Actualizada el día 13 de octubre/2003
 

Dossier de Investigación

LA DROGA Y LOS JÓVENES EN CUBA

VIVIR SIN ELLAS


Los Caminos

Por Hilario Rosete Silva

Numerosas operaciones de narcotráfico internacional ocurren en aguas próximas al archipiélago cubano. La mayoría se dirige a Estados Unidos, mas nadie dudaría de que algunas oculten segundas intenciones: tocar Cuba. En efecto, restos de esas maniobras recalan en las costas. Dichos recalos son escamoteados por individuos inescrupulosos que, en su afán de lucro, sirven a los intereses de la delincuencia foránea: usarnos cual ruta de tránsito y establecer aquí un mercado furtivo. El editorial «Impostergable combate para defender el presente y el futuro» (Granma, 10/01/03), patentizó la aptitud de la Isla para extirpar este cáncer. Alma Mater igual presentó armas: investigó la apreciación del riesgo del consumo de drogas entre los jóvenes, el alcance del control en el rescate de los drogadictos, el nexo drogas-«amistades», la responsabilidad individual y colectiva, los supuestos beneficios de las drogas, su alianza con el delito, y las fortalezas y debilidades de la campaña antidrogas cubana. Para no errar el tiro, entrevistó a los psicólogos María E. Ortiz (1951), especialista de la Vicedirección Ambulatoria del Hospital Psiquiátrico de La Habana, fundadora y responsable del Programa de Recuperación del Toxicómano, y Abel Ponce (1976), profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana (UH); al joven Doctor en Ciencias Alberto B. G. (1972), así profesor, pero de otra facultad de la UH; y a los adictos en recuperación Yaliam F. L. (1984), recién graduada de un conservatorio habanero, y Julio D. E. (1972), ex-guía de Turismo y licenciado en Lengua y Literatura Inglesas (los tres últimos pidieron cambiar sus nombres). Hoy publicamos el fruto de ese estudio. Este reportaje, dividido en partes, todas bajo el epígrafe de «Vivir sin ellas», y con títulos y subtítulos que recorren la letra de la conocida pieza Los caminos, del cantautor cubano Pablo Milanés, responde a preguntas elementales y complejas: ¿Carecen los adictos de valores humanos? ¿Cómo es posible que unas personas lleguen a consumir y otras no? ¿Por qué existen las drogas? ¿En virtud de cuáles circunstancias se han convertido, en este instante, en una novedad? «El que tenga oídos para oír, que oiga...» (Lc. 14, 35.)

Los caminos no se hicieron solos

«Antes de 1959 las drogas en la Isla, mucha marihuana y menos coca, rondaban las esquinas.» «La Revolución barrió el mal.» «Cuatro décadas después la plaga halló caldo de cultivo.» «Últimamente brotó un incipiente mercado.»
Los juicios señalaban a un verdugo moderno del planeta. Los jóvenes preguntaban por qué las drogas en Cuba, después de ser barridas, renacían de sus cenizas. Odiadas por la familia y prohibidas por el Estado, de nuevo podían conseguirse; ciertos sujetos sostenían su tránsito, las consumían, y se las proponían a otros. El deseo de probar y “ser parte” incitó a varios a tantear el camino, pese a su sospecha de que se moverían en el fango. Por fortuna la mayoría pasó de largo. Alberto B. G., de 31 años, vecino del municipio de Playa, personifica al joven que corrió el riesgo de consumir drogas y sin embargo no lo hizo. Un jueves de julio nos recibió en su casa. Alma Mater llevó la grabadora y varias paquitas de... ¡té! El mismo Alberto preparó la infusión.

