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¡ABAJO LA CULTURA DEL «AGUAJE»! 1

Por Hilario Rosete Silva y Julio César Guanche
Fotos Abel Ernesto Rubio

Mario Coyula Cowley

Con la norma lezamiana de que existe entre nosotros «una manera profunda y secreta» de regir la ciudad, «emplazamos» a Mario Coyula Cowley (La Habana, 1935), arquitecto y urbanista, miembro del Directorio Revolucionario y coautor de mausoleos y parques habaneros que recuerdan la rebeldía de los estudiantes universitarios cubanos.

«En los años cincuenta había un territorio universitario más allá de los muros de esa acrópolis que es la Colina», nos dijo el profesor de Mérito de la Facultad de Arquitectura del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (ISPJAE), y pasó a responder las preguntas.

Más que solícito, hablando hasta por los codos, en la primera parte de la entrevista, léase La ciudad cuesta pero vale (octubre 2000, no 369), fijó el área que aquellos predios abarcaban, explicó los cambios que el golpe de Estado de marzo de 1952 les impuso a los jóvenes, y opinó acerca de si dicho espacio universitario debía considerarse como sitio histórico.

Así reflexionó acerca de si pudiésemos hallar lo cubano en la arquitectura, como lo haría Cintio Vitier en la poesía, abundó sobre el nexo diversidad-diseño urbano, y relacionó las obras que figurarían entre las siete maravillas construidas en la Cuba posterior a 1959.

Presidente, desde 1978 hasta 1989, de la Comisión de Monumentos de la ciudad, y actual consultor de su Grupo de Desarrollo Integral, siempre ha luchado por ampliar el sentido del término: «Monumento no es solo lo más antiguo o suntuoso, también puede ser algo más de hoy, menos vistoso, pero representativo, es el caso del municipio de Centro Habana, tiene pocas edificaciones singulares, pero el valor de su tejido urbano es excepcional.»

No somos los únicos que editamos en dos partes una entrevista con Mario Coyula. El sitio web madrileño Café de las ciudades está publicando en números consecutivos la que le concediera el generalista cubano a R. Segre, estudioso de la arquitectura y el urbanismo latinoamericano. El diálogo Coyula-Segre fue publicado antes por la revista CyTEX (Ciudad y territorio. Estudios territoriales, no. 143, invierno de 2005), del Ministerio de la Vivienda de España. Coyula estaba repasándolo, en la pantalla de su ordenador, cuando llegamos a su casa para que nos diera el visto bueno al texto que aquí sigue: «La diferencia es una», sentenció con amorosa certeza, «Alma Mater es el nombre que uno quiere, la etapa de estudiante, la época dorada...»

UN BUEN «ANTI-EJEMPLO»

Hablamos mucho de La Habana, pero también hubo intervenciones urbanísticas en otras ciudades, por ejemplo en Santiago de Cuba. Los cambios, ¿fueron para bien o para mal?
Para bien o para mal, por los siglos de los siglos subsistirá aquel complejo provinciano que se cuestiona «¿por qué la capital sí y nosotros no?». La mayoría de las obras realizadas en Santiago fueron para bien. Lo otro eran tontas aspiraciones lugareñas según las cuales cada ciudad debía de tener un edificio de 18 pisos con un restaurante en la última planta. En verdad, lo que hay es que saber emplear los recursos propios, y defender la identidad.

¿Podría citar un paradigma de ese buen «saber»?
Desde luego, más tendría que regresar al oeste del país. El municipio capitalino de Regla se ha caracterizado por su gran sentido de identidad. Recuerdo que en el aniversario 300 de lalocalidad, celebrado en 1986, los reglanos se propusieron mejoras que al final introdujeron sin ayuda externa, con el concurso de los centros laborales, de las industrias establecidas en su territorio. Ese espíritu local es una energía aprovechable. Una de las carencias de la ciudad, explicativa del deterioro, es la pérdida de la identidad. La gente no está identificada con el barrio. Y esta pérdida, a su vez, depende de la densidad. Cualquiera que viva en una cuadra de casas unifamiliares o de dos pisos cuando más, conoce a todos los vecinos y pronto se da cuenta de la llegada de un extraño. Pero quien vive en un edificio de 118 apartamentos, difícilmente podrá discernir entre un vecino y uno de fuera que viene a delinquir. Es decir, ese vínculo, ese nexo, a veces está condicionado por un número, por eso no debe de haber grandes edificios ni densidades tan altas.

