PARA EL BIEN DE TODOS, PERO NO CON TODOS
Por Hilario Rosete Silva
Fotos: Nancy Reyes
El segundo lunes del último diciembre, el poeta, escritor, ensayista y pensador cubano Cintio Vitier (Cayo Hueso, la Florida, 1921), recibió el cuestionario que le enviara la redacción de Alma Mater para la realización de esta entrevista.
Fue un gran día: en el marco del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, a Cintio le entregaron, junto a Alicia Alonso y a Alfredo Guevara, el premio Maestro de Juventudes, de la Asociación de jóvenes escritores y artistas cubanos Hermanos Saíz (AHS).
Las preguntas del cuestionario las habíamos elaborado desde sus consideraciones sobre el discurso de José Martí Con todos y para el bien de todos. Dichos criterios los expuso Cintio, por vez primera en público, en la Conferencia Internacional homónima celebrada en el Palacio de Convenciones de La Habana en octubre de 2005.
La apertura oficial del cónclave le había sido encargada a Eusebio Leal, Historiador de La Habana: «Me veo obligado a hacer una precisión», dijo Leal al subir al estrado después que Cintio abriera la sesión plenaria, «la conferencia magistral ya ha sido pronunciada; las palabras de Cintio, como le llamamos con afecto entrañable, me relevan de ese compromiso; sería imposible superar el espíritu que ellas contienen, espíritu y esencia de lo que este encuentro se propone: penetrar analíticamente en la vida y la obra de Martí.»
Similar objetivo nos fijamos nosotros. Por eso regresamos a él, presidente de honor del Centro de Estudios Martianos, a través de Paula Luzón, su ayudante. El propio Cintio nos dio el teléfono de Paula cuando lo abordamos en el vestíbulo del Palacio: «Cintio, ¿cómo se siente?», lo saludamos. «Me siento bien, pero me levanto con dificultad», replicó, y desde entonces, aguijoneados por su ingenio distintivo, creció nuestro deseo de encontrarnos.
La entrevista demoró en producirse. La vieja dolencia —una hernia discal— que aqueja al venerable anciano, se combinó con uno de esos virus de moda, «arranca-pescuezos», y lo indispuso de mala manera.
Pasó el Festival, pasó la nochebuena, pasó la Navidad, pasó el año viejo... Así como los magos llegaron a Belén, llegamos a Cintio Vitier: literal y metafóricamente hablando, el encuentro con el Premio Nacional de Literatura 1988 y Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe «Juan Rulfo» 2002, siempre por mediación de Paula, fue un regalo de Reyes.
Opinión franca y libre
Querido Cintio —fuimos al grano— quisiéramos que repitiera, para nuestros lectores, lo que ya hizo en la Conferencia Internacional Con todos y para el bien de todos: que nos ayudara a discernir lo que en este discurso de Martí tuvo una función correspondiente con el tiempo y espacio en que se pronunció, y lo que puede y debe relacionarse con nuestra vida presente.
Comenzaré diciendo lo mismo que dije en la Conferencia —se animó Cintio—. Sería excesivo suponer que un discurso pronunciado ante los emigrados cubanos de Tampa en noviembre de 1891, aunque formule principios fundadores de la futura República, conserve en todos sus aspectos, más de cien años después, la misma vigencia.
También señaló usted la presencia de dos realidades que en el discurso «se confrontan».
Eso vale en general para casi toda la oratoria martiana. Resulta insoslayable la presencia de dos realidades, confrontadas en el discurso, que ya hoy solo tienen para nosotros un valor histórico: la emigración revolucionaria, y el pueblo de la Isla.
Martí recordó el peso del pueblo de la Isla en esa correlación.
Por eso dijo: «Para Cuba que sufre, la primera palabra», y advirtió: «De altar se ha de tomar a Cuba para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella.»
¿Cómo debemos entender esta alusión a Cuba?
Como la patria integral que debía unir a los que vivían en la Isla y fuera de ella, cuestión que hoy adquiere dimensiones mucho más complejas y amargas. No obstante, Martí enseguida comenzó su elogio de los que «tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar», de los que «han levantado [este pueblo de amor cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide», se refiere al colonialismo español; y expresó su gratitud, además, por «este pueblo de virtud», por «este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan», poniendo el énfasis en el ejemplo de los trabajadores, «que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo».
El tema de las dos orillas, ¿ya no es cuestión vigente para nosotros?
