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EL FULGOR DE ELISEO DIEGO
Por Waldo González López
Desde 1971 y hasta su fallecimiento en 1994, tuve la dicha de amistar, compartir y, sobre todo, aprender de Eliseo Diego, del que, con razón y en 1986, diría el poeta en prosa Gabriel García Márquez: «es uno de los poetas más grandes de la Lengua.» Sí, Poeta en mayúsculas, quien, como nuestro mutuo colega-amigo Félix Pita Rodríguez —otro maestro de la Poesía hoy injustamente casi olvidado— tanto aporta aún a nuestra mejor poesía. De ambos, de sus magisterios vitales y literarios (o viceversa), mucho aprendí, gracias al placer y el privilegio de compartir con ellos. Sobre Félix (a quien, en homenaje suyo, nombré Darío Damián a mi hijo como uno de los inolvidables personajes de su clásico cuento Cosme y Damián), ya he escrito y hablado en otras ocasiones, a propósito de eventos y otras confluencias. Sobre Eliseo no suelo hacerlo, quizás porque preferí escribir, en fechas ya lejanas, un par de poemas concebidos, el primero tras conocerlo, y el segundo cuando premió, en el Concurso «13 de Marzo» de 1976, mi cuaderno de versos para niños Poemas y canciones, que también gentilmente prologó para su edición del año siguiente.
El poeta, narrador y crítico Luis Rafael Hernández le dedicó un hermoso volumen: su insólita Antología Homenaje a Eliseo, Habiendo llegado al tiempo, publicada, en recordación del poeta, el año pasado por el Mecenas mexicano, Fredo Arias de la Canal.
Justamente Luis Rafael nos convoca de nuevo con otro de sus homenajes al autor de Oscuro esplendor —por cierto, el libro de versos preferido por Eliseo (según me confesó), y por quien les habla (tal le dije cuando me dedicó aquella hermosa edición de 1966 que con extremo celo conservo).
Mas esta vez Luis Rafael nos entrega una aproximación ensayística a la poética eliseana, escrita con el rigor que conocí en otras valoraciones suyas, como Juana, el talento precoz (1998), donde aborda la creación versal de aquella adolescente, inolvidable también por sus óleos, Juanita Borrero. Gracias a su labor —que prefiero denominar crítica poética—, radica el mayor interés de este plausible título.
Luis Rafael no poco aporta en este valioso estudio a la poesía del también ensayista del Libro de quizás y de quién sabe (1989), de cuyo estilo crítico-poético ha aprendido en inteligente pupilaje. Dividido en siete secciones, el ensayista asume, desde diversas ópticas, la poiesis (o creación para los griegos) del también autor de A través de mi espejo (1981), a lo largo de distintos volúmenes, apoyado en los manuscritos que, preparados para charlas ofrecidas sobre su creación en Cuba y otros ámbitos, Eliseo dejara inéditos y gentilmente le facilitara su hija Josefina (Fefé).
En el primer capítulo, se aborda una suerte de breve bosquejo sobre su vida y obra, sus autores preferidos, así como sus reconocimientos nacionales e internacionales y su vínculo con otros escritores cubanos, como sus hermanos espirituales Fina y Cintio. A partir de este momento, entramos a fondo en el orbe eliseano, toda vez que se va desmontando, sin perder la poesía que guía su vivisección, el territorio poético tan fabuloso y real como sus versos que han influido (aún lo hacen y lo harán), en no pocos integrantes de más de una generación de poetas cubanos contemporáneos. De cualquier modo, pienso en la obra de Aramís Quintero, Emilio de Armas, Hernández Novás y Luis Álvarez Álvarez, de mi promoción, sin dejar, por supuesto, de incluir a quien ahora escribe este comentario, entre los que mayor influjo recibieron de su significativa poesía y prosa.
Y lo he dicho tiempo atrás en otro lugar: justamente sus versos, relatos y ensayos revelan, virtud mayor, la misma capacidad de fabulación, ganada por un estilo que, según acontece en la creación en poesía y prosa del ya mencionado Pita Rodríguez, impuso un sello desde sus primeros poemarios. De otro modo, ambos poeta-amigos —que lo fueron siempre y se preferían mutuamente entre sus colegas cubanos, según me confesaran—, desde sus primeras publicaciones de poesía y prosa implantaron un modo, una manera, que definió y define, desde sus inicios, sus creaciones.
Tal arista, otro de los puntos clave de la poética eliseana, en virtud de su cuidadoso o, mejor aún, sabio lenguaje, deviene esencial componente en el dominio de dicho estilo definitorio. He aquí otro rasgo que aborda Luis Rafael en su ameno estudio, ganancia meritoria, ya que resulta placentera, y cuánto, la lectura de Eliseo Diego: donde la demasiada luz. Pero ello, además, su autor lo consigue por el profundo conocimiento y la cultura adquirida en años de febril lectura y fértil laboreo, tareas ganadas a lo largo de los años estudiando a este, uno de sus poetas preferidos, mérito señalado por el también ensayista y poeta Virgilio López Lemus en la nota de contracubierta.
Podría escribir más, mucho más sobre este valioso ensayo, pero prefiero no develar ninguno de los secretos que atesora este libro y dejarles no todo el tiempo, como Eliseo, sino uno breve para que puedan adquirir el fulgor de la poesía en esta prosa iluminadora que, tal Alicia cruzando el espejo, nos alumbra los senderos para entrar con paso firme en la deslumbrante poética del que llamara Octavio Paz leyenda de la literatura latinoamericana. Agradezco, sí, al también poeta Luis Rafael y a la Editorial Unicornio esta importante entrega que desde ya prestigia este sello habanero.
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