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La República de 1902
PALABRAS SUPERCALIFRAGILISTICUESTIALIDOSAS
Por Hilario Rosete Silva
La máster en Ciencias Berta Álvarez Martens (La Habana, 1939), doctora en Filosofía y Letras, y profesora titular de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, es una de nuestras grandes estudiosas del período republicano burgués, en particular de la etapa que va de 1933 a 1958, y, en consecuencia, la Revolución del 30 y la Asamblea Constituyente de 1940 destacan entre sus objetos de investigación.
Alma Mater la «descubrió» en el año 2000, publicó parte de sus testimonios bajo el título de Refutación del silencio (no. 372, enero de 2001), y preservó el resto para darlo a conocer en El hombre en la cornisa (volumen de próxima aparición).
En ese ínterin la Editorial de Ciencias Sociales preparó un encuentro de editores sobre el significado de la República de 1902, y la revista y la investigadora volvieron a encontrarse.
Como el primer día, Berta Álvarez Martens, autora de varias publicaciones y animadora de cursos y conferencias dentro y fuera de Cuba, es cuidadosa al ordenar las palabras, y dada a precisar citas, fechas y nombres. Familia y país son sus valores estables, y la Universidad, una marca indeleble en su formación y educación.
Su genio de historiadora brota de su entraña revolucionaria. En su voz —paráfrasis de un cuento de Alberto Guerra— las respuestas suenan cual «disparos en el aula»: la Revolución del 30 no se fue, ¡viene de bolina!, y la ruta a la Constituyente del 40 precisa claridad.
HISTORIA E IDEOLOGÍA
El educador trabaja y habla, habla y trabaja –comenzó reprochándose la ilustre profesora–, pero las voces vuelan, al igual que la imaginación, y luego resulta que una no cuenta con una obra asentada en formato de libro, y ya está en deuda con los historiadores / escritores.
Mas no por eso usted dejó de ser historiadora: algo tendrá en común con ellos.
También es cierto –se dejó tentar–, algo me une a los historiadores / escritores, y es la emoción por la obra histórica, el afecto intenso, el interés expectante que en la mayoría de los casos proviene de una misma fuente: la Revolución.
¿Usted es una historiadora revolucionaria o una revolucionaria historiadora?
La historiadora que soy se desprendió de la revolucionaria, de no haber sido revolucionaria no habría sido historiadora, y luego, mi génesis revolucionaria está en la universitaria que fui, inmersa en la lucha estudiantil y la Revolución. Por el estudio, la teoría, la práctica, la docencia y, sobre todo, por la permanente unión con los jóvenes, la Universidad ha sido decisiva en mi quehacer historiográfico.
¿«Quehacer historiográfico»?
Me refiero al estudio bibliográfico o crítico de los escritos, a una mirada que revela cómo enfocaron los diversos problemas las figuras pensantes de la Historia de Cuba del período republicano burgués (1902-1958).
Pero usted misma procedía de una familia burguesa...
Y quizás debí haber tenido otro desenvolvimiento. Hablando de historiografía, cualquiera pensará que he sido una anarquista, una eterna rebelde: a los 14 ó 15 años ya daban vueltas en mi cabeza las cuestiones del fascismo y el antifascismo, no me agradaba vivir en la sociedad que con anticipación me habían determinado, y me atraía el fragor de la ciudad...
Anarquista o rebelde, sería una mácula para su clase...
Mi ámbito era la Universidad, estaba vinculada al movimiento estudiantil, era un elemento urbano, popular, revolucionario, y ese fue mi problema: debí pasármela rompiendo con todo, tomando decisiones extremas. Quien lea esta autodefinición, pensará que estoy siendo carismática, mas deberán perdonarme por ello: la Historia y yo no caminamos distanciadas, sino a la par; la Historia camina conmigo y yo camino con la Historia.
En ese par que usted menciona, Historia e historiadora tienen y parten de una ideología.
Igual que toda la Historia parte de una ideología, también el historiador es portador de una doctrina y procura ampliar el ámbito de su credo. Pero la historia no puede tener prejuicios; una cosa es la ideología y otra el prejuicio; hay que desmontar la urdimbre prejuiciosa que a veces sentimos frente a los hechos. Es difícil que la Historia se acerque a la objetividad absoluta, cada cual construye su verdad, y aquí se impone la honradez del historiador: el analista debe ser honesto a la hora de presentar sus resultados, no debe producir verdades a medias, distorsionadas, su discurso debe tender a científico, sin recelo del término, y en la medida en que sea más científico, tendrá un signo ideológico más fuerte.
HIMNO A LA CONTINUIDAD
Llegada al suelo de la Historia, ¿cuál fue el primer campo que empezó a desbrozar?
