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EL OTRO VIRGILIO
Por Waldo González López
En la prensa internacional leímos poco tiempo atrás, con alborozo y satisfacción, que el colegamigo Virgilio López Lemus (Fomento, Sancti Spíritus, 1946) mereció el V Premio de Ensayo de Investigación y Humanidades 2003 «Millares Carlo», patrocinado por el Gobierno de la Comunidad Canaria, concedido por un jurado nombrado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia.
El poeta, ensayista, investigador y profesor universitario había sido galardonado con el prestigioso premio, antes solo conferido a prominentes figuras del ensayismo y las investigaciones históricas y lingüísticas de España, como los doctores Maximiano Trapero y Antonio Castillo Gómez, por lo que se concedía por primera vez a un estudioso latinoamericano y con un tema filológico. El lauro igualmente incluyó la publicación de la obra ganadora en su colección de lujo. Narciso, las aguas y el espejo. Una especulación sobre lapoesía, es una propuesta de análisis de poética, sobre la presencia y el papel de dicha figura mitológica en la poesía universal.
Virgilio López Lemus ha publicado en Cuba, Brasil y España 12 poemarios y una quincena de ensayos y crítica literaria, siete antologías poéticas y compilaciones de obras de autores cubanos y extranjeros, así como más de 200 textos en revistas de 22 países de Europa yAmérica. Es además traductor del portugués, académico titular de la Academiade Ciencias de Cuba y en 1995 recibió la Distinción por la Cultura Nacional.
Por su intenso y extenso currículum que conozco muy de cerca, me permito utilizar en él tres adjetivos calificativos que no dudo en escribir ahora mismo: talentoso, culto y laborioso. Por estas virtudes, Virgilio pudo ahora alcanzar tan alta distinción que lo ubica, sin asomo de dudas, entre los pináculos del ensayismo cubano, por no decir que desde ya ocupa la primacía entre los colegas de su generación.
Si hacemos un breve repaso de algunos de sus variados volúmenes, comprobaremos que la suya es una obra variada y rica, integradora de un nutrido y riguroso corpus literario, toda vez que aúna el ensayo y la crítica, sin olvidar, ni un momento, por supuesto, la poesía, acaso su diosa tutelar, en tanto que jamás la obvia y, enamorado, conduce sus pasos por los caminos de la creación.
Como su más preclaro antecesor, el poeta de Las Geórgicas, nuestro Virgilio nunca cede en su empeño de escribir, y escribir bien, de temas aparentemente tan distantes y distintos como la poesía y la décima (obliterada o, mejor, para decirlo con Jorge Zalamea, ignorada y olvidada por la mayoría de sus colegas de varias generaciones), así como de otros poetas que de algún modo han tocado su fértil impronta, a pesar de los tientos y diferencias tan marcados entre ellos (José Martí, Dulce María Loynaz, José Lezama, quizás uno de sus preferidos en el ámbito nacional; Juan Marinello, Samuel Feijóo, Jesús Orta Ruiz, (el Indio Naborí); Adolfo Martí y Severo Sarduy).
Su verso, rimado, medido o no, se caracteriza por lo definitorio y conceptual. El aliento filosófico en sus recientes volúmenes poéticos se ha acentuado, algo lógico en un autor que, en plena madurez y ya cercano a los 60, mira atrás y escrutacon hondura en la lejanía—gracias a la aguda mirada que le ha aportado lo vivido—, donde descubre los atisbos existenciales, como estrellas fugaces que le ha ofrecido el mundo, algunos desechados, otros aceptados en su cotidiano discurrir.
La praxis vitalicia, condicionada por una vasta cultura, se refleja en su poesía que, si en los primeros poemarios resultaba más contemplativa, luego con los avatares de la vida, se iría transmutando en razón y corazón, esencia y sustancia.
El poeta, con tal experiencia resumida, siente ahora el aire transformador, mutable como el sordo tiempo en la noche de la soledad, y confiesa, en el excelente poema «Lar», incluido en Cuerpo del día: «El viento bulle en las salas del alma. /El silencio se apaga en el silencio.»
Justamente, a este texto le sigue «Soledad», otro momento de valía en este libro por su insólita autenticidad reveladora que nos sacude: «Te vas quedando solo. / Apoyaste todo tu amor en los ancianos / que te sonríen y luego se marchan. / Escribiste páginas borrables / y poemas de corta duración, como tu vida. / Ni los libros leídos ni los más amados / estarán contigo allá, que es dónde. / Abiertamente solo, vas pensando en la noche, cómo engañar a la soledad / con un monólogo, con un aplauso.»
Como colofón de esta reseña artículo, ofrezco al lector su décima De otro ser, donde nos confiesa:
«Tengo piadosos resabios /
de un austero carmelita. /
Voy por donde se me invita, /
me retiro con los sabios /
y sufro abriendo los labios /
al beso de despedida. /
Tanto agradezco la vida /
que soy un acto de fe: /
yo soy el que alguno fue. /
Yo soy lo que no se olvida.»
