HOMOSEXUALIDAD
EN CUBA
El precio de la diferencia
A
pesar de la sucesión generacional
y de importantes rupturas con el moralismo
machista que tuvieron lugar en los
últimos 40 años dentro
de la Isla, todavía pesan muchos
prejuicios y tabúes. La homosexualidad
–una elección no tan
minoritaria como algunos quisieran
creer- sigue siendo generalmente valorada
desde las trincheras del rechazo y
la condena, a pesar de que cada vez
son más las personas que deciden
no mantener oculta su orientación
homosexual. |
Equipo
de Investigaciones Alma Mater
Contáctenos
en Redacción
Digital
Fotos
Sergio Abel
| «La
verdad que hace a los hombres libres
es la que la mayoría prefiere
no oír», Herbert
Agar, sexólogo norteamericano
|

|
Entre
muchos cubanos, aceptar
ciertas expresiones de la diversidad social
sigue siendo un trago difícil. A
pesar de la sucesión generacional
y de importantes rupturas con el moralismo
machista que tuvieron lugar en los últimos
40 años dentro de la Isla, todavía
pesan prejuicios y tabúes. La homosexualidad,
por ejemplo, continúa valorándose
generalmente (con más o menos refinamiento)
desde las trincheras del rechazo y la condena,
a pesar de que cada vez son más las
personas que deciden no mantener oculta
su orientación homosexual.
Aún así, no son pocos los
que coinciden en decir que a partir de los
90, la sociedad cubana ganó en tolerancia
con respecto al homosexualismo, y se ha
llegado a hablar incluso de un “destape”,
concepto que –al decir de los especialistas-
encierra en sí mismo una alta dosis
de prejuicio, a la vez que expresa una relativa
apertura social al tema.
Sin embargo, la más benévola
y quizá frecuente reacción
social ante las expresiones de la homosexualidad,
parece ser la indiferencia. “Yo no
estoy en contra, pero tampoco estoy a favor;
mientras no se metan conmigo...” decía
un entrevistado sin percibir probablemente
cuán bien graficaban sus palabras
la “apatía” social alrededor
del asunto.
“No
creo que en realidad se trate de indiferencia”,
comentaba otra persona consultada que prefirió
no dar a conocer su nombre. “Tras
esa apatía se esconde el temor a
aceptar la diferencia, el miedo a que te
confundan tan solo por hablar un poco más
a fondo del tema. Desentenderse me parece
un poco cobarde, y es una fórmula
para no parecer cromagnon, pero también
para que nadie pueda pensar que estás
defendiendo a los homosexuales, aceptándolos.”
A través de ese rechazo vestido de
“no me importa”, podrían
explicarse reacciones como la de la primera
persona de orientación homosexual
que entrevistó Alma Mater digital:
“¿Para qué hablar de
eso? ¿A quién diablos le interesa?
¿Qué vas a resolver con eso?”.
“Dibújate
un plano de tu deseo y vive en él”
Otros criterios menos airados, reflejaron
conformidad, descontento, resignación.
Pedro Rojas es un hombre de 44 años
que gusta de hacer vida hogareña,
y que tiene un trabajo donde se siente útil,
responsable y celebrado, pero prefiere que
lo traten y respeten en vez de por su “buen
carácter” y su “sensibilidad”,
por su conducta como ser humano y como profesional.
Es muy común que las cualidades más
reconocidas en los homosexuales sean: “son
muy serviciales”, “tienen buen
gusto”, “son gente fina”,
“no están en nada”...
Por eso, Rojas quisiera que lo midan más
por su capacidad, por su entrega a la profesión,
por su ética de vida, y no por valores
más externos, clichés que
tienden a banalizar el papel social de las
personas que no poseen una orientación
heterosexual.
“El
de nosotros –comenta Pedro Rojas-
es un mundo de cortinas, a menudo descorridas
por uno mismo o por los demás. Entonces
lo mejor es, como decía Lorca, dibujar
un plano de tu deseo y vivir en él
dentro de una norma de belleza”, dijo
con serena resignación.