El nexo identidad-densidad, ¿sería el más preocupante?
No es el único, ya antes analizamos la relación diversidad-diseño urbano. La ciudad eficaz es la que tiene funciones superpuestas. Una ciudad donde las funciones se separan se torna disfuncional. Ese fue el error del urbanismo moderno cuando fijó las zonificaciones: zonas de vivienda, de industria, de comercio... La ciudad, repito, se da por superposición, son esos «añadidos» los que le dan vida y ánimo mañana tarde y noche, entre semana y fin de semana. Esa es la falta de Monte Barreto, un buen ejemplo de la «anti-ciudad».

De la misma forma, en horas de la noche encontramos desierta la 5ta. Avenida.
Y la Plaza de la Revolución, zona circundada por edificios administrativos. Después de las seis de la tarde... se acabó la vida en esa zona. La Plaza solo se ve cubierta en los días de marchas y concentraciones, eventos que no son naturales, sino convocados a voluntad. Lo ideal es que allí hubiese viviendas, teatros, cines, comercios, cafeterías, de todo...

COLUMNAS EN CALCETINES

Bueno, en uno de sus costados se alza el Teatro Nacional...
Mas relegado al extremo lejano. Realmente todo ese espacio es un terreno baldío, sin forma ni ritmo, con una pendiente inclinada en el sentido inverso, lo lógico sería que a partir de la base, el plano fuese en ascenso según uno se aleja de la tribuna, pero es todo lo contrario, la caída se produce al pie de los edificios que ocupan los ministerios del Interior y de la Informática y las Comunicaciones. A ciencia cierta esa plaza nunca llegó a terminarse, y aún si se hubiese concluido su fundamento conceptual era deficiente. El área se inauguró en 1953, y tres años después ya se le había encargado a un equipo de la Universidad de Harvard (en Cambridge, Massachussets), un proyecto general, para toda La Habana, que plantearía soluciones más contemporáneas, menos academicistas.

Para escurrir el tema de la dicotomía, ¿es que la ciudad atrae o es que el campo expulsa?
Son las dos cosas. El odio irracional de una persona hacia la naturaleza, conducente a la tala de un árbol que ni siquiera le molesta, quizás esconda el recuerdo indeseable de un paisaje campestre de su lugar de origen. Por cierto, quien corta una mata luego busca la sombra más cercana para jugar dominó, y le estropea la tranquilidad al prójimo. No me explico por qué sucede esto. Y otra cosa. Patrones de vida, soluciones arquitectónicas y hasta colores aplicados a las edificaciones, bien vistos en medio del campo, se ven horribles en la ciudad.

De nuevo en La Habana, hablando del paisaje, en las cercanías de la Estación Central del Ferrocarril el viajero se topa con la Fuente de la India. ¿En qué radica su valor?
Entre otras cosas, en la novedad. Por primera vez apareció la india en la escultura cubana. Claro, una india mitificada, surgida mucho después de que las naturales desaparecieran, recuerdo del espíritu rococó francés con sus aristócratas jugando a ser pastores.

¿Aún puede llamársele a la urbe «la ciudad de las columnas»?
La ciudad de La Habana era, en efecto, la ciudad de los portales y de las columnas. Mas los portales se están perdiendo y las columnas se están desvirtuando hasta con las nuevas formas de pintar. Existe una moda incontenible de pintar los edificios barrocos, neoclásicos o modernos, da lo mismo, de varios tonos, rompiendo sus formas al colocarle a sus columnas calcetines o zócalos de colores bien chillones. Esta es la misma práctica usada en la pintura de los Rápidos, con logos de fábrica rojo-catsup y amarillo mostaza. Lo que se le prohíbe a McDonald en otros países, se hace en Cuba impunemente.