Dicho tema, que lo lleva a exclamar, «¡a la patria que allí se cae a pedazos y se ha quedado ciega de la podré, hay que llevar la patria piadosa y previsora que aquí se levanta!», ocupa buena parte del discurso, y aunque suscita arranques de elocuencia perdurable, no es tema vigente ya para nosotros, tal como se planteaba entonces.
Luego Martí retomó otras ideas capitales.
Una de ellas toca el tema eterno, para la filosofía y para la política, de la libertad. Aquí es preciso distinguir varios planos. De entrada Martí, partiendo de la experiencia poscolonial de América Latina que él conoció, alerta sobre el «peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen de ella para desviarla en beneficio propio» y ensalza a«los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas».
El jugo de la tierra
Ahí nació su concepto de «la dignidad plena del hombre».
Concepto que en la tajante disyuntiva —léase «o la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos», y lo que sigue en forma perifrástica, «o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos»—, se equilibra con otros dos elementos indispensables: «el hábito de trabajar con sus manos», algo que, por cierto, también atañe a los intelectuales y artistas, «y pensar por sí propio»: eso es fundamental en Martí.
Para precisar, ¿de qué libertad habló Martí?
No se trata de la libertad que puede utilizarse para fines indignos de ella, que es lo que estamos viendo hoy en la prensa internacional, ni de la que, negándose también, se pone, al servicio de ideas sin rostro, a lo que fue proclive cierto socialismo. Hay, además, un coto a la libertad, que es «el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás».
Si la libertad es «el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás», ¿qué cosa es el «ejercicio íntegro de sí»?
«Ejercicio íntegro de sí» no es egoísmo, no es individualismo amoral, no es capricho ni anarquía, mucho menos abuso de unos sobre otros. Es, precisamente, lo contrario: justicia colectiva que no mata a la persona original sino que la tiene por base: «la pasión, en fin», concluye Martí, «por el decoro del hombre».
Martí mencionó la «libertad original que cría el hombre en sí».
Es una idea que expresó de varios modos: lo que en su artículo con ocasión de la muerte de Antonio Bachiller y Morales en 1889 llamó «dote de la tierra». Allí, en efecto, evocando a los próceres intelectuales del Seminario de San Carlos, fundador de nuestra cultura, leemos: «Siempre será honra de aquellos criollos la pasión que, desde el abrir los ojos, mostraban por el derecho y la sabiduría, y el instinto que, como dote de la tierra, los llevó a quebrantar su propia autoridad, antes que a perpetuarla.» En aquel caso se trataba de una especie de instinto telúrico de justicia: «dote de la tierra.» En Con todos y para el bien de todos precisa, con precisión de físico social, que en nuestra patria hay «una enérgica suma de aquella libertad original que cría el hombre en sí».
¿Señaló Martí de dónde procedía esa libertad?
Son varias fuentes. Procede, uno, «del jugo de la tierra»; dos, «de las penas que ve» y comparte; tres, «de su idea propia»; y cuatro, «de su naturaleza altiva». Es así como Martí ve, como él quiere que sea el cubano, el latinoamericano, y el hombre en general. En este juicio, el factor «tierra, naturaleza», es predominante como inspiración autóctona de esa «libertad original». Ya el Padre Varela en El Habanero, refiriéndose al innato deseo de independencia de los americanos, había preguntado: «¿Y a qué hombre no le inspira la naturaleza este sentimiento?»
Abrazo y rechazo
Algo dijo Martí, a propósito de esto, sobre Heredia.
Según Martí confiesa, Heredia acaso despertó en el alma del Apóstol, como en la de los cubanos todos, «la pasión inextinguible por la libertad», pasión que en Heredia estaba ostensiblemente vinculada a la naturaleza patria, a nuestros campos —decía él en un verso inolvidable— «vestidos de genial belleza». De todo lo cual resulta una concepción de la libertad como dote autóctona, como instinto telúrico —de una teluricidad vuelta paisaje, más bien aérea–, de raíz esencialmente poética, no filosófica, pues la filosofía vio casi siempre a la naturaleza como el polo opuesto de la libertad, como el cerrado reino del determinismo. Solo cuando la poesía entró en la filosofía, es decir, en el pensamiento romántico, la naturaleza empezó a identificarse con la libertad.
Con estos modos reúne Martí a la naturaleza y a la libertad.