Son muchos los gay y lesbianas que eligen
esconder su identidad sexual no sólo
por el conflicto familiar que la reafirmación
de su homosexualidad provocaría.
Su prosperidad profesional podría
estancarse o llegar a una bancarrota insuperable,
si en sus centros laborales conocieran del
asunto personas con prejuicios y poder.
“Cuando en mi centro conocieron que
yo era gay, acabó mi expansión
profesional –recuerda el ingeniero
Raúl Izquierdo. De pronto dejé
de viajar, se limitaron mis posibilidades
de ascenso. Incluso, algunos compañeros
míos llegaron a decirme que por el
problemita mío ya el jefe no me consideraba
confiable. Sin embargo, cuando tenía
problemas o necesitaba resolver urgente
y con eficiencia cualquier asunto de la
empresa, me salía a buscar a mí,
al menos confiable. Por eso, entre otras
cosas, preferí reorientar mi mundo
hacia la cerámica”.
“Salir del closet”
Aunque no se les quisiera reconocer a plenitud,
personas con preferencia por el mismo sexo
siempre han existido y, a su modo, han ido
reclamando espacios que el prejuicio sociocultural
les tiene negados o limitados. Hasta los
años 90 el homosexualismo parecía
una expresión muy minoritaria.
La apertura del país al mundo en
términos económicos, y el
consiguiente boom del turismo, junto a cierta
comprensión y tolerancia por parte
de la familia y las instituciones públicas,
posibilitaron que a los homosexuales se
les comenzara a reconocer –aunque
de manera aún tímida, según
coinciden especialistas- como segmento poblacional
a atender. El “fenómeno”
era mucho más notorio que lo creído.
Aún así no existen estudios
rigurosos, verdaderamente abarcadores sobre
el tema, y mientras los homosexuales prefieren
reprimirse y esconder su orientación,
la sociedad percibe que “cada vez
hay más”; o mejor, cada vez
son más los que deciden “salir
del closet”. Se nota en calles, en
escuelas, centros laborales. Lo escuchan
en sus consultas médicos y sicólogos
escogidos como confidentes para compartir
el “secreto”.
“Cuando tienes confianza o empatía
con estos pacientes a veces confiesan su
orientación sexual, aunque no haga
falta para evaluar el diagnóstico.
Es como una forma de liberación espiritual”,
expresa la doctora Beatriz Alfonso, especialista
en medicina general integral en una comunidad
del municipio capitalino de Playa.
En el mismo mundo de la salud pública,
curiosamente, hay mucho desconocimiento
en torno a la homosexualidad, lo mismo por
profesionales que por estudiantes, según
corroboran estudios realizados sobre todo
para diplomados y maestrías en sexualidad.
Por cuestiones como esa, el mito de la homosexualidad
puede resultar insospechadamente discriminatorio
desde el sector del que más humanidad
y ayuda se espera recibir.
En una investigación realizada con
alumnos de la Facultad de Ciencias Médicas
Finlay-Albarrán, de Ciudad de La
Habana, estos rechazaron en un 97 por ciento
los homosexuales si eran cubanos, y en un
46 por ciento si eran extranjeros.
Mayra Rodríguez, psicóloga
y Master en Sexualidad del Centro Nacional
de Educación Sexual, dice que los
homosexuales son, simplemente, gente necesitada
de reconocimiento como seres humanos, sin
que se les rechace, pero también
sin lástima. “La sociedad ha
tenido un cambio de actitud hacia estas
personas, y podríamos decir que se
les tolera. Pero no se les acepta, porque
no existe una implicación sociológica
para pensar que quienes difieren de nosotros
por su preferencias sexuales, son iguales
por su condición de individuos. De
todas formas, considero que el gobierno
hace bastante por cambiar esta situación,
imposible de manifestarse distinta de un
día para otro”.
“Yo
sé que es un sueño esto que
digo”
La Constitución de la República
de Cuba establece que todos los ciudadanos
son iguales ante la ley, con los mismos
derechos y obligaciones, sin discriminación
de raza, sexo, edad u origen social. Pero
homosexuales, travestis y transexuales quisieran
sentirse más defendidos por la ley.