El de los siglos coloniales, un terreno que aré y sembré a plenitud y que me abrió grandes horizontes. Fuimos nosotros los que, después del 59, hicimos las primeras guías de estudio para la asignatura de Historia de Cuba sobre los siglos coloniales. Para entender cómo y cuáles fueron la sociedad y sus móviles y cómo progresaron los núcleos urbanos, incluimos el análisis de las actas capitulares y los protocolos notariales. Fue una suerte poder trabajar en el Archivo Nacional, y en la Oficina del Historiador de la Ciudad, dirigida, esta última, primero por Emilio Roig de Leuchsenring, y luego por Eusebio Leal.
Leer en las fuentes: ¡debió ser una experiencia única!
No basta con leer, hay que «saber leer», cuestionar las lecturas, y buscar en el pasado las explicaciones del presente: ese es un ejercicio fundamental.
¿Usted es de las que piensa que las explicaciones del presente pasan por el pasado?
Así es, y en ese sentido, sin desdén de la Historia, me incliné hacia la Sociología. La lectura que hago del pasado es el trampolín que me permite explicarme el presente y proyectarme hacia el futuro, y no se trata de un «presentismo», ni de un «determinismo del presente».
¿Cuál sería la actitud, la postura clave de un historiador ante los hechos consumados?
Una va a los hechos, pero al encontrarlos deberá precisar no solo qué dicen, sino quién, cómo y por qué se dicen. Una cosa es cuando habla un obrero, y otra cosa cuando habla un burgués, un político o un intelectual; hay que ver quién dice y cómo se instrumenta lo dicho: la búsqueda tiene mediaciones instrumentales –metódicas– reveladoras.
Estudiando el «quién dice», ¿a qué conclusión arribó?
Caractericé el proyecto cultural del nacionalismo burgués en Cuba entre 1910 y 1911, antesala de la «década crítica», período que parecía surgido de la nada cuando en verdad sirvió a la ley de la continuidad. Esa diversidad se halla en las publicaciones periodísticas y culturales, allí están las voces campesinas, obreras, y la voz del pequeño, del sometido, del dominado, o de los intelectuales que se encargaron de hablar por ellos. Es un conjunto / reflejo de diversos estados de opinión, que expresa inconformidad y desacuerdo.
Ahí está la fuente, el Alma Mater de lo que ocurrirá en las décadas subsiguientes.
Quien trate de explicarse los hechos del tiempo posterior, por ejemplo, la reunión de la Asamblea Constituyente de 1940 y la carta magna que emanó de ella, deberá remontarse hacia atrás; quien desee llegar a un juicio de valor sobre el sentido del liberalismo, del individuo, de la responsabilidad del ciudadano, del constitucionalismo, deberá volver sobre José de la Luz y Caballero (1800-1862), Félix Varela (1788-1853), José Agustín Caballero (1762-1835), y aún más hacia atrás. Así es como en la Historia se dan las continuidades.
LOS GRANDES AUSENTES
Luego usted se enroló en el estudio de la Revolución del 30.
Siendo yo de naturaleza tan revolucionaria, no solo me fascinó la Revolución del 30, que a la sazón era, en documentos, el referente más importante que se podía trabajar, sino que me dejé fascinar por ella. En el Archivo Nacional había unas colecciones facticias excelentes. Me acerqué al «hecho» a través de la prensa, revisando las publicaciones periodísticas. ¡La Revolución del 30 me dio tantas nociones de libertad, ideología, política, figuras, enunciados! Estudiándola me pareció asistir al nacimiento del cubano moderno; ¡sentía que yo misma renacía con ella! Desde entonces me quedé con los pies «clavados» en la Revolución del 30, y por aquello que explicamos sobre la continuidad, llegué a una conclusión temeraria: el gran movimiento ilustrado de Cuba, diverso y amplio en personalidades y sectores, que dio pie a todo lo que vino después, se ubica en los años 20 del siglo (XX) que dejamos atrás.
La diversidad de esa gran ilustración, ¿se proyectó sobre la década siguiente?
¡Eso!, y ese es otro factor que me aportó el estudio de la Revolución del 30: el sentido de la diversidad. La diversidad, vean la paradoja, que quizás fue un elemento importante en la no conclusión de aquel proceso revolucionario, tengo el criterio de que son más los elementos, y más contundentes y profundos, fue la ¡riqueza fundacional de la Revolución del 30!
«La Revolución del 30 se fue a bolina», escribió y analizó Raúl Roa. Pero si así no hubiese sido, ¿qué categoría tendrían que haber tenido clara sus protagonistas?
La pregunta me recuerda el modo de interrogar, parco o incompleto, que emplean hoy en día los jóvenes: «¿Y?»... Empecemos, pues, a responder al «¿y?», abordando una categoría que está presente en la obra de todo intelectual responsable, que se halla inclusive en la creación de nuestro Manuel Márquez Sterling (1872-1934): la construcción nacional.