Luego entonces, con la pérdida de los portales y el cubrimiento de las columnas con medias coloradas, ¿ya no sería La Habana digna deaquel epíteto?
Decía un amigo mío (pura teoría) que si Carpentier hubiese estado menos tiempo viviendo fuera de Cuba, a su regreso los toldos que protegían los portales de La Habana aún no se habrían deshecho por falta de mantenimiento. Luego entonces, como los toldos no le habrían permitido ver las columnas, el escritor habría nombrado a la capital como «la ciudad de los toldos». Pero el caso es que hoy, muchos de los otrora kilómetros corridos de portales están bien en mal estado o bien ocupados por una multitud de vendedores y revendedores ambulantes, nuevos menesterosos, y gente regada por el piso. Es preciso ponerles coto, y recuperar las arterias comerciales. Lo menos que podemos hacer es, alquiler mediante, meter bajo techos a todos esos «dependientes», y también prohibirle tales prácticas a los establecimientos estatales. ¿Por qué una tienda permanece vacía mientras sus productos se venden en un kiosco en su propio portal? ¿Será para llamar la atención? Esta es una evidencia de «la cultura del aguaje» y, claro, yo la desapruebo.

HOMBRES DE ORO

Pero los portales, las columnas, ¿qué hacer con ellos?
Si se juntaran todas las tiendas, las de ambos flancos de las grandes calzadas –Reina, Belascoaín, Galiano–, una al lado de la otra, conformarían un frente continuo de 20 kilómetros. Su rescate es tamaña tarea. Ni el mismísimo Donald Trump se comprometería a resolverla de golpe. Mas es una riqueza que no debe perderse, un patrón que funciona muy bien. Al analizar el trazado urbano del actual municipio de Centro Habana, las grandes calzadas delimitan y conectan los barrios entre sí. Hacia el interior se encuentran entre 12 ó 20 manzanas que cumplen la función residencial, mientras las propias arterias constituyen los centros periféricos hacia donde salen los habitantes en busca de comercios y servicios.

Dicho modelo, ¿sería aplicable en las urbanizaciones modernas?
Por supuesto, y así evitaríamos la «sopa de bloques» construidas y criticadas en Cuba y en todo el mundo. La Villa Panamericana es un ejemplo interesante de reconquista de la ciudad tradicional. Se rescató el paseo, la manzana, los edificios de no más de cinco plantas con pequeñas tiendas en las plantas bajas. ¿Qué le faltó? La diversidad no forzada. La Villa debía estar lista en una fecha precisa. Contra su variedad atentaba el factor tiempo. ¿Cómo se resolvió? Cambiándole «la gorra» a los edificios. Unos llevan piquitos y otros redondeles. Con todo, la Villa Panamericana es un homenaje a la ciudad tradicional.

Dentro de la Estrategia para el Desarrollo Económico y Social, ¿subrayaría una de las potencialidades de La Habana, cual urbe particular, y de Cuba, como país en general?
Playas y palmeras hay en todo el Caribe, y también en las costas asomadas al océano Índico. Así que nuestro medio más importante es el recurso humano. La proporción del personal calificado en relación con la población total es señalada en Cuba. Luego, existen otros factores potenciales: el país ostenta una fuerte unidad nacional; a pesar de la diversidad regional, no existen etnias excluidas, todos sus habitantes se consideran cubanos y hablan el español; y como término medio la ciudadanía muestra un alto grado de instrucción, que no significa necesariamente de cultura. El archipiélago cuenta con varios cientos de miles de graduados universitarios, a quienes es preciso emplear según su capacidad, de modo que con su trabajo cubran sus necesidades y, además, generen una riqueza factible de ser redistribuida en beneficio de otros. A propósito, hubo una acertada política de capacitación y uso de los medios técnicos de computación, garantía de un desarrollo ramal comparable o superior al de otros países que se llamaron socialistas. Sin detrimento de los logros alcanzados por la Revolución, precisamos de formas de producción más eficaces.