“No
se trata de exigir reivindicaciones lingüísticas
dentro de los textos legales”, aclara
Roxana Trieste, estudiante de una carrera
humanística en la Universidad de
La Habana, quien decidió hace dos
años llevar públicamente y
con toda dignidad su condición homosexual,
a pesar de la “hecatombe familiar”
que, en efecto, provocó su noticia.
“Con palabras no se cambian las realidades
–comenta Roxana mientras toma de la
mano a Yuliet, su pareja-, pero que la ley
representara de alguna manera nuestro derecho
a existir en sociedad de modo pleno, sería
un gran adelanto. Yo sé que es un
sueño esto que digo. Estoy fantaseando
casi, pero si eso llegara a ser realidad
habría que luchar mucho para que
esas reformas en la ley no se convirtieran
en letra muerta. Haría falta, además,
un deseo real y acciones concretas para
acorralar la discriminación de que
somos objeto por la sociedad y por nuestras
familias”.
Las únicas modificaciones introducidas
en el Código Penal vinculadas al
tema del homosexualismo son relativamente
recientes, comenta Yamila González
especialista jurídica de la Federación
de Mujeres Cubanas (FMC). Dos artículos,
referido uno al ultraje sexual y otro a
la corrupción de menores, hacían
referencia explícita al castigo que
merecerían los homosexuales de caer
en delitos como esos. Afortunadamente, se
decidió omitir de los textos aquellas
alusiones directas a las personas de orientación
homosexual por considerarlas ofensivas.
Quedaba muy claro que el tabú machista
había permeado –como a otras
tantas cosas- el Código Penal.
Yamila González, considera que esas
rectificaciones, aunque demoradas, significan
cierto avance. «Ahora hay condiciones
para dar pasos más acelerados»,
opina.
Ni para mal, ni para bien, “somos
los invisibles”, comenta una joven
profesora de la Universidad de La Habana
que prefirió no hacer público
su nombre. “Resulta que a las lesbianas
y a los gay ya no se nos trata de forma
peyorativa en las leyes. Eso está
bien. Aplausos. Pero ahora, sencillamente,
hemos desaparecido, y no existe una sola
palabra que nos reconozca. O sea, no se
nos ofende, pero tampoco se nos tiene en
cuenta como comunidad urgida de protección
en sus derechos, al igual que las mujeres.
El no reconocimiento, la invisibilidad,
no es menos irrespetuosa”.
La Fiscal del Departamento de Procesos Penales
de la Fiscalía Provincial de Ciudad
de La Habana, Daysi Aguilera, explica que
ciertamente el país no tiene regulaciones
o leyes que perjudiquen, pero tampoco que
beneficien a los homosexuales. “Tampoco
se vislumbra que las tengamos pronto. En
esto influye mucho la resistencia que hace
una sociedad culturalmente machista como
la nuestra a esos cambios, sobre todo si
les parecen muy dinámicos”.
La jurista Daysi Aguilera añade que
las leyes siempre van más lentas
que el desarrollo social, y “si la
costumbre demora en generar derecho, también
demora cualquier iniciativa, propuesta o
proyecto en convertirse en ley”.
La licenciada especifica que los homosexuales
cubanos no han cuestionado abiertamente
los derechos que tienen, ni han exigido
otros, a diferencia de algunos países
donde los ciudadanos han sido parte de movimientos
sociales imposibles de ignorar institucionalmente,
y que han conducido a conquistas como el
matrimonio, el derecho a la pensión
y la adopción de hijos por parejas
del mismo sexo.
La gran esperanza de los homosexuales cubanos
es que el respeto a su orientación
sexual se convierta en sentido común,
en obviedad feliz. En ocasiones, por desesperación,
creen que su dibujo de vida en vez de luz,
gana sombra; en vez de apoyo, retroceso.
A su favor, pareciera estar el hecho de
que transitan un camino labrado en buena
medida por ellos mismos, sin mucho ruido,
pero ya con suficiente resonancia en la
sensibilidad de una parte creciente, aunque
todavía minoritaria, de la sociedad.