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LA GRACIA DE LA COMUNICACIÓN

Medicina internacionalista cubana

Por Hilario Rosete Silva
Foto: Cortesía de la entrevistada

«Estoy bien de salud y ánimo, pero los extraño mucho», le escribió a mitad de febrero a su familia en la Isla, desde Bolivia, la pediatra Roxilena Manso Martín, una médica que nació en Villa Clara (1949), fue inscrita en Matanzas, creció en La Habana, vivió en Camagüey, y desde 1985 reside en Cienfuegos: ¡cómo no iba a ser internacionalista!

«Hace calor en esta zona, Yapacaní, de la provincia de Ichilo, departamento de Santa Cruz de la Sierra, cerca de las quimbambas», añadió Roxilena, quien es coordinadora en Cuba del grupo provincial cienfueguero para la Atención a Hospitales y Especialidades:

«Hoy comenzamos a trabajar; lo lindo es que casi todo el pueblo esperaba ser atendido por los médicos cubanos; empezamos a las 10 de la mañana y nos fuimos a las 6 de la tarde...»

Es el cuarto «encargo» que cumple en África y Latinoamérica, y la quinta ocasión en que viaja por el mundo. En 1978-1979 estuvo en Sumbe, capital de la provincia angolana de Kwanza Sul. Una década después sirvió por dos años en Nebaj y Uspantán, pueblos del Quiché guatemalteco. Volvió al país centroamericano a fines del 2005, por dos meses, esta vez a La Blanca, en el departamento de San Marcos, devastado por el huracán Stan.

De vuelta en la patria ya íbamos a entrevistarla y... salió de corre-corre para Venezuela (enero de 2006), como integrante de la embajada cubana al VI Foro Social Mundial...

Confiamos en que a su regreso del país sudamericano nos veríamos las caras. No bien llegó el día, sonó el teléfono: «La doctora volvió de Venezuela y partió esta madrugada para Bolivia, apenas tuvo tiempo para despedirse de los suyos.»

El aviso nos paralizó, mas luego supimos que había sido un runrún. Nos rectificaron el dato cuando contactamos con el complejo hotelero Neptuno-Tritón, tránsito de los galenos hacia y desde Venezuela: «Viajará esta noche.»

Como un tiro, en autostop, salimos de Mantilla por la calzada de Managua hasta el primer anillo de La Habana y dimos la vuelta a la ciudad, de sur a noroeste: en 55 minutos ya estábamos en Monte Barreto, tomando por sorpresa este «bastión del internacionalismo».

Fue un diálogo presuroso, hijo del impulso instintivo que mueve a todo comunicador. No bien lo terminamos, ya venían las guaguas para trasladar al aeropuerto los maletines de los médicos: «Aquí la carreta va delante de los bueyes», se oyó una voz.

Roxilena Manso Martín resultó ser una mujer concisa, certera, que ni divaga ni va por las ramas; una persona que se ajusta, como conviene y corresponde, a las cosas que la vida le pone en su camino, nada trillado que digamos.

Tiene pinta de madraza; transpira rectitud y humildad. Sentados en el césped del jardín que une a los hoteles capitalinos Neptuno con el Tritón, le pedimos que ella misma, con sus propias manos, sujetara el micrófono y se lo acercara a la boca para garantizar la calidad de la grabación. El cuidado que puso en cumplir nuestra solicitud, habló por sí solo de su don de servicio.

NI VISTO NI IMAGINADO

¿Alguna vez le pasó por la cabeza que podría intervenir en un Foro Social Mundial?
Cualquiera tendría ese anhelo, a cualquiera le interesaría, como persona o como profesional, pero nunca me pasó por la mente, ni pensé que sería tan afortunada.

¿Cómo le fue?
Recorrimos varios lugares. Fuimos a los Cerros de Caracas, con sus casas humildes en el techo de la ciudad. Fue una vivencia maravillosa. La escasez es la que habrá dondequiera que haya barrios pobres, pero hallamos hospitales, clínicas estomatológicas, servicios médicos gratuitos, farmacias... Hay muchos médicos cubanos; educación física y deporte en las escuelas, gimnasia básica para la mujer, actividades físicas para los hipertensos, las embarazadas, los abuelos; reina un espíritu comunitario.

¿Visitó otros Estados?
Fuimos a Carabobo, allí se ubica el campo donde ocurrió (1821) la batalla que resultara clave para la libertad del país. Es un parque con jardines y una gran avenida; al final están las estatuas de los protagonistas de la acción; luego sigue un arco, erigido en 1921, por los cien años de la batalla; debajo está la tumba del soldado desconocido, custodiada por reclutas; después del arco hay un monumento, el «altar de la patria», y en su cima se alza una estatua de Simón Bolívar, el vencedor de Carabobo.

Alguien nos dijo que usted intervino en dos de las discusiones del Foro.
Sí: una, sobre cómo la firma del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) limitaría las relaciones de la Isla y agravaría el bloqueo; y otra, sobre la Medicina cubana, las misiones que cumplí en el extranjero, mi ingreso en el Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve, y la experiencia que viví en Guatemala cual miembro de este contingente.