—¿Cuántas veces fuiste tentado? (Puso apenas una cucharada de azúcar en el líquido hirviente y hundió la mirada en el pasado).
—Primero, cuando entre 13 y 15 años hacía pesas en casa de un amigo. Allí se decía que ciertas sustancias agrandaban los músculos. Si me hubiese caído una en las manos, quizás la habría empleado. Pero no sucedió, y me alegro: no es lo que quiero para mí. Otro momento –agregó con la taza en el aire– fue entre el preuniversitario y la universidad. Leí Las enseñanzas de Don Juan, libro de Carlos Castaneda [antropólogo y escritor latino-estadounidense (Cajamarca, Perú, 1925-California, Estados Unidos, 1998)] y conocí al Chamán yaqui (etnia habitante a lo largo del río homónimo en el Estado mexicano de Sonora), a Mescalito (espíritu del «toloache» –Datura inoxia–, hierba de propiedades narcóticas) y a Humito (alma del «pajarito» –Psilocibe mexicana– hongo contentivo de alcaloides perturbadores del Sistema Nervioso Central). El protagonista, para obtener el conocimiento de las plantas medicinales y alucinógenas usadas por los indígenas, devino aprendiz de brujo, vivió realidades no ordinarias bajo su efecto y siguió el dudoso «camino del guerrero». Entonces llegué a creer que usando esas drogas yo también triunfaría sobre el miedo, el dolor, la enfermedad o la decadencia y me convertiría en «hombre sabio»: ¡pura ingenuidad!
“Igual debo contar mi experiencia en España hace cuatro años –añadió, sorbiendo a trancos la bebida–. Compartí el piso con un universitario alemán, y era normal que él hirviera «algo» en una cuchara y después lo inhalara. También era usual que en un encuentro con amigos españoles algunos fumaran marihuana y una vez sentí curiosidad y probé. Pero no pasé de ahí: me dominó la idea de que podría dejarme alguna secuela. Debo cuidar mi cuerpo, mi cerebro, mi sistema nervioso, cualquier percance que me ocurra, al primero y al único que le impedirá alcanzar sus metas es a mí.”

El verbo de Alberto revelaba los resortes que lo separaron de las drogas. Cuando hizo pesas, bien no aparecieron aquellas sustancias o bien no tuvo ni la energía ni el interés suficientes para falsear recetas, comprarlas en la farmacia y comenzar a tomarlas. Se puso a estudiar, a leer, y la furia de los «hierros» pasó. Luego, cuando leyó Las enseñanzas..., tampoco contó con los medios o la oportunidad de viajar al desierto mexicano en busca de las hierbas. Pero sus vivencias en España no obedecieron tanto a las circunstancias externas como a la fuerza de su voluntad y convicción. Fue una persona adulta, un graduado universitario, quien, con más conocimiento, decidió no consumir, aunque las drogas lo rozaran: «Tenía otros proyectos –subrayó, y se sirvió más té–, una maestría, un doctorado, quería comerme el mundo, pero obteniendo resultados científicos: el consumo de drogas nunca sería el camino para alcanzarlos.»

