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LA (HERMOSA) CANCIÓN DE LA TROVA
Por Waldo González López
Durante la más reciente Feria Internacional del Libro de La Habana, la Editora Abril presentó varios títulos de interés.
Todos tuvieron notable acogida y entre ellos: la redición de Con el Che por Sudamérica, de Alberto Granado (un volumen que se lee como una novela de aventuras, y he aquí su principal mérito), Chávez habla a la juventud (con seis lúcidos discursos del Presidente venezolano dirigidos a los jóvenes de su patria y del resto de Latinoamérica) y Cualquier flor… De la trova tradicional (suerte de hermosa compilación debida a Bladimir Zamora Céspedes y Fidel Díaz Castro, comentarista musical y director de El Caimán Barbudo, respectivamente).
Quiero referirme al tercero, ya que me parece tan necesario como los otros dos, solo que este, por su utilidad (el gusto estético/musical), gana mi atención.
Ante todo, creo que era necesaria la edición de este mínimo cancionero, suerte de antológica muestra de excelentes textos de los grandes de ese movimiento fundacional que, surgido en el último tercio del siglo XIX, cambió el panorama musical de Cuba, sobre todo durante las primeras décadas del XX. De tal suerte, como bien afirma Bladimir en su breve prólogo Alma y espejo.
En esos años alcanzó un esplendor que nunca más se ha debilitado, ya sea porque muchas de aquellas canciones que comenzaron a alzarse sobre los vientos de la Isla, se hayan convertido en verdaderos himnos del sentimiento cubano, porque detrás de los respetados fundadores, hay una fila interminable de trovadores que no dejará de crecer mientas seamos nosotros mismos.
El buen gusto, la información y la pasión por esta música de siempre, parecen las claves que guiaron a los compiladores en su loable empeño. Cierto, el más justo tino los condujo a armar este pequeño pero grande libro, que se paladea como ese trago de ron cubano, tan familiar por cierto a aquellos viejos trovadores, como a sus seguidores de hoy.
Y es que, tal bien sentenció Silvio en La canción de la trova, «tras la guitarra siempre habrá una voz». Sí, una incanjeable voz, tal se comprueba con la lectura… y el canto. Claro, porque mientras lees, cantarás o tararearás en voz baja los hermosos versos (que lo son, sin duda) de estas clásicas piezas debidas a lo más granado de dicho movimiento, desde Sindo Garay (quien al morir con más de cien años, había compuesto más de cien boleros e infinidad de canciones) hasta Pedro Ibáñez, con su homenaje a La trova.
Pero hay más, mucho más, porque la oferta es estupenda: en estas 88 páginas bellamente diseñadas por Andrés Mir, quien además añadió fotos de esos ‘monstruos’ hallarás a otros fundadores en un deslumbrante listado que te obligará a no soltar este breviario de maravillas.
Por ello, descubrirás otros clásicos como Pepe Sánchez, iniciador del bolero con Tristezas, aquí incluido, Manuel Corona con Longina, Mercedes, Santa Cecilia, Doble inconciencia, Tu alma y la mía; Alberto Villalón/Julio Flores con Boda negra, Patricio Ballagas, El trovador y Timidez y a la cantante/compositora que brilló en esas décadas de fulgor y más: María Teresa Vera con Guillermina Aramburu creó, entre otras, Veinte años, pero, además, nos dejó de su talento, entre otras, Por qué me siento triste y Con mi madre siempre).
Más acá está el formidable fundador del Trío Matamoros, Miguel con Juramento, Reclamo místico, Lágrimas negras, Olvido, Cuatro palomas, como también descubrirás que Le dije a una rosa –esa canción/bolero que quizás hayas cantando/tarareado con la Orquesta Aragón– la compuso hace muchos años Virgilio González.
Otros números que han pasado la prueba del tiempo están incluidos por Bladimir y Fidel en Cualquier flor…Así leerás, de Rafael Gómez, (Teofilito)Pensamiento, como de Rosendo Ruiz Que te castigue Dios y Entre mares y arenas, como muchos otros que hacen de este mínimo título uno de esos esperados por tantos durante años.
Mas, no dije aún que la presentación de este libro fue de lujo y por partida doble, porque primero ocurrió en el Centro Hispanoamericano de la Cultura, con el apoyo de no pocos de nuestros mejores trovadores, como Carlos Varela, Gerardo Alfonso, Santiago Feliú, Frank Delgado y muchos más cuyos nombres no cabrían en esta breve columna. Ello se repetiría en La Cabaña, también durante la Feria del Libro. Y, según pude constatar, si no tuvo el mismo brillo original, lo que es lógico, fue de cualquier modo excelente la acogida que tuvo el volumen.
Ya al final de su prólogo, Bladimir confiesa con la poesía del entusiasmo que le compete a este bayamés, irredento enamorado de la trova:
Siempre he pensado que si un absurdo natural hiciera que el suelo de la Isla se hundiera de momento bajo las aguas antillanas, bastaría con que los cubanos cantáramos en coro interminable el grueso enjambre de canciones trovadorescas que han nacido aquí, para ver resurgir a Cuba intacta por encima del mar. Con seguridad estas flores tendrían que ser esgrimidas entonces.
Ni más ni menos. Tanto y más nos ofrecen estas canciones que, como verdaderos himnos del sentimiento cubano, aparecen reunidas por fortuna en estas páginas, gracias a la advocación y al auténtico amor trovadoresco de Bladimir y Fidelito.
Les sugiero, lectores de esta sección, la urgente lectura y el consiguiente disfrute de Cualquier flor… De la trova tradicional cubana. Seguro me agradecerán esta sugerencia. Y constatarán, como dice en su canción La Trova, Pedro Ibañez es inmortal.
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