Su primera misión internacionalista la cumplió usted en Angola, ¿no es cierto?
¡Por 18 meses, de 1978 a 1979! Estuve en Sumbe, ellos dicen N’gunzao Ngunza, en la provincia de Kwanza Sul, al sur de Luanda. Aún no existía el Programa Integral de Salud (PIS), mas la colaboración médica iba en ascenso; los especialistas servíamos en brigadas mixtas, en la cercanía de militares y constructores cubanos; fue la época en que arribó al país africano el primer Destacamento Pedagógico Internacionalista Che Guevara. Antes de salir de Cuba yo estaba haciendo el postgraduado en Pediatría en la ciudad de Florida, en Camagüey, curso estipulado para tres años; había terminado mis estudios de grado apenas en 1976, y al llegar a Angola me encontré con enfermedades que jamás había visto.

EN LAS ALAS DEL QUETZAL

¿Usted se refirió al PIS?
Durante años la colaboración médica cubana con los diferentes países progresó de forma diversa, y el punto de giro data de noviembre del 98, tras el paso del Mitch. Los presidentes centroamericanos anunciaron al mundo los daños ocasionados por el huracán y los efectos que trajo para la infraestructura económico-social del subcontinente, y solicitaron ayuda. Cuba respondió con rapidez: le condonó la deuda a Nicaragua (único país que tenía adeudo con nosotros), manifestó su disposición de enviar personal médico y auxiliar, y...

También convocó a los países desarrollados para que aportaran equipos y medicamentos.
Y ahí mismo lanzó el Programa Integral de Salud (PIS) para Centroamérica y el Caribe, que luego se extendería a África y Asia. El plan contempla el envío del personal de salud necesario, y la aspiración de formar en Cuba, o en los países receptores de la ayuda, profesionales y técnicos de la medicina que garanticen la continuidad del programa.

Entonces el establecimiento del PIS comenzó por Guatemala, tras el paso del Mitch.
Exacto. En noviembre de 1998, con la emergencia, llegaron los primeros galenos, núcleo de la Brigada Médica de Cuba (BMC), que contaría con unos 500 colaboradores, la mayoría médicos generales integrales (MGI), con una edad promedio de 35 años. Junto al Ministerio de Salud guatemalteco, los cubanos establecimos redes de atención primaria, y aplicamos un programa de cuidado materno infantil que redujo la tasa de mortalidad infantil de 40 a menos de 20 por cada mil nacidos vivos...

¿Usted llegó a Guatemala para la emergencia? ¿Dónde fue ubicada?
No fui para la emergencia, sino para la aplicación del PIS; arribé en 1999; era la jefa y pediatra de un grupo que trabajó en Nebaj, zona que guarda las huellas de la cultura ixil, sucesora de la civilización maya. Nebaj está en el departamento del Quiché; muchos de sus habitantes hablan ixil, y solo un 15 por ciento vive en el poblado del mismo nombre, el resto se encuentra disperso entre las montañas. Estuve un primer año en Nebaj y un segundo año en Uspantán, otro territorio quichelense; regresé a Cuba en el año 2001.

¿Pero volvió a la tierra del quetzal a fines de 2005?
Ahí sí fui para la emergencia. Estuve entre los primeros cubanos que llegamos en octubre a la tierra guatemalteca, y que de inmediato comenzamos a asistir a las víctimas del desastre causado por el huracán Stan. A esa altura ya integrábamos el Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve.

PEDIATRA POR PREFERENCIA

Dicho contingente había surgido a partir de una brigada médica.
El contingente tuvo como base a la Brigada Médica Henry Reeve, creada (4 de septiembre) para ofrecer ayuda a los Estados norteamericanos —Luisiana, Mississippi— afectados por el huracán Katrina. Estados Unidos hizo oídos sordos a la oferta de Cuba; los miembros de la brigada, procedentes de toda la Isla, permanecimos en La Habana, en un concentrado, con la mirada fija en nuestra preparación, y a poco de crearse el contingente (19 de septiembre), Stan causó inundaciones y desprendimientos en Centroamérica (del 3 al 5 de octubre), y un terremoto asoló la zona que comparten India, Pakistán y Afganistán (8 de octubre). Ante esas situaciones, entramos en escena...

De nuevo en Guatemala, honrando a Henry Reeve, ¿a dónde fue a recaer?
A La Blanca, en San Marcos, departamento del extremo suroeste del país, muy afectado. En La Blanca se unieron cuatro ríos y arrasaron el pueblo. Allí atendimos a todo tipo de pacientes, y laboramos con autoridades, organizaciones y líderes para evitar epidemias. Entre los colaboradores cubanos de la Salud dispersos por el mundo no solo hay médicos, también hay enfermeros, estadísticos e ingenieros en electromedicina. Las especialidades más demandadas son Medicina General Integral, Cirugía, Pediatría, Medicina Interna y Epidemiología. El cuadro usual de morbilidad lo forman enfermedades diarreicas agudas, respiratorias altas, infecciones de la piel, y las endemias.

