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«QUE CÉSPEDES LIBERÓ A SUS ESCLAVOS, NO TIENE GRACIA»

Por Hilario Rosete Silva

Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular

Fragmentos inéditos de la entrevista que concedió a Alma Mater el presidente del Parlamento cubano, Ricardo Alarcón de Quesada (1937), siguen dando quehacer.

En No apoya el gobierno candidatos a la FEU (diciembre 2002, no.395), evocamos la atmósfera vivida por la Universidad en 1959. En ese entonces el entrevistado dirigía la sección estudiantil del Movimiento Revolucionario 26 de julio en la capital, y aún cuando en el mes de septiembre sería expulsado de dicho movimiento –dato informado en primicia por nuestra publicación–, se alzó con la vicepresidencia de la Federación Estudiantil Universitaria en las elecciones del 17 de octubre, para luego asumir la presidencia, en 1961.

En Con todos los hierros (diciembre 2003, no.407), repasamos lo acontecido en la casa de altos estudios durante aquel gobierno estudiantil, época en que dejaron de realizarse las elecciones anuales de la FEU, tiempo en que creció el sectarismo, período en que, mientras se asentaba el Plan de ayuda para la formación de técnicos, se instituían los cursos nocturnos y de nivelación, se diseñaba el comedor universitario, y surgían los alumnos ayudantes, Alarcón trabajaba por reforzar la Federación y era «emplazado» en las misiones del cogobierno y de la Reforma Universitaria.

Hoy el doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana (UH) recuerda cómo pagó la novatada al frente de la FEU, justiprecia el valor de las utopías, expresa sus opiniones sobre el progreso de la Batalla de Ideas en las universidades, y nos ayuda a comprender por qué la mayor parte de las veces más nos vale ser reiterativos...

PERSEVERANCIA FINAL

¿Era la FEU de aquella época una organización poderosa?
La FEU nunca tuvo grandes recursos materiales, tenía su local, su revista, pero nada más, y su capacidad mejoró cuando el triunfo de enero cambió las circunstancias e instauró en Cuba un gobierno honesto que, a la hora, por ejemplo, de las elecciones de la Federación, asumió todos los gastos en la persona jurídica de la Universidad.

En los tiempos de su liderazgo, ¿quién solventaban las actividades recreativas?
No podíamos decir, «vamos a traer a tal artista», si no había con qué pagarle. Teníamos la electricidad, el agua, y el espacio gratis, la mayoría de las fiestas eran en la Escalinata o en la plaza Cadenas, pero la actuación de los músicos dependía de su voluntariedad, y aquí deseo mencionar a un intérprete a quien recuerdo con mucho cariño: Pacho Alonso, uno de los cantantes más populares de Cuba en la década de los sesenta. Pacho nunca se negó a tocar y cantar para la FEU. Cada vez que le decíamos, «mi hermano, tu pudieras actuar en tal lugar», allá iban Pacho y su orquesta, sin cobrar un centavo. Y cuando se anunciaba, «¡el miércoles, Pacho Alonso y sus Bocucos!», aquello se llenaba.

¿En cumplimiento de cuál actividad de la Federación usted «pagó la novatada»?
Sucedió mientras prendía entre nosotros el trabajo voluntario. Una mañana, un grupo de estudiantes debía movilizarse para la agricultura, y a mí me tocó dirigirlos. Pero la movilización nunca llegó a efectuarse, jamás apareció el transporte, y aquello terminó en una gran bachata. Apostados en la entrada-salida de la Universidad que da a la calle J, decenas de alumnos me cantaron una conga que decía: «Alarcón, Alarcón, ¿dónde está el camión?» –se ríe a carcajadas–. Ahí aprendí que a la hora de la convocatoria no basta con apelar a la conciencia de la gente, también hay que garantizar los medios materiales imprescindibles: los vehículos, el combustible, lo que haga falta.

¿Qué definición de utopía prefiere darle a los universitarios?
Prefiero recordar al viejo Immanuel Kant (1724-1804). Para Kant el ideal de una sociedad perfecta no solo es algo alcanzable, sino un objetivo por el cual se debe luchar. Así el filósofo alemán resuelve el problema: ubicando la utopía como algo que puede existir en un futuro, pero en cuya materialización el hombre debe perseverar.

Kant no fue el único utopista
También figuran los ingleses Tomás Moro (1478-1535) y Francis Bacon (1561-1626). Autores de Utopía y Nueva Atlántida, respectivamente, fueron de los pensadores más avanzados de su época. No obstante, Kant ubica el tema con mayor justeza: no solo reconoce que la idea de una sociedad perfecta es racional, y por tanto merece la atención del filósofo, sino que insiste en que la construcción de la utopía debe verse como un deber, un planteamiento bien marxista.

¿Cuán cercano están el espíritu crítico y la lucha por alcanzar la utopía?
¡Están indisolublemente vinculados, son consustanciales! Solo con espíritu crítico podemos proponernos modificar determinada realidad.

