psíquico puede servir de excusa, pero la gente que vivió igual que yo y sufrió una situación parecida, como mi propio hermano, ¿por qué no consumen?, ¿por qué no se perdieron?, ¿por qué no se enfermaron?, ¿qué cosas o qué personas fuera de las drogas llenaron y llenan sus vidas?, ¿qué me sobró o me faltó a mí?

Son desechos de viejos vecinos

Como cuchillos de palo, las interrogantes del ex guía de turismo hostigan lenta y tenazmente. Ante ellas, la razón se anula y la prepotencia palpa la fragilidad humana. De igual edad, viviendo una misma vida o circunstancias, y padeciendo situaciones análogas, ¿por qué unos sí y otros no? Es la pregunta de los 64 mil pesos. Para ella no existen réplicas conclusivas.

-Por mucho que se parezcan, las situaciones nunca son iguales -opina Abel. En algún punto hay diferencias entre los seres humanos. Por el mismo status, según el sistema de relaciones que las apuntale, unas personas son más y otras menos fuertes. Dicho sistema, llamado también red de apoyo social, marca la diferencia. Quien tenga un sistema de relaciones más sólido será menos proclive a engancharse con las drogas.

-Ese sistema, ¿incluye solo a los sujetos y sus vínculos interpersonales?

-La vida la hacen las personas y el sistema abarca los sujetos con quienes nos relacionamos en los distintos espacios de permanencia, pero también comprende nuestro modo de conectarnos con las cosas, las normas que seguimos para alcanzar nuestros fines, el modo en que nos organizamos, la manera en que hacemos esto o lo otro, nuestras disposiciones y prioridades, el hecho de tener o no tener un porqué. Para muchos intelectuales, por ejemplo, su principal razón de ser es su propia especialidad. Forzados a decidir entre una fiesta o su trabajo, las más de las veces se inclinan por lo segundo, y en muchas ocasiones la fidelidad a su obra les da el valor, la energía y la voluntad necesarias para superar las dificultades. Cuando todo falla, estas personas aún hallan recursos para la pelea. He ahí el drama de los drogadictos: a la mayoría de ellos o se les tambalea su porqué individual o hace mucho que lo perdieron. Se quedaron sin causas, razones o motivos, y las drogas tomaron, ocuparon y llenaron esos espacios.

«La vida la hacen las personas...» Esto entronca con el dictamen de María Esther, coordinadora del Grupo Asesor de la Divulgación del Tema de las Drogas, acerca de cómo el hecho de conocer a personas dañadas por el consumo aumenta la apreciación del riesgo entre los jóvenes e influye en que unos sí y otros no.

-Muchos universitarios, para escribir sus tesis de grado, permanecieron bajo mi tutoría no menos de 12 meses. Antes, durante y después de ese tiempo, todos tuvieron la posibilidad de emplear sustancias de este tipo, lícitas o ilícitas, pero la cercanía del tema ejerció sobre ellos una influencia decisiva. Una antigua bebedora y alumna hace poco fue a visitarme. «¡Si usted supiera», me dijo, «lo que significó para mí hacer esa tesis! Mi transformación comenzó desde el primer día, cuando vi con mis ojos el dolor de un drogodependiente. Desde entonces ni tomo, ni permito que a ningún niño o joven le den bebida delante de mí...» Del mismo modo, por ciertas razones, y con permiso de los pacientes, he invitado a jóvenes a mi consulta. Uno de ellos, tentado por las drogas, bajo la presión de un grupo de amigos, me confesó cómo escapó de ellas: «Pude ver a Fulana y Mengana, muchachas lindas, convertidas en mierda; vi a Zutano y Perengano, gente de bien, reducidos a escombros. Eso fue suficiente: tuve la suerte de ver esa desgracia, que  ni quise ni quiero para mí, y juré que nunca me vería tan triste e irremediablemente solo.»

 

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