¿Siempre quiso ser médico? ¿A cuáles instituciones le debe su aprendizaje?
Quería ser estomatóloga, pero en la boleta marqué Medicina y Estomatología, y me dieron Medicina: soy médico por azar. Mas vino bien: igual soy zurda, y en Estomatología todo está a la derecha. Estudié en Girón (Instituto de Ciencias Médicas de La Habana); de tercer a quinto año roté en el (hospital) Finlay de Marianao; y cursé el sexto año como interna del (Pediátrico) William Soler, en Boyeros. Mi título de 1976 es de doctora en Medicina; soy profesora asistente de la Facultad de Ciencias Médicas de Cienfuegos, y especialista de primer grado en Pediatría: terminé la especialidad en 1988 en esta misma ciudad.

Es médico por azar, ¿y pediatra?
Bueno, pediatra por vocación, aunque habría querido, dentro de la Pediatría, dedicarme al estudio de las enfermedades respiratorias o de los trastornos digestivos; estos no solo afectan a un gran segmento poblacional, los niños, sino que lo aquejan con frecuencia.

JERUSALÉN, AÑO CERO

De sus misiones, ¿cuál fue la más aleccionadora?
La primera de las que cumplí en Guatemala, cuando ya era especialista en Pediatría; fue la más rica y extensa; tuve más tiempo para conocer y entender las costumbres del país, y para concordar mis opiniones con las de los especialistas locales; dice un refrán, «cada maestro tiene su librito», igual sucede con los médicos; al tratar esta o aquella dolencia, al prescribir esta o aquella dosis, mis ideas podían contradecir las de los expertos guatemaltecos. Ellos lidian con afecciones en cuyo tratamiento no tenemos experiencia; aunque la tuberculosis es una enfermedad re-emergente, que subsiste en la Isla, nunca vimos en un niño cubano, por ejemplo, una tuberculosis cutánea, o una tuberculosis ganglionar, eso no se ve en Cuba, pero allí lo vimos con frecuencia, y vimos niños con bronconeumonías agudas, con derrames pleurales, con padecimientos que nunca vemos aquí.

¿Cuándo sintió que de verdad estaba en «el fin del mundo»?
Siempre estuve en zonas apartadas, en ningún caso cumplí misión en el centro de una gran ciudad; sin embargo, invariablemente conté con lo indispensable, nunca viví en condiciones infrahumanas, ni estuve sola, me acompañaron otros médicos o profesionales; jamás me sentí en el fin del mundo. Y es que tampoco soy dramática, sino adaptable: me dicen, «este es tu lugar», y yo me acomodo, creo las condiciones y las ajusto a mi forma, a mi gusto.

Del ámbito que recorrió fuera de Cuba, ¿extraña algocuando está en Cienfuegos?
Una se relaciona y hace amistades, sobre todo cuando cumple misiones por largos períodos; llega a intimar con familias, con niños a los que ayudaste a vencer situaciones de salud y luego se te pegan. Yo hasta suelo mantener correspondencia por correo postal o electrónico: sí, una llega a crear un report, una relación espiritual con la gente que va conociendo.

¿Qué pacientes, atendidos por usted en otros países, no ha podido olvidar?
Recuerdo a un niñito angolano, de unos siete años, y a Sofía, una niña guatemalteca, de Uspantán. El niñito venía de la selva; en aquellos tiempos de enfrentamiento, los hombres de (Jonas) Savimbi llegaban a las aldeas y masacraban a quienes se resistían a seguirlos; muchos niños lograban huir a la selva, donde permanecían ocultos durante meses; este niño venía lleno de escabiosis, y tan desnutrido que no podía pararse, caminaba agachado, inclinando la parte superior del cuerpo, doblándola hacia el suelo; nos costó recuperarlo, rehabilitarlo, lo mejoramos mucho, pero nunca totalmente... No lo he podido olvidar.

¿Y Sofía?
A Sofía igual la trajeron desnutrida, si no la hubiesen llevado a nuestra consulta, se habría muerto. Le tratamos todas sus infecciones, y luego yo misma le hacía su comidita y se la llevaba. La niña se recuperó bien. Son dos experiencias que tuve y que nunca olvidaré.

¿Qué año marca en su biografía un antes y un después?
El año en que me hice médico. Antes mi vida transcurría sin pena ni gloria; no salía a ningún lado, ni siquiera fuera del municipio; no tenía responsabilidades. Después comencé a viajar por el país; cumplí misiones internacionalistas; estuve en Angola, en África, lo que uno ve en África no es comparable con nada; estuve siempre superándome, compartiendo con personalidades del mundo de la salud...

Llegamos a lo que significó para usted la carrera de Medicina y la profesión de médico.
Para mí han sido la vida misma; antes yo era una gente tímida, introvertida; después la Medicina me cambió: me dio el don de dialogar, me dio la gracia de comunicarme.

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Actualizada: 24 de marzo/2006