PERVERSA CHARLATANERÍA

Usted se está refiriendo al desempeño propio de los universitarios.
Lógicamente los jóvenes se preocupan por el futuro. Se preguntan qué les espera, cuál retribución recibirán a cambio de su esfuerzo, de tantos años de estudio. Mas en la acera opuesta, las instituciones, comprendiéndolos, pero sujetas a un trasfondo económico, se ven imposibilitadas de colmar sus expectativas. Entonces hay que buscar el equilibrio. ¿Cómo? Pagando más en la medida en que se produce más. Y también —y sobre todo, no se trata solo del pago material—, reivindicando el estímulo moral. Todavía no se les da a los profesionales el reconocimiento que merecen. Los arquitectos se quejan de la falta del crédito, tanto en la fachada de los edificios, como en el reportaje de la televisión. Rara vez en un trabajo periodístico sobre una nueva obra se mencionan por sus nombres a los autores del proyecto, y casi nunca son entrevistados, no solo para reconocer sus logros, sino también para criticarles lo mal hecho. Identificar a los creadores siempre es importante. Ante cualquier eventualidad es preciso saber quién es el responsable.

¿Cuál es, para usted, «el sitio en que tan bien se está»?
Como a cualquiera, me van gustando los lugares nuevos, los descubro, y luego busco un pretexto para volver, hasta agotarlos. Sin embargo, hay un sitio que siempre permanece: El Vedado, el barrio donde nací. Me duelen mucho sus alteraciones. Pero las cosas tienen que cambiar, envejecer y morir. Las ciudades también cumplen el ciclo de un organismo vivo. No obstante, lamento su degradación. El Vedado es la pieza mayor y más importante del urbanismo colonial, en tamaño y en posición de vanguardia en su momento, a la par con lo mejor del mundo.

Por suerte, demostró su resistencia ante todo tipo de impactos.
Soportó el vendaval de los años 50, incluyendo las torres de apartamentos del tipo Focsa y Someillan. Soportó todo lo que le hicimos en un pasado más reciente, como el masacote del Meliá Cohiba y la fruslería de Galerías Paseo, con sus fachadas de vidrio captando sol. Sin embargo, el peligro mayor lo encierra la generalización de miles de pequeñas distorsiones que degradan su imagen impunemente. Sería triste perderlo. El Vedado guarda muchas pautas para los profesionales de la arquitectura y el urbanismo. No para copiarlo, sino para reinterpretarlo.

Sacando nuestras propias conclusiones, ¿habría que viajar más por El Vedado?
Los estudiantes y arquitectos jóvenes suelen quejarse de las escasas posibilidades de viajar. Es cierto. No basta con ver las fotos de una ciudad, hace falta vivirla, moverse dentro de ella, caminarla, mirar para arriba, hacia atrás, pero hay que empezar por detenerse en lo de uno, conocerlo, estudiarlo. Hay mucho que aprender en la ciudad que heredamos.

Para empezar a detenerse en El Vedado, ¿qué espacios usted nos aconseja?
El parque situado frente al teatro Amadeo Roldán es uno de los más bellos entre los llamados parques republicanos. La calle Paseo, con su parque lineal en el centro, escoltada por innumerables palacetes y villas del siglo XX, es sencillamente impresionante.Pero hay un espacio, elemental y perfecto, en el Nuevo Vedado: el parque situado frente al cine Acapulco, en la Avenida 26. Es un lugar al que ni le falta ni le sobra nada, que acepta y vence un reto que todos debíamos proponernos: lograr los efectos con un mínimo de recursos. El vicio de recargar es una falta común, un ingrediente de la cultura del aguaje, un error típico de la gente que habla mucho. Yo en esta entrevista también estoy hablando demasiado.

1 significado parodiado de mentira, justificaciones, etc.


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Actualizada: 12 de enero/2006