CUANDO EL HOMBRE DEJÓ DE ARRASTRARSE
Alberto no supo precisar en qué momento ya tuvo formada esa opinión, cuándo llegó a ese convencimiento, pero se alejó del simplismo al responder a la pregunta de si alguna vez pensó en que no sería grave experimentar el cacareado placer de las drogas con un consumo aislado: «El hecho de que lo pensara o no lo pensara, no garantizaba que estuviese en lo cierto. El hecho de que pensara que no me iba a enganchar y que un consumo aislado no era nocivo, no aseguraba que no me engancharía. Preferí más información, y como casi siempre su búsqueda nunca termina, nunca pude asegurar que tomar drogas no me sería dañino: elegí ser escéptico y no me autoconvencí de que en pequeñas dosis las drogas son inofensivas.»
Convicción, madurez, claridad de objetivos, voluntariedad, mayor información y mejor conocimiento, son estados, preceptos o facultades influyentes en la apreciación del riesgo del consumo de drogas. Sobre una de ellas, el conocimiento, abundaría 11 días más tarde, en su casa de El Vedado, igual bebiendo té, el adicto en recuperación Julio D. E., nacido en el mismo año que Alberto, pero atrapado por las drogas cuando cumplió los 27. Pudo rehusarse cuando le ofertaron cocaína y no lo hizo. Lo manipularon y se dejó manipular. ¿Es responsable o inocente? El Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas reconoció sus errores y respondió con humildad:
—Por mi nivel educacional y cultural alardeaba de sabihondo, mas no tenía ni idea del riesgo que iba a correr. Hoy sé que para tomar decisiones es preciso tener conocimiento, pero conocer no es solo lanzarse a hacer o ponerse a ensayar. Si un taller se aprende trabajando y se trabaja aprendiendo, en las drogas la trampa está en probar. Aquí conocer significa educarse, leer, reflexionar, interiorizar, hacer propias las buenas opiniones y normas de conducta. En aquel tiempo yo era de los que pensaba, «si no pruebo nunca sabré qué cosa es», pero en las drogas esa máxima te traiciona, es como decir, «nunca me he muerto, voy a probar matarme para ver lo que se siente».
La tesis de Julio nos recordó la fábula del ave que intentó vivir sin comer hasta que... se murió de hambre. Con pasmosa llaneza él tradujo al lenguaje común la explicación técnica que sobre el concepto de apreciación del riesgo del consumo de drogas nos había dado antes su doctora María Esther, quien además funge como coordinadora del Grupo Asesor de la Divulgación del Tema de las Drogas: «Es un proceso de captación, relación y formación de ideas que no debe identificarse con el mero hecho de poseer información. Se impone una interiorización, cognitiva y afectiva, para que el individuo, sin desorganizar su proceder ni enajenarse del medio, se movilice hacia conductas protectoras. Cuando una persona sienta que también ella puede ser víctima de las drogas, y a la vez repare en que eso no debería de sucederle, entonces sabrá qué hacer en cada momento y alejará su vida de ellas.»
Pero Julio no había terminado. Hallarse ahora en un proceso de recuperación, después de vivir años en las tinieblas de las drogas, le permitió pasar de licenciado a juez de sí mismo, oportuno y crítico, para bien de quienes saben escuchar.
“Con el nivel educacional y cultural logrado me sentí adulto. La enseñanza occidental suele conducir a ese estado de suficiencia. Pero de la aptitud para realizar una cosa al alarde y el engreimiento solo hay un paso. Pensé que podía comerme el mundo, «me las sabía todas», y coqueteando con las drogas vinieron las equivocaciones. ¿Moraleja? Para enfrentar la vida se necesita algo más que instrucción y educación. Hoy comprendo mejor qué significa ser un hombre culto, íntegro. Un hombre así nunca se dejaría esclavizar. Las drogas te llevan a la esclavitud, al desequilibrio, te separan de los demás, te hacen perder la fe y la opinión propias, te convierten en un muñeco”.

—¿Cómo explicarías que cualquiera puede ser víctima de semejante engaño?
—Hablando de sutilezas. El adjetivo sutil se aplica a todo lo que es de poca intensidad pero de gran penetración, como los perfumes, o a todo lo ingenioso, como el talento de ciertas personas. ¡Así son las drogas: sutiles! Mientras no me dominaron estuve casado, viví en una familia normal y amé y realicé mi trabajo a plenitud. Pero después que las probé mi vida corrió cuesta abajo. Ahí está el problema: uno no sabe cuándo ni dónde, pero te atrapan, se instalan en tu mente, te obsesionan, no puedes manipularlas, ellas te manipulan a ti. El «enganche» se establece en días, meses o años. La sutileza de las drogas radica en tener todo el tiempo a su favor. El consumidor de drogas tarde o temprano quedará enganchado, se enfermará, y dejará de ser quien fue.
Por desgracia Julio no fue el único joven herido por las drogas. Pero felizmente Alberto tampoco fue el único que pasó de largo. Abel Ponce, cuatro años menor, hoy Licenciado en Psicología, en su día colaborador y condiscípulo de María E. Ortiz, aunque de una etapa posterior, y, junto a ella, miembro del equipo asesor para la recuperación de los drogadictos, «bailó en casa del trompo». So pena de no escribir la tesis Los enigmas de las drogas. Una aproximación a su representación social, penetró a un grupo de drogodependientes, léase se adentró en su mundo e intentó comprenderlos.