PUREZA DE INTENCIÓN

La existencia de un mayor espacio crítico en el campo universitario cubano, ¿no tendría más importancia que en otros sectores?
Revestiría gran importancia, máxime cuando con el programa de la universalización de la Enseñanza Superior, la Universidad es cada vez más equivalente al conjunto de la sociedad. El espíritu crítico es esencial a la lucha por la transformación social, pero también es consubstancial a la cultura y a la formación universitaria. ¿Cómo era la vieja Universidad que enfrentaron los filósofos y sacerdotes cubanos Félix Varela (1788-1853) y José de la Luz y Caballero (1800-1862)? ¿Cómo empezó la reforma intelectual que, opuesta al escolasticismo, introdujo la filosofía cartesiana y empirista, y cobró peso en la génesis de la nación? Sin duda, introduciendo el espíritu crítico en la docencia, por ahí empezó el Padre Varela, replanteándose su entorno inmediato.

En medio de la Batalla de Ideas, a veces se plantea si convencemos mejor explicando las cosas en positivo, y si debe de haber o no un espacio para reflejar lo negativo.
Esa dicotomía huele a esquema, a enfoque reduccionista. El método de clasificación en que las divisiones solo tienen dos partes, lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro, el bien y el mal, denota un rancio primitivismo intelectual, recuerda el lenguaje del presidente Bush, y produce aprensión. Hay que explicar lo positivo y lo negativo, lo bueno y lo malo, sobre la base de que la vida fluye en todas partes plena de claroscuros y matices. Por eso llamo al espíritu crítico que, como es lógico, tiene sus implicaciones: debemos ser capaces de descubrir todo lo que en verdad es negativo, de conocer por qué lo es, en qué medida, y de aprender a reflexionar sobre él.

¿Qué pieza museable, de los tiempos de la FEU en la que usted militó, merecería un lugar en el museo abierto en Cárdenas a la Batalla de Ideas?
Tal vez el famoso folleto con el testamento político de José Antonio. Ya dije que el 13 de marzo de 1962, en la escalinata de la Universidad, Fidel expresó su desacuerdo porque el texto de dicho testamento, leído en el acto, fue depurado de su cita religiosa. («Confiamos en que la pureza de nuestra intención nos traiga el favor de Dios para lograr el imperio de la justicia en nuestra patria.»)

Si olvidáramos nuestra tradición universitaria, ¿qué palabra o nombres propios bastaría pronunciar para que al instante la recordásemos?
Bastaría con pronunciar los nombres propios de Julio Antonio Mella y de José Antonio Echeverría. Y en cuanto a una palabra –hace una pausa y piensa–, sería suficiente con articular el vocablo «escalinata». Muchas escalinatas habrán sido construidas en las respectivas entradas de varios edificios públicos del país, pero cuando en Cuba se habla de «la» escalinata, todos piensan en la Universidad.

TIERRA DE CEPO

¿Cómo persuadir al universitario de que nuestra Historia es un continuo intento por conquistar «toda la Justicia», sin caer en una reiteración inquietante?
Debemos evitar que la reiteración produzca inquietud, pero al mismo tiempo hay que asumir verdades que son esenciales. Cintio Vitier, por ejemplo, lo ha hecho citando, reiterando, hablando de «ese sol del mundo moral», frase que lleva por título una de sus obras y que pertenece a José de la Luz y Caballero. José Martí, por su parte, fue quien presintió que conquistaríamos «toda la Justicia», y así lo expuso en la última carta que le envió a Juan Gualberto Gómez. La misiva fue escrita en un momento clave (febrero de 1895), la víspera del día en que el Delegado abandonó Nueva York y partió hacia Santo Domingo para reunirse con Máximo Gómez y venir a morir a Cuba. La independencia de la Isla es una idea reiterativa en la obra de Martí.

¿Entonces debemos ser reiterativos?
Debemos ser reiterativos y creativos; lo inquietante sería no saber quiénes somos ni de dónde venimos; el problema de la reiteración está asociado con la lucha ideológica; los cuadros, los profesores, los periodistas, debemos ser capaces de enseñar a nuestros subordinados, alumnos o lectores, sin provocarles enajenación. Por eso es que yo he sido reiterativo, y deseo reflexionar acerca de cómo solemos caer, ingenua y espontáneamente, en otro cierto discurso, en grado sumo dañino y alarmante, propenso bien a ocultar o bien a revelar a medias aquellas verdades esenciales.

¿Podría citar ejemplos?
Citaría dos hechos clásicos. El primero: con inquietante asiduidad, presentadores de múltiples eventos y comentaristas de diversos medios, hablan, por separado, o de nuestra primera guerra de independencia, la del 68, o de nuestra segunda guerra de independencia, la del 95, aún cuando podemos probar que en Cuba solo ha habido una Revolución, y que esa fue la tesis sostenida por Martí en «Los pinos nuevos».

