La Revista Joven más antigua de Cuba
Actualizada: 11/03/2005

Nuestro Credo

El Libro

SARUSKY, NARRADOR DE FONDO

Por Waldo González López

Jaime Sarusky (Ciudad de La Habana, 1931) es un nombre significativo en las letras cubanas. Recién merecido el Premio Nacional de Literatura 1994 por su no tan prolífica obra, cuenta sin embargo con tres novelas de valía y cuatro libros de crónicas. Su formación (en Cuba y Francia, donde pasaría cursos, con Roland Barthes, Michel Butor y otros significativos intelectuales, en La Sorbona), así como sus lecturas, llenarían, como el periodismo, gran parte de su creación y existencia.
Novelista esencial, había publicado (antes de merecer el Premio Alejo Carpentier 2001 por Un hombre providencial), otras dos novelas: La búsqueda (1961) y Rebelión en la octava casa (Mención Premio Casa de las Américas, 1967), reditadas varias veces, en las que viviseccionasus complejas criaturas.El periodismo consume (aún escribe en la revista Revolución y Cultura), como al griego Hesíodo, los trabajos y los días de este testigo de su tiempo —tal quería Carpentier de esta profesión otra—, tras el rastro de sus entrevistados, según se constata en sus volúmenes El tiempo de los desconocidos (1977), Los fantasmas de Omaja (1986) Unicornio y otras invenciones (1996) y La aventura de los suecos en Cuba (1999). Su ensayo Pablo de la Torriente: ¿Un héroe trágico? mereció un importante premio que sobre esta cenital figura político/literaria patrocinaran la Universidad de La Habana, la Fundación que lleva su nombre y el Centro de Estudios Caribeños, del newyorkino Hunter Collage.En consecuencia, 1999 sería el año del Premio José Antonio Fernández de Castro, otorgado por su trayectoria de casi medio siglo en el ejercicio de la prensa cultural. En suma, El Polaco —como lo llamamos sus colegamigos—, es una indiscutible figura de nuestras letras.Un hombre providencial constituye una suerte de novela histórica, gracias a la profundidad asumida por Sarusky en su abordaje del personaje central, el mítico aventurero William Walker, quien aquí se posesiona del interés del lector, toda vez que —nos dice su editora, Ana María Muñoz Bachs—, apoyado en la rica trama y una copiosa información, nos introduce en un mundo apasionante y múltiple: el de las complejas relaciones de poder, las intrigas y las ambiciones políticas. Del propio modo, el narrador nos sumerge en las inevitables pasiones sentimentales y eróticas, la locura y la muerte.Otro rasgo de la obra es la presentación de curiosos ámbitos, por los que transitan sus complejos personajes, por los que atrapa al lector con tales argucias. De tal suerte, en la página ocho, escribe Sarusky: Estábamos habituados a una clientela de viajeros taciturnos y a menudo insolentes, siempre con prisa, vestidos a la buena de Dios y poco interesados en ocultar las navajas, revólveres y dagas que les abultaban la cintura o sobresalían por el pliegue de sus bolsillos.Las Brisas del Lago era tal vez la cantina más abigarrada y pintoresca del país, y nosotros los taberneros más discretos del mundo. Por allí, por el camino del oro, desfilaba la gente más loca, aventurera y delirante que había pisado la región desde los tiempos de la Conquista.También está otro ingrediente decisivo: el lado erótico, tan bien guiado por el narrador. Así, en la página 126, el atractivo personaje de Cathy Biglass, o Catalina la Candela, se presenta al lector como «feliz propietaria de Las Muchachas de Cathy, la casa más alegre y divertida de San Francisco y los alrededores». Ella, «la pelirroja más explosiva de todo el Far West» cautiva a todos y, en especial, al «apuesto capitán Jeremías Roper». Por ello, narra:Él me musitaba que al encontrarme, como tocado por una varita mágica, la del amor eterno, se estrenaba como el hombre más dichoso del planeta, pero yo que no, que no era así, que era yo, al tenerlo a él, la mujer más feliz y nadie en el mundo tenía mi suerte. Y así discutíamos y reñíamos, horas y horas, acercándonos y alejándonos y volviendo a acercarnos. Besándonos y mordiéndonos, desnudándonos y besándonos y arañándonos y otra vez nos besábamos y nos abrazábamos, y así rodábamos, los cuerpos fundidos en un sorprendente número ocho, después el once, y otras figuras aritméticas y geométricas que inventábamos en la suave alfombra persa.
Primero con la publicación de Un hombre providencial y ahora con el Premio Nacional de Literatura, se reconoce la trayectoria de Jaime Sarusky, narrador de fondo. Por tanto, por todo, sugiero a los lectores de mi columna la lectura de esta atrayente novela.

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