LOS CAMINOS FUERON A ENCONTRARSE
Enfrentado a una alta carga de trabajo, talmente favorecido con el don de ubicuidad y, por lo mismo, difícil de localizar, osamos llegar a casa de Abel cuando Centro Habana miraba La película del sábado (espacio fílmico televisivo) y quedamos en vernos al inicio de la próxima semana. El lunes, a la hora del matutino, arribamos a la escuela de trabajadores sociales donde él ejerce docencia, y en un pasillo, de pie, sin té ni protocolo, registramos su testimonio.
“El fenómeno de las drogas venía abordándose en Cuba de forma positivista, sujeta a realidades o experiencias objetivas, a través de encuestas, historias clínicas o entrevistas a pacientes que, recluidos en instituciones, ofrecían una mirada superada del problema. Pero yo realicé una investigación de campo, en el terreno, entre grupos de adictos, única hasta ese momento, y para lograr mi objetivo me apoyé en los llamados informantes claves: miembros dispuestos a servir de mediadores en el acercamiento científico.”

—Como cualquier conglomerado, ellos tendrían sus «reglas de asociación»...
—Por supuesto, y la del consumo de drogas fue una norma que nunca cumplí. Mientras se forjaban los lazos de amistad o pertenencia, me presionaron para inducirme a él. Fue un empuje sutil, no explícito, que me enviaba señales de rechazo para coaccionarme.

—¿Claudicaste? ¿Tuviste dudas?
—Debía concluir el ejercicio docente en un tiempo escaso de por sí. Si cumplía la norma grupal las cosas iban a facilitárseme. Si mantenía la máxima de no consumir no podría profundizar mucho. Ante la disyuntiva hablé con María Esther. Ella me aconsejó: «Es un acto de elección. Puedes pasar de investigador a conejillo de indias.» Con medios propios y con ayuda de los informantes, hice valer mi profesionalismo. Logré negociar un lugar y eludí el consumo: tengo conocimiento y vocación para la música y el manejo de equipos audiovisuales, me convertí en su disk jockey, procurador de la música de sus actividades, fui aceptado, y comencé a trabajar, al unísono, en el área de mi interés.

—¿Excelencia profesional contra artificio?
—Todo investigador que tuviese clara su posición habría hecho lo mismo. Para lograr su objetivo el experto debe saber pactar, convenir, reajustarse, comprometerse. Yo fui clínico, me relacioné con la práctica de mi especialidad. Eso me ayudó a darme cuenta de hasta dónde podía llegar y en qué punto no debía ceder. No estaba ahí para divertirme, pasarla bien o hacerme amigo de los drogadictos. Me movían razones investigativas. Si hubiese cedido les habría hecho daño, los habría defraudado.

—Pensaste en el daño que podías infligirles, pero nunca en el que pudiste causarte a ti mismo si por avanzar rápido en la investigación hubieses consumido drogas...
Eso explica todo: Al ir hacia ellos ya sabía que no consumiría. Mi duda profesional, ligada al deseo de progresar rápido en la escritura de la tesis, se resolvió precisamente con madurez profesional, lo cual reafirma que la claridad de objetivos, la integridad, una mayor información y un mejor conocimiento, influyen en la apreciación del riesgo del consumo. No pensé en el daño que podía infligirme porque iba decidido a no consumir. De ahí se infiere que antes de esa experiencia ni quise ni tuve ningún nexo con las drogas. Al final hice los cálculos que haría cualquier investigador conocedor de su campo al abordar una problemática social. A nadie se le ocurre, otro ejemplo, para investigar una comunidad de homosexuales, cambiar su orientación sexual.
La réplica de la próxima pregunta que le hicimos a Abel fue a caer, con el fragor típico del cañonazo de las nueve, en el campo de las penas sufridas por la sociedad debido a la frecuencia con que, en busca de sus metas, elige caminos supuestamente expeditos:

—¿Otro investigador habría caído en la trampa de las drogas?
—Es el riesgo que corren los investigadores sociales, sobre todo jóvenes: exponerse demasiado y transgredir los límites. Yo escogí el camino más largo, busqué mi espacio dentro del grupo y no consumí. Por transitar los caminos más cortos algunos van a parar a un punto opuesto, mientras otros, impacientes porque el tren se detuvo, se bajan en la parada de la drogadicción y la confunden con el fin del viaje...

 


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