La construcción nacional... Suena a un asunto que atañe solo a gente importante.
La construcción nacional es nuestra, depende y brota de nosotros e implica un ardor gigante y de gigantes. Si de pronto me erigiera en constructora principal de ese edificio, tendría que tener a mis órdenes al Estado y sus ministros, y a las asambleas provinciales y municipales, para hacer lo que creyera idóneo. Mas siendo objetiva, y según mi especialidad, suelo remontarme a los giros «historiográficos», y aquí vuelvo a emplear el tecnicismo, para resaltar un eje esencial de esa construcción: el problema del pueblo, de cómo articular al pueblo, de cómo hacer de él un ingrediente informado y activo dentro de la democracia.
A propósito de la construcción nacional, cual cima del período republicano burgués suele destacarse la Asamblea Constituyente de 1940. ¿En verdad lo es?
Lo es, pero con una precisión: las grandes figuras, nacionalistas y revolucionarias, de la Revolución del 30, no están en la Constitución del 40, este es un dato que se omite y que es necesario recordar. Para ese entonces Pablo de la Torriente Brau (1901-1936), ya ha muerto en Majadahonda (Madrid), y Raúl Roa y García (1907-1982) anda, como se dice, borrado del mapa. De entre los actores de la Revolución del 30, solo Emilio Laurent Dubet, un nacionalista insurreccional, aparece como firmante de la carta magna de 1940.
ADELANTE, A TRANCOS
La salvedad, ¿le hace perder valor a la Constituyente?
En modo alguno. A ella tributan todos los sectores que entonces habían logrado alcanzar una representatividad. El de la Asamblea Constituyente de 1940, es un tiempo de acuerdo, negociación, entendimiento y construcción. En la Historia de Cuba nunca faltaron episodios de arrojo, de audacia, de ímpetu, y hasta de rupturas necesarias, pero adolecimos de una mayor cantidad de «eventos constructivos», de esos que estaban vinculados con el cada día, la cotidianeidad, el hombre común y las conductas consecuentes.
Año 2006: ¿la figura más importante sigue siendo la del pueblo organizado?
Pero ese perfil no es el que a veces nos transmiten ciertas expresiones y escenas populares en la calle, la parada o la guagua; dichos e imágenes que se apartan del modelo de pueblo organizado y le hacen preguntarse a una, «me estaré volviendo elite». Y es que es difícil lograr la conjunción de lo ideal y lo real, lo abstracto y lo concreto, la imaginación y la realidad,la escuela y la vida, la utopía y la evidencia... Sin embargo, hay que proponérselo.
¿Cómo le llamaría usted a este tipo de dicotomía?
Estudiando los primeros años del siglo XIX, el colega Jorge Ibarra la menciona en Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales, y la describe como una dicotomía entre los problemas sociales y los problemas nacionales. Es una dicotomía presente en los proyectos de la verdadera Historia de Cuba, y, en consecuencia y gran medida, en la Historiografía, un cisma que se mantuvo a lo largo del período republicano burgués.
Para entendernos bien, ¿cuáles son para usted los problemas sociales y los nacionales?
Los problemas sociales comprenden cuestiones, hechos, circunstancias, dificultades y/o situaciones que perjudican las relaciones de los miembros de la sociedad en su interacción diaria, en su vida cotidiana, son los problemas «de adentro», del trabajador, del jubilado, del estudiante, del ama de casa, del individuo, del sujeto, del ser humano.Los problemas nacionales, como su nombre indica, comprenden asuntos que afectan la representación acabada de la nación, de su gobierno y su política. La dicotomía, el cisma, el movimiento por el que ambos problemas se apartan o separan, es una constante de la república burguesa y un elemento que aún en nuestros días sufre balanceos o falta de equilibrio.
Cuando la FEU de hoy habla de conquistar una popularidad (para la Federación) que sea fruto de la gestión estudiantil en tareas trascendentes para la vida diaria, ¿no está hablando de reducir esa brecha?
Ya lo creo. Activar a las masas, a las fuerzas sociales, en este caso a los estudiantes, es un factor crucial. Hay que encaminarlos, conducirlos, ordenarlos, hacerlos partícipes, y, sobre todo, hacerlos responsables: es muy importante que los estudiantes universitarios se sientan responsables, en esa dirección hay que reanudar o seguir la marcha ¡a trancos!
¿Entonces la responsabilidad es la palabra de orden?
Mas no será de una persona o estudiante, ni de diez, ni de 50, ni de mil; la responsabilidad será personal, de cada uno, y será un compromiso capaz, consciente, ilustrado, democrático, participativo, efectivo, competente: son casi palabras de honor, mayores, como en la letra de aquella canción de juventud, «supercalifragilisticuestialidosas».
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