Así la ve Martí, que exalta la encarnación en el cubano de la inspiración estética, ética y libertaria, de la hermosura y altivez de su naturaleza, superando así, también, la dicotomía naturaleza-espíritu, que en su concepción se integran. Por eso en Nuestra América habla de «la justicia de la naturaleza» y cuando exclama aquí (en Con todos y para el bien de todos), «¡y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas!», no es mera expresión retórica, sino imagen orgánica.
¿Cuáles son los grupos que Martí objetó y reprochó mientras anunciaba la buena nueva de la República?
Llama la atención que en un discurso destinado a anunciar la buena nueva del decoro a «todos» los cubanos, de una República «con todos, y para el bien de todos», Martí objete y reproche enérgicamente nada menos que a siete grupos de compatriotas, de los cuales y a los cuales dice que «mienten». Estos grupos, indudablemente significativos en cuanto merecían tanto espacio en el discurso, eran: uno, los escépticos; dos, los que temían «a los hábitos de autoridad contraídos en la guerra», él había vivido esa realidad en México, en Guatemala, en Venezuela; tres, los que temían «a las tribulaciones de la guerra» (alusión al libro de Ramón Roa, A pie y descalzo, que es lo que va a provocar la carta de Enrique Collazo); cuatro, los que temían al llamado «peligro negro»; cinco, los que temían al español como ciudadano en Cuba; seis, los que, por temor al Norte y desconfianza de sí, se inclinaban hacia el anexionismo; y siete, los «lindoros» (aristócratas), los «olimpos» (oportunistas) y los «alzacolas» (intrigantes).
¿Tienen algo en común estos siete grupos?
Sí: la desconfianza en la capacidad del cubano «para vivir por sí en la tierra creada por su valor», que era precisamente el eje de la tendencia anexionista. Y es este el grupo que, con el de los escépticos de diversa condición, puede decirse que, de un modo u otro, sigue hoy en pie frente al empeño revolucionario. El «todos» de Martí, por lo tanto, no es meramente cuantitativo, parte de un abrazo de amor pero también de un rechazo crítico, rechazo que no es inapelable pero que solo puede convertirse en abrazo si los que se engañan, yerran o «mienten», aceptan la tesis central del discurso, que es la viabilidad histórica de una Cuba independiente y justa.
En el sudor de la creación
Por eso desde el principio declara: «Yo abrazo a todos los que saben amar.»
El abrazo no es a los que no saben amar, aunque también a estos, a la larga, beneficie, y en este sentido puede hablarse, como se habla del horizonte, de la «fórmula del amor triunfante». Pero en lo inmediato de la lucha por la independencia, que no ha terminado todavía ciertamente, queda en pie que hay grupos que yerran o «mienten», que no forman parte del «todos» martiano en cuanto realmente no quieren «el bien de todos», expresión en la que, no obstante el equilibrio de las clases sociales a que aspiraba Martí, el mayor énfasis va sin duda hacia los más desamparados.
Los más desamparados, «los pobres de la Tierra».
A estos les advierte, huyendo del halago demagógico: «No censure el celoso el bienestar que envidia en secreto.» Mas para el afortunado o el poderoso no es solo la escrupulosa advertencia, sino la conmovida e indignada admonición: «¡No desconozca el pudiente el poema conmovedor, y el sacrificio cruento, del que se tiene que cavar el pan que come; de su sufrida compañera, coronada de corona que el injusto no ve; de los hijos que no tienen lo que tienen los hijos de los otros por el mundo! ¡Valiera más que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!»
Son las cabezas de los más desvalidos.
«Todas las cabezas» que necesitan «amparo» son principalmente las de los más desvalidos, que a su vez constituían, como le dirá a Manuel Mercado en su última carta, importantísima, porque hay un giro en su pensamiento, «la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país, la masa inteligente y creadora de blancos y de negros», no ciertamente «la especie curial» [es decir, cortesana] contenta solo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante.
A fin de cuentas, ¿qué discurso es este?
«Con todos, y para el bien de todos», pues, no por ser un discurso de amor deja de ser un discurso combativo. Para nuestro combate de hoy nos dice dos cosas fundamentales. La primera es que no podemos admitir «la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro».
¿Y la segunda?
Que esa «esencia y realidad» nos obligan a darle un sentido original a la libertad que internamente debemos hacer coincidir con la justicia «para el bien de todos». Y siempre sin olvidar que «es necesario contar con lo que no se puede suprimir». Aquí está presente, como siempre, el tremendo realismo de Martí: que «los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina», que «todo tiene la entraña fea y sangrienta» y que «eso mismo que hemos de combatir, eso mismo nos es necesario».