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LA BATALLA DEL LÁPIZ Y EL MACHETE

Un testimonio de Elio Delgado Legón

La batalla por el diferencial azucarero, en diciembre de 1955, es un ejemplo de unidad entre los movimientos obrero y estudiantil, que abarcó a todo el país y logró, si no todo lo que pedían, al menos una parte importante.

Desde principios de diciembre, los trabajadores comenzaron a reclamar el pago del diferencial al que tenían derecho, pues durante el año el azúcar se había vendido a un precio superior al tomado como base para el pago de los salarios de la zafra anterior.

José Antonio Echeverría se encontraba detenido en el Castillo del Príncipe y hasta allá fueron a verlo los dirigentes obreros para recabar el apoyo del estudiantado. El dirigente estudiantil informó a su organización que participarían en la huelga azucarera, como un gesto solidario entre estudiante y obreros, y con este objetivo, los principales dirigentes de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) partieron hacia sus provincias de procedencia.

Fue en Santo Domingo, Las Villas, (actual Villa Clara) lugar de nacimiento de Fructuoso Rodríguez y zona eminentemente cañera, con tres centrales azucareros, donde se produjeron las acciones más destacadas de la huelga.

El 24 de diciembre, el ambiente estaba tenso, pues todas las labores de reparación en los centrales se habían detenido. Fructuoso llegó por la tarde y se dirigió a casa de su tía. Allí lo esperaba yo y estuvimos conversando sobre la situación. Después de la cena de Nochebuena, coordinó conmigo para que citara a una reunión la tarde siguiente, a los compañeros más activos en la lucha contra la tiranía de Batista.

La reunión se efectuó en la casa de Celestino Roa(Machito) la tarde-noche del 25 de diciembre, disimulada detrás de un altar de la Virgen de la Caridad, con velas encendidas, que se puso frente a la puerta de la calle para justificar la afluencia de personas.

Fructuoso explicó la necesidad de la lucha para apoyar a los trabajadores azucareros y para demostrarle a la tiranía de lo que era capaz el pueblo organizado. De allí salió cada uno con su tarea.

A la mañana siguiente, mis compañeros y yo comenzamos a incendiar neumáticos en plena Carretera Central, a todo lo largo de la ciudad, a lo cual se sumó parte del pueblo colocando otros obstáculos y rompiendo botellas para que no pudiera transitar ningún vehículo.

Los comercios cerraron y Santo Domingo se declaró «ciudad muerta» durante todo el día 26, aunque ya por la tarde, la policía y la guardia rural obligaron a algunos pobladores a limpiar la carretera para que se pudiera reanudar el tránsito.

El día 27 amaneció igualmente tenso. Los principales dirigentes azucareros, entre ellos Conrado Bécquer y Conrado Rodríguez, se protegían en la iglesia para evitar ser detenidos. Fructuoso fijó su cuartel general en casa de Antonio Martínez, un chofer de la galletería Henry. Allí íbamos a verlo para recibir instrucciones.

Para ese día por la tarde se organizó una manifestación que debía salir de la esquina del parque y avanzar por la calle central con rumbo al cuartel de la guardia rural, al otro extremo del pueblo.

Fructuoso llegó con una gorra de chofer que le prestó Manolo y se puso al frente de la manifestación. Cogidos del brazo, íbamos en primera fila, en el centro, Fructuoso, Machito Roa y yo, además de otros compañeros de los más combativos. Detrás se fue sumando pueblo, hasta constituir un grupo bastante numeroso.

Así avanzamos casi dos cuadras, porque en la segunda esquina nos esperaban varios carros repletos de policías y guardias rurales con armas largas y machetes desenvainados.

Comenzaron a tirar al aire y avanzar contra nosotros blandiendo los machetes. La manifestación se dispersó y Fructuoso tomó por una calle a la derecha, pero al tratar de entrar a una casa para protegerse, le cerraron la puerta y allí lo alcanzó la guardia rural. Le dieron un culatazo en la sien y lo detuvieron. Después, le pusieron una venda en la herida, lo llevaron para el cuartel, y lo sentaron en el vestíbulo a esperar que levantaran el acta.

Yo me había guarecido en uno de los portales y desde allí pude ver todo lo que estaba ocurriendo, pero no me detuvieron.

Como yo trabajaba casi frente al cuartel, algunos guardias, entre ellos el cabo de carpeta, me conocían y me consideraban inofensivo. Al acercarme al cuartel, vi a Fructuoso. Me acerqué al Cabo de carpeta que había quedado de posta en la puerta y le pedí permiso para hablar con el detenido.

Para mi sorpresa, me permitió entrar y me dijo que saliera rápido antes que llegara el teniente. Entré y conversé con Fructuoso sobre las cosas que quedaban pendientes por hacer, como una proclama que debía imprimirse y repartirse.

Luego, a Fructuoso lo trasladaron para Santa Clara, donde fue puesto a disposición del tribunal de urgencias y recluido en la cárcel provincial, en espera del juicio. En días posteriores fui a visitarlo a la cárcel para informarle lo que habíamos hecho.

Fructuoso permaneció en la cárcel hasta la celebración del juicio en la audiencia de Santa Clara, el 10 de enero de 1956, en el que fue sancionado a 50 cuotas de un peso.

De regreso para La Habana, pasó por Santo Domingo a despedirse de su familia y de los compañeros que habían participado en las acciones de la huelga. A mí me encontró en la calle y me dio un fuerte abrazo. Fue la última vez que visitó a Santo Domingo y la última vez que lo vi.

 

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Actualizada: 20 de octubre/2006