Dossier
de Investigación
LA
DROGA Y LOS JÓVENES EN CUBA
VIVIR
SIN ELLAS
Los
Caminos
Por
Hilario Rosete Silva
Numerosas
operaciones de narcotráfico
internacional ocurren en aguas próximas
al archipiélago cubano. La
mayoría se dirige a Estados
Unidos, mas nadie dudaría
de que algunas oculten segundas
intenciones: tocar Cuba. En efecto,
restos de esas maniobras recalan
en las costas. Dichos recalos son
escamoteados por individuos inescrupulosos
que, en su afán de lucro,
sirven a los intereses de la delincuencia
foránea: usarnos cual ruta
de tránsito y establecer
aquí un mercado furtivo.
El editorial «Impostergable
combate para defender el presente
y el futuro» (Granma, 10/01/03),
patentizó la aptitud de la
Isla para extirpar este cáncer.
Alma Mater igual
presentó armas: investigó
la apreciación del riesgo
del consumo de drogas entre los
jóvenes, el alcance del control
en el rescate de los drogadictos,
el nexo drogas-«amistades»,
la responsabilidad individual y
colectiva, los supuestos beneficios
de las drogas, su alianza con el
delito, y las fortalezas y debilidades
de la campaña antidrogas
cubana. Para no errar el tiro, entrevistó
a los psicólogos María
E. Ortiz (1951), especialista de
la Vicedirección Ambulatoria
del Hospital Psiquiátrico
de La Habana, fundadora y responsable
del Programa de Recuperación
del Toxicómano, y Abel Ponce
(1976), profesor de la Facultad
de Psicología de la Universidad
de La Habana (UH); al joven Doctor
en Ciencias Alberto B. G. (1972),
así profesor, pero de otra
facultad de la UH; y a los adictos
en recuperación Yaliam F.
L. (1984), recién graduada
de un conservatorio habanero, y
Julio D. E. (1972), ex-guía
de Turismo y licenciado en Lengua
y Literatura Inglesas (los tres
últimos pidieron cambiar
sus nombres). Hoy publicamos el
fruto de ese estudio. Este reportaje,
dividido en partes, todas bajo el
epígrafe de «Vivir
sin ellas», y con títulos
y subtítulos que recorren
la letra de la conocida pieza Los
caminos, del cantautor cubano Pablo
Milanés, responde a preguntas
elementales y complejas: ¿Carecen
los adictos de valores humanos?
¿Cómo es posible que
unas personas lleguen a consumir
y otras no? ¿Por qué
existen las drogas? ¿En virtud
de cuáles circunstancias
se han convertido, en este instante,
en una novedad? «El que tenga
oídos para oír, que
oiga...» (Lc. 14, 35.) |
Los
caminos no se hicieron solos
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«Antes
de 1959 las drogas en la Isla, mucha marihuana
y menos coca, rondaban las esquinas.»
«La Revolución barrió
el mal.» «Cuatro décadas
después la plaga halló caldo
de cultivo.» «Últimamente
brotó un incipiente mercado.»
Los juicios señalaban a un verdugo
moderno del planeta. Los jóvenes
preguntaban por qué las drogas
en Cuba, después de ser barridas,
renacían de sus cenizas. Odiadas
por la familia y prohibidas por el Estado,
de nuevo podían conseguirse; ciertos
sujetos sostenían su tránsito,
las consumían, y se las proponían
a otros. El deseo de probar y “ser
parte” incitó a varios a
tantear el camino, pese a su sospecha
de que se moverían en el fango.
Por fortuna la mayoría pasó
de largo. Alberto B. G., de 31 años,
vecino del municipio de Playa, personifica
al joven que corrió el riesgo de
consumir drogas y sin embargo no lo hizo.
Un jueves de julio nos recibió
en su casa. Alma Mater
llevó la grabadora y varias paquitas
de... ¡té! El mismo Alberto
preparó la infusión.
—¿Cuántas
veces fuiste tentado? (Puso apenas una
cucharada de azúcar en el líquido
hirviente y hundió la mirada en
el pasado).
—Primero, cuando entre 13 y 15 años
hacía pesas en casa de un amigo.
Allí se decía que ciertas
sustancias agrandaban los músculos.
Si me hubiese caído una en las
manos, quizás la habría
empleado. Pero no sucedió, y me
alegro: no es lo que quiero para mí.
Otro momento –agregó
con la taza en el aire– fue
entre el preuniversitario y la universidad.
