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En vísperas del día del Educador, Alma Mater comparte las visiones de Carlos Rafael Rodríguez sobre:

SER PROFESOR

Muchas opciones aparecieron ante mí cuando la directora de Alma Mater me invitó a formar parte en este importante número de aniversario. Entre todas, me decidí por unas breves reflexiones sobre el profesorado universitario, porque el Profesor es uno de los elementos permanentes de la Universidad. Es, además parte decisiva de ella. Un mal profesor puede echar a perder el mejor plan de estudios y malbaratar el tesoro de un estudiantado capaz de absorber un buen aprendizaje.

El profesor viene a ser como un pivote alrededor del cual se mueven muchos elementos de la enseñanza.

(…) Cuando éramos estudiantes universitarios, había en nuestro país una sola Universidad, y en ella se estudiaban entonces muy pocas carreras (...) Llegar a «catedrático» era arribar a una categoría no solo docente sino social (...)

Si recuerdo todo ello, es para destacar la diferencia de entre aquella Universidad de privilegiados y nuestra Universidad de la Revolución (…)

Tuvimos primero, antes de la proclamación del socialismo, el esfuerzo de la Reforma Universitaria, que limpió el profesorado de las excrecencias de batistato que quedaban en él. El tránsito hacia el socialismo provocó un éxodo de profesores que, aunque algunos de ellos eran estimables intelectuales, no podían acomodarse a la nueva sociedad. Después, llegó el torrente educacional de la Revolución.

La Universidad de hoy ha dejado de ser la de ayer (…)

Ser profesor es… una categoría de la que debemos rodear todos los atributos necesarios. El profesor universitario que pretenda enseñar leyendo a sus alumnos el libro de texto sin ser capaz de dominarlo (no solo ese texto sino otros muchos más) tiene que correr un gran trecho antes de llegar a ser Profesor, con mayúscula. Quien pretenda enseñar con técnicas sin poder demostrar a sus alumnos en la máquina misma en qué consisten los problemas, fracasará. Lo que hace unos años era permisible, como fenómeno transitorio, es inadmisible tratar de hacerlo permanente. Eso es fundamental.

La identificación entre Profesor y alumno no puede provenir del «cubaneo», debe surgir de la superioridad intelectual, técnica y científica creada en un espíritu profesional cordial. Si se quiere que el profesor cumpla su papel, el docente universitario tendrá que establecer una comunicación continua y fácil con sus alumnos. Para tenerla, el Profesor debe ser capaz de poder guiar a sus estudiantes, confraternizando a la vez con ellos (...)

Hay cientos de profesores así, y esos son los que deben servir de ejemplo y mostrar el camino. Pero, siendo realistas, debemos admitir que todavía subsisten otros cientos de profesores que no han llegado a esos niveles. No se trata, no sería lo revolucionario, de desechar lo que hemos logrado con esos profesores jóvenes, sino de trabajar con ellos. La exigencia —y yo diría, también la intransigencia— tienen que serinstrumentos consustanciales en esa pelea, que no es de corto plazo. En ella deben participar el Ministerio, la dirección de las universidades, la Unión de Jóvenes Comunistas y la FEU, el Partido y el sindicato. Si buscamos elevar el nivel profesoral, tenemos que combatir además la chabacanería prevaleciente (…)

Ser Profesor, sobre todo ser Profesor universitario, debe ser, pues, un título de dignidad.

Debe obtener de nuestra sociedad el reconocimiento que merece. Pero debe merecer ese reconocimiento, por la elevación intelectual, por la conducta social, por la presencia formal.

 

Fragmentos del artículo publicado en la revista Alma Mater, de noviembre de 1987 (No. 297).

 


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Actualizada: 22 de diciembre/2006