¿Y el segundo ejemplo?
Atañe a la visión idílica de Carlos Manuel de Céspedes que con frecuencia transmitimos a las nuevas generaciones, una mirada tan edulcorada que ha veces raya en la caricatura. El verdadero mérito de Céspedes no está en el hecho propio de darles la libertad a sus esclavos, que para eso eran suyos y podía hacer con ellos lo que estimara conveniente. Lo que vino a darle su estatura revolucionaria fue su decisión de abolir la esclavitud en medio de una sociedad esclavista, de abolirla de forma definitiva, por decreto (Decreto de Bayamo, diciembre de 1868), postura que defendió cuando ya siendo presidente, por mandato de la Asamblea de Guáimaro, vetó el Reglamento de Libertos adoptado por el Legislativo (julio de 1869) porque consideró que cortaba la libertad real del esclavo.

LERDA IRRACIONALIDAD

¿Tal vez hoy pueda parecer fácil tomar aquella decisión?
Aquella fue una medida radicalmente revolucionaria. ¿En qué parte del mundo se les reconocían, en la práctica, la igualdad de derechos civiles y políticos a todos los ciudadanos, incluyendo a los negros que habían sido esclavos?. La XIII enmienda de la Constitución estadounidense había abolido la esclavitud (diciembre de 1865), pero ya sabemos que un siglo después los negros norteamericanos, dígase Martin Luther King, Ralph David Abernathy, Malcom X o Ángela Davis, luchaban para liquidar la segregación y asegurar sus derechos. Otro tanto sucedió en Europa. Una Convención Internacional (Ginebra, 1926) aprobó la supresión y prohibición del comercio de esclavos y la abolición total de cualquier forma de esclavitud, pero hacia 1951 el Comité de la ONU sobre el tema informó que un gran número de personas vivían aún bajo formas de servidumbre similares a la esclavitud.

El núcleo inicial de aquellas transformaciones patrias fue la villa de Bayamo.
El cabildo de Bayamo fue el primer gobierno cubano que contó entre sus miembros tanto con un mulato como con un obrero. Personas que hasta hoy habían sido esclavos, mañana eran oficiales del Ejército o funcionarios administrativos. Véase cuánta tela hay por donde cortar, y si no nos quedamos en las ramas cuando, sin profundizar, caemos en la trampa del idilio y reiteramos una y otra vez el simple hecho de que Céspedes le dio la libertad a sus esclavos, gesto que a secas no tendría mucha gracia. Lo importante es el esfuerzo que realiza la Revolución para abolir la explotación del hombre por el hombre, para igualar a todos los seres humanos, para que todos disfruten, «en perfecta igualdad», los mismos derechos civiles y políticos.

Reiterando y resumiendo, las ideas de Céspedes eran excepcionales para su época.
Céspedes inició la guerra cuando aún no éramos una nación históricamente formada. Él se levantó en armas, proclamó la independencia, le concedió la libertad a sus esclavos, y defendió la definitiva abolición de la esclavitud. Así la Revolución Cubana vinculó, desde su inicio, la lucha por la soberanía e independencia nacionales, con la igualdad plena entre los hombres. He ahí el origen de la cultura y nacionalidad cubanas, he ahí el motor de arranque de la Historia patria. Yo lo repito, lo he repetido muchas veces: me inquietan mucho más la reiteración de formulas que soslayan estas verdades esenciales. Ojalá que pronto llegue el día en que no haya que ser reiterativo en lo absoluto.

Otros pueblos o sistemas, ¿serían menos o más reiterativos?
La retórica yanqui recurre con insistencia a la idea de la realización de la libertad. A mi juicio esto no es más que un hegelianismo chabacano, pero ni ellos se cansan de repetirlo, ni parecen despertar inquietud entre sus interlocutores con tanta reiteración. Así que a nosotros, llamados a salvar la cultura cubana, inscrita, como diría un colega, entre las grandes culturas de la resistencia, con más razón debemos ser reiterativos.

Hablando de Estados Unidos, usted, que tiene fama de ser un buen conocedor de aquel país, ¿también cree que el bloqueo yanki contra la Isla no tardará en desaparecer?
No me atrevería a subrayar la fama de la que ustedes hablan, ante todo porque es difícil ser conocedor de Estados Unidos. Luego, es cierto que en este momento hay gente bien segura de que en 5 años la política de bloqueo a Cuba se acabará de derrumbar, mas no debemos desconsiderar que en tal período podrían producirse hechos que impedirían ese fin; precisamente porque creo en la utopía es que no soslayo la libertad de acción del hombre: mientras muchos seguiremos luchando por lograr esa meta, otros, haciendo gala del ser irracional que llevan dentro, continuaran entorpeciendo la normalización de relaciones entre los dos países.

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Actualizada: 06 de enero/2006