Leí Las enseñanzas de
Don Juan, libro de Carlos Castaneda
[antropólogo y escritor latino-estadounidense
(Cajamarca, Perú, 1925-California,
Estados Unidos, 1998)] y conocí
al Chamán yaqui (etnia habitante
a lo largo del río homónimo
en el Estado mexicano de Sonora),
a Mescalito (espíritu del «toloache»
–Datura inoxia–, hierba de
propiedades narcóticas) y
a Humito (alma del «pajarito»
–Psilocibe mexicana– hongo
contentivo de alcaloides perturbadores
del Sistema Nervioso Central). El
protagonista, para obtener el conocimiento
de las plantas medicinales y alucinógenas
usadas por los indígenas, devino
aprendiz de brujo, vivió realidades
no ordinarias bajo su efecto y siguió
el dudoso «camino del guerrero».
Entonces llegué a creer que usando
esas drogas yo también triunfaría
sobre el miedo, el dolor, la enfermedad
o la decadencia y me convertiría
en «hombre sabio»: ¡pura
ingenuidad!
“Igual debo contar mi experiencia
en España hace cuatro años
–añadió, sorbiendo
a trancos la bebida–. Compartí
el piso con un universitario alemán,
y era normal que él hirviera «algo»
en una cuchara y después lo inhalara.
También era usual que en un encuentro
con amigos españoles algunos fumaran
marihuana y una vez sentí curiosidad
y probé. Pero no pasé de
ahí: me dominó la idea de
que podría dejarme alguna secuela.
Debo cuidar mi cuerpo, mi cerebro, mi
sistema nervioso, cualquier percance que
me ocurra, al primero y al único
que le impedirá alcanzar sus metas
es a mí.”
El
verbo de Alberto revelaba los resortes
que lo separaron de las drogas. Cuando
hizo pesas, bien no aparecieron aquellas
sustancias o bien no tuvo ni la energía
ni el interés suficientes para
falsear recetas, comprarlas en la farmacia
y comenzar a tomarlas. Se puso a estudiar,
a leer, y la furia de los «hierros»
pasó. Luego, cuando leyó
Las enseñanzas...,
tampoco contó con los medios o
la oportunidad de viajar al desierto mexicano
en busca de las hierbas. Pero sus vivencias
en España no obedecieron tanto
a las circunstancias externas como a la
fuerza de su voluntad y convicción.
Fue una persona adulta, un graduado universitario,
quien, con más conocimiento, decidió
no consumir, aunque las drogas lo rozaran:
«Tenía otros proyectos –subrayó,
y se sirvió más té–,
una maestría, un doctorado, quería
comerme el mundo, pero obteniendo resultados
científicos: el consumo de drogas
nunca sería el camino para alcanzarlos.»
CUANDO
EL HOMBRE DEJÓ DE ARRASTRARSE
Alberto no supo precisar en qué
momento ya tuvo formada esa opinión,
cuándo llegó a ese convencimiento,
pero se alejó del simplismo al
responder a la pregunta de si alguna vez
pensó en que no sería grave
experimentar el cacareado placer de las
drogas con un consumo aislado: «El
hecho de que lo pensara o no lo pensara,
no garantizaba que estuviese en lo cierto.
El hecho de que pensara que no me iba
a enganchar y que un consumo aislado no
era nocivo, no aseguraba que no me engancharía.
Preferí más información,
y como casi siempre su búsqueda
nunca termina, nunca pude asegurar que
tomar drogas no me sería dañino:
elegí ser escéptico y no
me autoconvencí de que en pequeñas
dosis las drogas son inofensivas.»
Convicción, madurez, claridad de
objetivos, voluntariedad, mayor información
y mejor conocimiento, son estados, preceptos
o facultades influyentes en la apreciación
del riesgo del consumo de drogas. Sobre
una de ellas, el conocimiento, abundaría
11 días más tarde, en su
casa de El Vedado, igual bebiendo té,
el adicto en recuperación Julio
D. E., nacido en el mismo año que
Alberto, pero atrapado por las drogas
cuando cumplió los 27. Pudo rehusarse
cuando le ofertaron cocaína y no
lo hizo. Lo manipularon y se dejó
manipular. ¿Es responsable o inocente?
El Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas
reconoció sus errores y respondió
con humildad:
—Por mi nivel educacional y cultural
alardeaba de sabihondo, mas no tenía
ni idea del riesgo que iba a correr. Hoy
sé que para tomar decisiones es
preciso tener conocimiento, pero conocer
no es solo lanzarse a hacer o ponerse
a ensayar. Si un taller se aprende trabajando
y se trabaja aprendiendo, en las drogas
la trampa está en probar. Aquí
conocer significa educarse, leer, reflexionar,
interiorizar, hacer propias las buenas
opiniones y normas de conducta. En aquel
tiempo yo era de los que pensaba, «si
no pruebo nunca sabré qué
cosa es», pero en las drogas esa
máxima te traiciona, es como decir,
«nunca me he muerto, voy a probar
matarme para ver lo que se siente».
La tesis de Julio nos recordó la
fábula del ave que intentó
vivir sin comer hasta que... se murió
de hambre. Con pasmosa llaneza él
tradujo al lenguaje común la explicación
técnica que sobre el concepto de
apreciación del riesgo del consumo
de drogas nos había dado antes
su doctora María Esther, quien
además funge como coordinadora
del Grupo Asesor de la Divulgación
del Tema de las Drogas: «Es un proceso
de captación, relación y
formación de ideas que no debe
identificarse con el mero hecho de poseer
información. Se impone una interiorización,
cognitiva y afectiva, para que el individuo,
sin desorganizar su proceder ni enajenarse
del medio, se movilice hacia conductas
protectoras. Cuando una persona sienta
que también ella puede ser víctima
de las drogas, y a la vez repare en que
eso no debería de sucederle, entonces
sabrá qué hacer en cada
momento y alejará su vida de ellas.»
Pero Julio no había terminado.
Hallarse ahora en un proceso de recuperación,
después de vivir años en
las tinieblas de las drogas, le permitió
pasar de licenciado a juez de sí
mismo, oportuno y crítico, para
bien de quienes saben escuchar.
“Con el nivel educacional y cultural
logrado me sentí adulto. La enseñanza
occidental suele conducir a ese estado
de suficiencia. Pero de la aptitud para
realizar una cosa al alarde y el engreimiento
solo hay un paso. Pensé que podía
comerme el mundo, «me las sabía
todas», y coqueteando con las drogas
vinieron las equivocaciones. ¿Moraleja?
Para enfrentar la vida se necesita algo
más que instrucción y educación.
Hoy comprendo mejor qué significa
ser un hombre culto, íntegro. Un
hombre así nunca se dejaría
esclavizar. Las drogas te llevan a la
esclavitud, al desequilibrio, te separan
de los demás, te hacen perder la
fe y la opinión propias, te convierten
en un muñeco”.
—¿Cómo
explicarías que cualquiera puede
ser víctima de semejante engaño?
—Hablando de sutilezas. El adjetivo
sutil se aplica a todo lo que es de poca
intensidad pero de gran penetración,
como los perfumes, o a todo lo ingenioso,
como el talento de ciertas personas. ¡Así
son las drogas: sutiles! Mientras no me
dominaron estuve casado, viví en
una familia normal y amé y realicé
mi trabajo a plenitud. Pero después
que las probé mi vida corrió
cuesta abajo. Ahí está el
problema: uno no sabe cuándo ni
dónde, pero te atrapan, se instalan
en tu mente, te obsesionan, no puedes
manipularlas, ellas te manipulan a ti.
El «enganche» se establece
en días, meses o años. La
sutileza de las drogas radica en tener
todo el tiempo a su favor. El consumidor
de drogas tarde o temprano quedará
enganchado, se enfermará, y dejará
de ser quien fue.
Por desgracia Julio no fue el único
joven herido por las drogas. Pero felizmente
Alberto tampoco fue el único que
pasó de largo. Abel Ponce, cuatro
años menor, hoy Licenciado en Psicología,
en su día colaborador y condiscípulo
de María E. Ortiz, aunque de una
etapa posterior, y, junto a ella, miembro
del equipo asesor para la recuperación
de los drogadictos, «bailó
en casa del trompo». So pena de
no escribir la tesis Los enigmas de las
drogas. Una aproximación a su representación
social, penetró a un grupo de drogodependientes,
léase se adentró en su mundo
e intentó comprenderlos.
