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Por Eliseo Diego

 


Tu conversación tenía la fidelidad apacible de las telas
que te he visto coser de tarde a tarde
sentada justamente a la profunda orilla de la brisa.

Las paredes añiles como el tiempo, las plateadas cazuelas, te sirvieron

lo mismo que la luz antigua de la luna
para la sorda caverna que tus días ahondan. Cómo, desde cuándo

estás así en tu sitio, coses, o hablas
con un rumor confuso, inmemorial, que apenas rozan
las sandalias adornadas con minuciosas letras,
el cascabel de la púrpura, o el pie inmensamente desnudo. Y yo alababa

las blancas telas en tu falda, la tranquila
dureza de sus manos, mi señora, mientras tú
sonriendo en el silencio repasas los poderosos hilos de la sombra.

Una tarde mi abuela
Tuvo sus años en la mano
como un encaje,
y luego

se ha dormido.
Yo busco
sus trabajos —armarios
hondos, corredores!—
y no encuentro

sino a mi madre, que cose
a la sombra de casa
un pañuelo tan leve,
tan delgado


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Actualizada: 29 de mayo/2006