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EL QUE TENGA MIEDO QUE SE TIRE AL SUELO

Por Sonia Regla Pérez Sosa e
Ibet Yanet García Álvarez

Recordarla es hoy la palabra de primer orden. Para ello no es necesario revivirla. Memoria e imaginación requieren un mínimo esfuerzo y logran cosas impresionantes. Hoy la Universidad de La Habana inmortaliza a una de sus maestras más extraordinarias, Rosario Novoa Ruiz.

En ella se cumple el proverbio de que los buenos olores vienen en frasco chiquito. Sus cuatro pies y escasas pulgadas hacían que muchas personas la subvaloraran a primera vista. Pero en ella se imponía su espíritu con hechos y palabras. No por gusto recordamos esa mirada clara que movía todo y a todos.

Todavía hoy las aulas del edificio Dihigo guardan con recelo los ecos de su voz, carismática y rigurosa. Combinación perfecta para ofrecerle confianza a sus alumnos, pues como ella decía: El profesor que no tiene carisma no llega porque no hay comunicación, el profesor debe conservar dos cosas: el amor a la vida y acordarse de que fue joven. Por esto en sus clases se unían siempre técnica y oficio en una búsqueda constante de lo nuevo.

Experiencia y juventud se emitían desde una sola persona cuando Rosario estaba en el aula. Sus actos de creación eran siempre distintos aunque impartió las clases una y otra vez, por más de 65 años.

Una línea de trabajo ética y poética desarrolló en la enseñanza. Su novoística, ciencia de corazón, nació en el surco de las montañas del Escambray y en el aula de la capital. Con guataca y diapositiva en mano guió todo un conocimiento de Historia de Arte en la Universidad de La Habana, primero como cátedra, luego en departamento y, finalmente, como licenciatura.

Según contaba, recorrer el tiempo y tomar lo mejor de cada una de las épocas vividas, fue su mayor privilegio. Enfrentarse a los años críticos del veinte y el treinta, la hizo desafiar en los cuarenta a los gánsters de la Universidad.

Su voz nerviosa relataba que por aquella época, un día mientras daba clases escuchó tiros cerca del aula, y continuando con su lección, le dijo muy serena a sus estudiantes: El que tenga miedo que se tire al suelo.

 Y es que esta gran mujer siempre fue así, impredecible, enérgica, rebelde. Recuerda Mercedes Santos Moray, que en 1964, cuando solo había en la Isla dos profesoras de Historia del Arte, Rosario trabajaba sin descanso: cubría cursos, dictaba conferencias, redactaba planes de estudios y colaboraba con varios ministerios e instituciones culturales, formando a muchas generaciones de estudiantes a la vez.

Condecoraciones y reconocimientos sabemos que no pagarán nunca esa ardua labor que hizo para enseñar artes. Ni siquiera esa distinción única de “Maestra de maestros” que su casa de altos estudios creó especialmente para ella.Pero, al menos sabe cuánto la tomamos en cuenta, le agradecemos y la recordamos, cuánto le debemos, le rogamos, cuánto rezamos aún hoy, su ROSARIO…

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Actualizada: 22 de diciembre/2006