LOS
CAMINOS FUERON A ENCONTRARSE
Enfrentado a una alta carga de trabajo,
talmente favorecido con el don de ubicuidad
y, por lo mismo, difícil de localizar,
osamos llegar a casa de Abel cuando Centro
Habana miraba La película del sábado
(espacio fílmico televisivo) y
quedamos en vernos al inicio de la próxima
semana. El lunes, a la hora del matutino,
arribamos a la escuela de trabajadores
sociales donde él ejerce docencia,
y en un pasillo, de pie, sin té
ni protocolo, registramos su testimonio.
“El fenómeno de las drogas
venía abordándose en Cuba
de forma positivista, sujeta a realidades
o experiencias objetivas, a través
de encuestas, historias clínicas
o entrevistas a pacientes que, recluidos
en instituciones, ofrecían una
mirada superada del problema. Pero yo
realicé una investigación
de campo, en el terreno, entre grupos
de adictos, única hasta ese momento,
y para lograr mi objetivo me apoyé
en los llamados informantes claves: miembros
dispuestos a servir de mediadores en el
acercamiento científico.”
—Como cualquier conglomerado,
ellos tendrían sus «reglas
de asociación»...
—Por supuesto, y la del consumo
de drogas fue una norma que nunca cumplí.
Mientras se forjaban los lazos de amistad
o pertenencia, me presionaron para inducirme
a él. Fue un empuje sutil, no explícito,
que me enviaba señales de rechazo
para coaccionarme.
—¿Claudicaste? ¿Tuviste
dudas?
—Debía concluir el ejercicio
docente en un tiempo escaso de por sí.
Si cumplía la norma grupal las
cosas iban a facilitárseme. Si
mantenía la máxima de no
consumir no podría profundizar
mucho. Ante la disyuntiva hablé
con María Esther. Ella me aconsejó:
«Es un acto de elección.
Puedes pasar de investigador a conejillo
de indias.» Con medios propios y
con ayuda de los informantes, hice valer
mi profesionalismo. Logré negociar
un lugar y eludí el consumo: tengo
conocimiento y vocación para la
música y el manejo de equipos audiovisuales,
me convertí en su disk jockey,
procurador de la música de sus
actividades, fui aceptado, y comencé
a trabajar, al unísono, en el área
de mi interés.
—¿Excelencia profesional
contra artificio?
—Todo investigador que tuviese clara
su posición habría hecho
lo mismo. Para lograr su objetivo el experto
debe saber pactar, convenir, reajustarse,
comprometerse. Yo fui clínico,
me relacioné con la práctica
de mi especialidad. Eso me ayudó
a darme cuenta de hasta dónde podía
llegar y en qué punto no debía
ceder. No estaba ahí para divertirme,
pasarla bien o hacerme amigo de los drogadictos.
Me movían razones investigativas.
Si hubiese cedido les habría hecho
daño, los habría defraudado.
—Pensaste en el daño
que podías infligirles, pero nunca
en el que pudiste causarte a ti mismo
si por avanzar rápido en la investigación
hubieses consumido drogas...
Eso explica todo: Al ir hacia ellos ya
sabía que no consumiría.
Mi duda profesional, ligada al deseo de
progresar rápido en la escritura
de la tesis, se resolvió precisamente
con madurez profesional, lo cual reafirma
que la claridad de objetivos, la integridad,
una mayor información y un mejor
conocimiento, influyen en la apreciación
del riesgo del consumo. No pensé
en el daño que podía infligirme
porque iba decidido a no consumir. De
ahí se infiere que antes de esa
experiencia ni quise ni tuve ningún
nexo con las drogas. Al final hice los
cálculos que haría cualquier
investigador conocedor de su campo al
abordar una problemática social.
A nadie se le ocurre, otro ejemplo, para
investigar una comunidad de homosexuales,
cambiar su orientación sexual.
La réplica de la próxima
pregunta que le hicimos a Abel fue a caer,
con el fragor típico del cañonazo
de las nueve, en el campo de las penas
sufridas por la sociedad debido a la frecuencia
con que, en busca de sus metas, elige
caminos supuestamente expeditos:
—¿Otro investigador
habría caído en la trampa
de las drogas?
—Es el riesgo que corren los investigadores
sociales, sobre todo jóvenes: exponerse
demasiado y transgredir los límites.
Yo escogí el camino más
largo, busqué mi espacio dentro
del grupo y no consumí. Por transitar
los caminos más cortos algunos
van a parar a un punto opuesto, mientras
otros, impacientes porque el tren se detuvo,
se bajan en la parada de la drogadicción
y la confunden con el fin del viaje...
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