En la prensa internacional leímos poco tiempo atrás, con alborozo y satisfacción, que el colegamigo Virgilio López Lemus (Fomento, Sancti Spíritus, 1946) mereció el V Premio de Ensayo de Investigación y Humanidades 2003 «Millares Carlo», patrocinado por el Gobierno de la Comunidad Canaria, concedido por un jurado nombrado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia.
El poeta, ensayista, investigador y profesor universitario había sido galardonado con el prestigioso premio, antes solo conferido a prominentes figuras del ensayismo y las investigaciones históricas y lingüísticas de España, como los doctores Maximiano Trapero y Antonio Castillo Gómez, por lo que se concedía por primera vez a un estudioso latinoamericano y con un tema filológico. El lauro igualmente incluyó la publicación de la obra ganadora en su colección de lujo. Narciso, las aguas y el espejo. Una especulación sobre lapoesía, es una propuesta de análisis de poética, sobre la presencia y el papel de dicha figura mitológica en la poesía universal.
Virgilio López Lemus ha publicado en Cuba, Brasil y España 12 poemarios y una quincena de ensayos y crítica literaria, siete antologías poéticas y compilaciones de obras de autores cubanos y extranjeros, así como más de 200 textos en revistas de 22 países de Europa yAmérica. Es además traductor del portugués, académico titular de la Academiade Ciencias de Cuba y en 1995 recibió la Distinción por la Cultura Nacional.
Por su intenso y extenso currículum que conozco muy de cerca, me permito utilizar en él tres adjetivos calificativos que no dudo en escribir ahora mismo: talentoso, culto y laborioso. Por estas virtudes, Virgilio pudo ahora alcanzar tan alta distinción que lo ubica, sin asomo de dudas, entre los pináculos del ensayismo cubano, por no decir que desde ya ocupa la primacía entre los colegas de su generación.
Si hacemos un breve repaso de algunos de sus variados volúmenes, comprobaremos que la suya es una obra variada y rica, integradora de un nutrido y riguroso corpus literario, toda vez que aúna el ensayo y la crítica, sin olvidar, ni un momento, por supuesto, la poesía, acaso su diosa tutelar, en tanto que jamás la obvia y, enamorado, conduce sus pasos por los caminos de la creación.
Como su más preclaro antecesor, el poeta de Las Geórgicas, nuestro Virgilio nunca cede en su empeño de escribir, y escribir bien, de temas aparentemente tan distantes y distintos como la poesía y la décima (obliterada o, mejor, para decirlo con Jorge Zalamea, ignorada y olvidada por la mayoría de sus colegas de varias generaciones), así como de otros poetas que de algún modo han tocado su fértil impronta, a pesar de los tientos y diferencias tan marcados entre ellos(José Martí, Dulce María Loynaz, José Lezama, quizás uno de sus preferidos en el ámbito nacional; Juan Marinello, Samuel Feijóo, Jesús Orta Ruiz, (el Indio Naborí); Adolfo Martí y Severo Sarduy).
Su verso, rimado, medido o no, se caracteriza por lo definitorio y conceptual. El aliento filosófico en sus recientes volúmenes poéticos se ha acentuado, algo lógico en un autor que, en plena madurez y ya cercano a los 60, mira atrás y escrutacon hondura en la lejanía—gracias a la aguda mirada que le ha aportado lo vivido—, donde descubre los atisbos existenciales, como estrellas fugaces que le ha ofrecido el mundo, algunos desechados, otros aceptados en su cotidiano discurrir.
La praxis vitalicia, condicionada por una vasta cultura, se refleja en su poesía que, si en los primeros poemarios resultaba más contemplativa, luego con los avatares de la vida, se iría transmutando en razón y corazón, esencia y sustancia.
El poeta, con tal experiencia resumida, siente ahora el aire transformador, mutable como el sordo tiempo en la noche de la soledad, y confiesa, en el excelente poema «Lar», incluido en Cuerpo del día: «El viento bulle en las salas del alma. /El silencio se apaga en el silencio.»
Justamente, a este texto le sigue «Soledad», otro momento de valía en este libro por su insólita autenticidad reveladora que nos sacude: «Te vas quedando solo. / Apoyaste todo tu amor en los ancianos / que te sonríen y luego se marchan. / Escribiste páginas borrables / y poemas de corta duración, como tu vida. / Ni los libros leídos ni los más amados / estarán contigo allá, que es dónde. / Abiertamente solo, vas pensando en la noche, cómo engañar a la soledad / con un monólogo, con un aplauso.»
Como colofón de esta reseña artículo, ofrezco al lector su décima De otro ser, donde nos confiesa:
«Tengo piadosos resabios /
de un austero carmelita. /
Voy por donde se me invita, /
me retiro con los sabios /
y sufro abriendo los labios /
al beso de despedida. /
Tanto agradezco la vida /
que soy un acto de fe: /
yo soy el que alguno fue. /
Yo soy lo que no se olvida.»
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